16 de agosto 2011 - 00:00

La colección del MACBA en el Museo Caraffa de Córdoba

«Velocidad» de Fabián Burgos, uno de los herederos de nuestros grandes vanguardistas que integran el abanico de expresiones abstractas que desembarcarán en 2012 en el Museo de Arte Contemporáneo Buenos Aires.
«Velocidad» de Fabián Burgos, uno de los herederos de nuestros grandes vanguardistas que integran el abanico de expresiones abstractas que desembarcarán en 2012 en el Museo de Arte Contemporáneo Buenos Aires.
Córdoba - El Museo Emilio Caraffa presenta en estos días la muestra «4 museos + 40 obras» con gran parte de la colección privada de María Constanza Cerullo y Aldo Rubino. La exhibición, integrada por un abanico de expresiones abstractas, se verá en el interior del país antes de desembarcar en su futura casa porteña: el MACBA -el Museo de Arte Contemporáneo Buenos Aires-, en la Avenida San Juan al 300, donde avanza la construcción del edificio aledaño al MAMBA, que abrirá sus puertas en 2012.

Córdoba ocupa hoy un importante lugar en la agenda del arte, y el Caraffa, dirigido por Jorge Torres desde hace unos meses, continúa sin pausas el despegue iniciado hace unos años, cuando a la ampliación edilicia se agregó una programación tan nutrida como variada y un notable cambio de conceptos en la gestión. En este contexto, la colección del MACBA convoca al público de la región, le ofrece un panorama que permite entender los fundamentos del arte abstracto a través de obras que ostentan la llamada «cualidad museo». El padre de los museos cordobeses que es el Caraffa, cumple así con su función orientadora, se ha convertido en una buena escuela de la mirada para las nuevas generaciones de artistas que pueblan el interior.

Vale la pena subrayar que, más allá de su ojo selectivo, Rubino y Cerullo comparten el espíritu didáctico de la sociedad criolla de fines y principios del siglo XX. Nuestros primeros coleccionistas, con el afán de educar y formar el gusto de los habitantes de la Gran Aldea, exhibían el arte en sus casas o lo donaban a los museos. Esta generosidad se acabó en el ocaso de la década del 60, cuando el coleccionismo argentino comenzó a ocultar el arte como si poseerlo fuera un pecado. (Desde ya, la visibilidad del arte tiene relación directa con la del dinero: se esconde el arte al igual que la riqueza, y por las más variadas razones).

Además de la exposición pública, la colección del MACBA suma otro punto a favor: la amplitud del guión curatorial, a cargo de Cerullo. Al colocar las expresiones del arte argentino junto a las del resto del mundo, se favorece un amable diálogo. De este modo, el caudal de las obras reunidas por afinidades estéticas, fluye inagotable.

La obra que encabeza la muestra dividida en cuatro núcleos temáticos, parece elegida por su singularidad estilística. Se trata de un enigmático monolito de Roberto Aizenberg, una pintura que conjuga las líneas geométricas con una visión que proviene de la pintura metafísica. Luego, el rigor de una obra de Raúl Lozza aparece para traer a la escena las ideas de la Bauhaus y las teorías de Van Doesburg y Max Bill que palpitaban en Buenos Aires cuando él realizó sus primeras abstracciones (1939). Años después, Lozza participó de la publicación de la revista «Arturo» (1944) y creó la Asociación de Arte Concreto-Invención (1945), junto a, entre otros, Manuel Espinosa.

Y, justamente, una inmensa pintura de Espinosa acapara la atención y depara una mágica experiencia visual. Con el simple recurso de las transparencias de unos círculos que van del color rojo hasta la claridad del rosado, el color y las formas parecen palpitar como corazones latiendo sobre la tela blanca.

Por otra parte, la obra de Marcelo Bonevardi establece una alianza con la arquitectura, mientras la de Alejandro Puente exhibe el resultado de sus exploraciones en el campo de la geometría. En este sentido, Cesar Paternosto depara una sorpresa. Mientras en la mayoría de las pinturas todo transcurre dentro de la tela, en los cuadros de Paternosto el espectador debe mirar hacia los anchos bordes: cuando la luz incide sobre ellos, un colorido y tenue resplandor ilumina la pared.

Sin romper con el concepto del cuadro, Paternosto creó un escultórico objeto que si se mira al sesgo es una pintura, y visto de frente se percibe como una tela en blanco. Los eslabones de la cadena de influencias y parentescos que cruzan toda la muestra se tornan muy visibles. La obra del belga Walter Leblanc, con las curvas de sus líneas de vinilo, ofrece realidades muy diferentes según sea el punto de vista del espectador. Entretanto, los colores de un inmenso mural de Marta Minujín, combinan pintura con proyección y envuelven al espectador en un ambiente cromático, lo insertan en medio de las mareas de tonos flúo.

Hay en la muestra obras con un llamativo dinamismo, como la pintura de la canadiense Karin Davie, y hay también obras exquisitas, como un paisaje cósmico de papeles recortados por Ana María Maiolino, las acuarelas de Joao José Costa o la «Composición» de Lotear Charoux.

Finalmente, nuestros vanguardistas dejaron nobles herederos y en las postrimerías del siglo XX, una nueva generación se apropió sin prejuicios de la belleza formal de las obras. Fabián Burgos, Gachi Hasper y Pablo Siquier, entre otros, son parientes de los maestros modernistas y mantienen viva la abstracción argentina hasta hoy.

Mientras unos coloridos rectángulos de Hasper se desplazan sobre una tela con un orden inestable que atrapa las miradas, Siquier relaciona las ciudades y su arquitectura con una gramática visual inconfundible. Burgos, entretanto, en su inmensa tela de la serie «Velocidad» pinta bandas de 140 colores distintos al óleo, parte de la idea del de barrido de colores para generar el efecto de las ráfagas que genera el tráfico urbano. «En vez de tratar de apaciguar esa velocidad y contaminación visual y sonora, decidí acentuarla», explica el artista.



* Enviada Especial

Dejá tu comentario