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La contraofensiva europea está en marcha
José Siaba Serrate
La parálisis europea no se debía solamente al rígido corsé de sus normas y valores. La realidad ya había arrancado, de a una, notables concesiones. Sin ir más lejos, el rescate de Grecia. En rigor, el obstáculo más formidable para la acción era la «propiedad» del problema. Es una paradoja: para que la crisis tenga un ensayo serio de solución, fue necesario que aumentase primero su dimensión. Cuando la desventura era sólo de Grecia, Berlín y París ofrecían la dura disyuntiva del ajuste o el default. Cuando se derramó a los países del sur de Europa (e Irlanda) -y arrasó con la paz social en Atenas- fue que se abrió camino la idea del salvamento a Grecia. Sin embargo, Alemania estuvo dispuesta a participar de los anuncios, pero trabó los desembolsos. Tuvo que recrudecer la crisis -y las dos últimas semanas demostrar que su virulencia podía rivalizar con la que desató Lehman Brothers- para que se diluyera la resistencia a intervenir a gran escala. La crisis ya no era griega, ni mediterránea, ni tan sólo de la zona del euro. Si el mundo no se podía permitir el lujo de una recaída en la zozobra, que crujiera Europa era, en definitiva, un problema global. Y ese aguijón espoleó esta respuesta. Que si bien se mira tiene tres concretos destinatarios. Grecia recibirá una cuota contante y sonante de auxilio financiero antes del próximo vencimiento de sus bonos (del día 19). Y, sin nombrarlos específicamente, se blinda a Portugal y a España con una cobertura a la altura de las circunstancias.
Se conoce la estructura del plan de estabilización, sus montos tentativos, pero se ignora la ingeniería de detalle. El plan abarca distintos instrumentos y ejecutantes. Se verá, sobre la marcha, si sólo los amontona o si verdaderamente los ensambla. El corazón de las medidas es la constitución de un fondo de estabilización financiera que abreva de tres fuentes distintas. La Unión Europea (la Europa de los 27) aportará 60 mil millones de euros para alimentar este mecanismo que sus miembros podrán activar -en caso de enfrentar dificultades causadas por situaciones más allá de su control- en el contexto de los programas conjuntos UE -FMI y sujetos a la rigurosa condicionalidad del FMI. Los países de la zona del euro -aquellos que conforman la Europa de los 16- crearán un vehículo de propósito especial que allegará otros 440 mil millones de euros como máximo. No está dicho cómo se obtendrán los recursos, pero la emisión de bonos «europeos» (de la Unión Europea y de la eurozona) debería ser la fuente principal. Así se constituye el fondo de los 500 mil millones de euros. El Fondo Monetario Internacional, por su parte, complementaría el dispositivo con recursos propios por hasta 250 mil millones de euros (más de la mitad de la reciente expansión de su capacidad prestable).
En paralelo, el Banco Central Europeo (BCE), que según su titular, Jean-Claude Trichet, el jueves pasado no había ni siquiera considerado la posibilidad de habilitar la compra masiva de títulos públicos de largo plazo, se allanó el fin de semana a tal estrategia (incluyendo también activos privados en el menú potencial). En los hechos, el BCE no anunció la implementación de una política de expansión cuantitativa de sus pasivos monetarios a la manera que sí lo hicieron los EE.UU., Gran Bretaña y Japón. Su comunicado aclara que las intervenciones serán esterilizadas. Sólo cambiará la composición de los activos del BCE en su hoja de balance (lo que hacía la Fed antes que cayera Lehman). Pero, aun así, es un avance nada desdeñable. Pocos creían que el BCE se animaría a dar este primer paso. Y si el fondo de estabilización va a requerir flotar cantidades masivas de bonos europeos, no pasará mucho tiempo para comprender que la efectividad de la estrategia dependerá de evitar cualquier crispación en las tasas largas de interés. Que la crisis cala hondo en el tejido de las relaciones entre los bancos lo demuestra. Por último, el hecho de que el tercer pilar de la iniciativa haya sido reactivar las líneas de swaps cambiarios con otros bancos centrales fuera de Europa. Es la escasez de dólares lo que obliga a reanudar los pases de divisas con la Fed. No porque los dólares hayan mermado, sino porque la desconfianza perturba la fluidez de su circulación.
La pregunta del millón es si funcionará. La respuesta de los 20 euros es que habrá que demostrar la vigencia de un mecanismo aceitado. Queda claro, por caso, que la decisión de embarcar al BCE en la compra de activos a largo plazo fue tomada por mayoría, pero que no hubo un consenso unánime. Con la habilidad comunicacional de un elefante en un bazar, Axel Weber, presidente del Bundesbank y miembro del consejo que gobierna el BCE, ya se apuró ayer para desmarcarse y dejar constancia de que no comparte la opinión de la mayoría. Nadie duda de que el disenso alemán le quitó toda ejecutividad al paquete de ayuda original a Grecia. Será importante comprobar que, una vez tomadas y anunciadas, las decisiones rigen y se aplican, más allá de las discrepancias esbozadas en su elaboración.

