1 de abril 2009 - 00:00

La Casa Blanca, entre el realismo y la utopía

 Decidido a diferenciarse de George W. Bush en cada palabra y en cada gesto, Barack Obama ensaya en estos días el que tal vez sea su salto mortal diplomático más espectacular: el acercamiento a Irán, insinuado ayer en un primer encuentro diplomático de alto nivel. Pocas horas después, Benjamín Netanyahu ponía en foco el plan atómico de la República Islámica en su primer discurso como primer ministro, denunciando a la opinión pública mundial por desentenderse de esa amenaza y afirmando que su país sabrá defenderse de ella. La pregunta surge naturalmente: ¿Estados Unidos e Israel mantendrán su tradicional alianza monolítica o están en franco curso de colisión en un tema tan sensible, que, según el Estado judío, pone en cuestión su propia existencia?
En rigor, no es ése el único punto de fricción que parece a punto de complicar esa relación privilegiada. Aunque Netanyahu sumó al centroizquierda laborista a su gabinete, evitando que éste sea
catalogado internacionalmente como eminentemente de ultraderecha, su negativa a hablar de la creación de un Estado palestino como llave de un acuerdo de paz complica objetivamente la estrategia de la Casa Blanca en la región.
Un indicador de lo que puede esperarse a futuro fue la confirmación del ultraduro Avigdor Lieberman como nuevo canciller. El portavoz adjunto del Departamento de Estado, Gordon Duguid, anunció ayer que enviados norteamericanos plantearán en breve a Israel la necesidad de avanzar con la Hoja de Ruta, el plan de paz internacional que incluye la creación de un Estado palestino y que es resistido por Lieberman y Netanyahu.
Si es que se produce un choque -público o soterrado- entre Estados Unidos e Israel -algo que, de cualquier forma, aún está por verse, dada la densidad de los intereses comunes a ambos países-, éste se deberá, sobre todo, al giro en la posición de Estados Unidos. En Israel el recelo hacia Irán y su sospechado programa atómico es unánime, al punto que la posibilidad de un ataque preventivo a las instalaciones nucleares de Teherán planeó sobre todo el mandato de Ehud Olmert.
La decisión de Obama de tender la mano a los iraníes tiene un indisimulable dejo de voluntarismo. ¿Alcanzarán el soft power que intenta aplicar el demócrata, las buenas maneras y los llamados a la cooperación, para que la teocracia iraní deje de considerar al libanés Hizbulá y al palestino Hamás llaves violentas de su influencia en Medio Oriente? ¿Serán suficientes para que el régimen, cuyos máximos jerarcas son el verdadero sostén del ultraislamista Mahmud Ahmadineyad, deje de considerar a Israel una «entidad» que es preciso eliminar? ¿Convencerán, por último, a Teherán de que suspenda el enriquecimiento de uranio, una práctica dual que permite tanto la búsqueda de energía abundante como la construcción de una bomba?
Algo que hay que entender es que el plan atómico de Irán nació durante la presidencia de Akbar Hashemi Rafsanyani (1989-1997), y que atravesó incluso la administración del reformista Mohamed Jatamí, por lo que debe ser considerado una política de Estado y no un capricho del actual presidente, Ahmadineyad, que se diluirá tan pronto como su influencia sea historia. Así, parece demasiado optimista apostar a que las elecciones del 12 de junio consagren a otro reformista, el ex primer ministro Mir Hosein Musavi, que terminen con Ahmadineyad y que, por arte de magia, desaparezcan todos los puntos de conflicto entre Teherán y Washington. Un escenario por ahora improbable y que, incluso si se concretara, no entrega garantías.
Un trabajo conjunto entre Irán y Estados Unidos es posible en temas de interés mutuo como la necesidad de poner un freno a los talibanes en Afganistán, quienes distan de ser del agrado de los iraníes chiitas. Lo mismo puede decirse sobre el derrame del narcotráfico desde ese país. Pero una visión común de los temas internacionales más importantes parece, sencillamente, fuera de toda lógica, más cuando tropas norteamericanas rodean a Irán, en Irak por el oeste y en Afganistán por el este, una realidad que, más allá de los anuncios, no va a modificarse por años.
Por lo pronto, a pesar de sus buenas intenciones, Obama tendrá que reevaluar a plazo fijo cuánto le aporta y cuánto le quita la búsqueda de una reconciliación con Irán, un plazo, por otra parte, impuesto por el propio Pentágono. Según dijo días atrás el general David Petraeus, jefe del comando central para Irak y Afganistán, «en un par de años» los iraníes ya tendrían acumulada la cantidad de uranio enriquecido suficiente para construir la bomba.
¿Estará dispuesto Obama, quien seguirá siendo presidente para ese entonces, a aceptar la emergencia de un Irán dotado de armas nucleares, con el peligro que eso supondría de proliferación hacia otros Estados hostiles o, aun, grupos terroristas? ¿Admitirá un cambio tan radical de la geopolítica de Medio Oriente? Así las cosas, no puede descartarse que en algún momento deba revertir de apuro algunas de sus políticas más aplaudidas. Aun cuando la perspectiva de un choque bélico recuerde más al calor de un incendio incontrolable que a una solución.

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