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La cruel venganza de los abanderados de la guerra santa
Doku Umanov, líder de los islamistas del Cáucaso del Norte, en una foto de archivo. Es el principal sospechoso de haber inspirado los graves ataques de ayer.
El jefe del Kremlin, Dmitri Medvédev, señaló de inmediato que los «siloviki», los representantes del aparato estatal temidos por su violencia, volverán a actuar... desde luego sin violar los derechos humanos. No obstante, los defensores de los derechos humanos temen que, al igual que ocurrió a menudo en el pasado, este tipo de atentados también sirven para «apretar un poco más las clavijas».
La situación en el corazón de Rusia ha sido considerada durante mucho tiempo como estable, hasta noviembre pasado. Entonces un tren de lujo, el Newski Express, que une Moscú con San Petersburgo, fue blanco de un atentado, presuntamente perpetrado por islamistas. Murieron 26 personas.
Poco después de ese ataque, el que para Moscú es el número uno de los peligrosos «bandidos» (según la denominación oficial), Doku Umanov, de 45 años, anunció una guerra santa, la «yihad», contra el Kremlin. Dijo que se iban a perpetrar atentados en toda Rusia.
El «Emir del Cáucaso», tal como Umarov se ha proclamado, quiere expulsar de una vez por todas a «los ocupantes rusos sedientos de sangre» de la región montañosa donde viven diversos pueblos, varios de los cuales profesan el islam. «¡Nunca vamos a ceder el Cáucaso!», escribió Umarov, de 45 años, en un artículo para el portal de internet www.kavkaz.tv/russ/.
Numerosos seguidores de Umarov, que tienen sobre todo en su punto de mira al jefe de Gobierno, Vladimir Putin, y a sus «perros falderos», se alegraron tras el baño de sangre en Moscú y dieron gracias a Alá.
El papel del bueno y el malo en este conflicto del Cáucaso Norte, que en los años 90 desembocó en una guerra en Chechenia, cambia según el punto de vista. Los defensores de los derechos humanos critican desde hace años la sangrienta política del Kremlin en la zona. Expertos como el activista Lev Ponomaryov informaron de secuestros, torturas e incluso asesinatos de civiles inocentes, que fueron víctimas de la arbitrariedad estatal y la violencia militar de las denominadas unidades antiterroristas.
Más de un millar de personas murieron sólo el año pasado en atentados y combates entre islamistas insurgentes, bandas criminales y las fuerzas de seguridad rusa en el Cáucaso Norte. En la actualidad, según el Ministerio del Interior, intentan controlar la situación los más de 23.000 efectivos entre policías, soldados y miembros del servicio secreto desplegados en las repúblicas federadas rusas de Chechenia, Ingushetia y Daguestán.
Muchos consideran que el doble atentado en plena hora pico fue un acto de venganza de los rebeldes. Las unidades especiales, que son comandadas por el FSB, «llevaron a cabo en los últimos tiempos una serie de operativos para eliminar a dirigentes y activistas de grupos terroristas ilegales», dijo el presidente del Comité de Seguridad de la Duma (parlamento), Vladimir Vasiliev. Los cadáveres de los terroristas más conocidos se presentan en los medios rusos siempre como trofeos.
Muchos moscovitas temen ahora que de nuevo una oleada terrorista vuelva a sacudir la ciudad. Ya en el pasado hubo baños de sangre en un mercado, en un teatro y en unos bloques de viviendas.
Los investigadores dijeron en todas esas ocasiones que las pistas conducían al Cáucaso Norte. Y a menudo hubo también teorías conspirativas, en las que miembros del servicio secreto o partes del Ministerio del Interior eran sospechosos de haber instigado los atentados para justificar la violencia o asegurar su poder.
El Kremlin siempre las ha rechazado calificándolas como tonterías. Tras varios escándalos de envergadura en los aparatos de seguridad del Estado y la reforma del Ministerio del Interior, que anunció Medvédev, los «siloviki» advirtieron que se reducirá el poder del Estado con los recortes de personal previsto.
Agencia DPA


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