La era del espectador plenipotenciario y de los directores de cine en conflicto

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Como a lo largo de la historia, las transformaciones suelen verse como el catastrófico fin de una era en lugar de lo que son: un cambio. La revolución digital tiene sus vencedores y vencidos, y una legislación siempre tardía.

¿Ya decidió qué película verá esta noche? En los tiempos en que el espectador se ha convertido en su propio programador (y esto es sólo el comienzo de una transición cuyo final no es posible profetizar), la pregunta ha dejado de lado el matiz figurado para volverse literal. El estallido de las plataformas online, del cine y la TV en streaming, de las múltiples bocas de acceso a la oferta audiovisual, han transferido de lugar el poder. No sólo el consumidor (palabra que tanto disgusta a los pocos puristas que quedan) tiene la potestad para elegir ahora horario, género, capítulo, formato, etc., e interrumpir cuando sea y continuar luego a voluntad, sino que la adhesión o no a un producto, lo que antes era el simple "rating", puede sellar la continuidad de una serie o su cancelación definitiva.

En este panorama, que año tras año desde la revolución digital se consolida más, la forma convencional de ver cine, un arte que va en camino de quedar exclusivamente asociado al siglo XX, sobrevive en las salas pequeñas, confortables, y de público ruidoso y glotón de los shopping centers, con una programación dominada en más de 50% por el cine norteamericano de gran producción. El "otro cine", el de arte y ensayo, se limita a la alternativa gourmet de unas pocas bocas de salida, de azarosa programación, y un aura similar a la del vinilo para los audiófilos.

A las nuevas generaciones de directores y productores, que ponen el grito en el cielo por el cada vez más arduo acceso al crédito, se suman algunos impensables veteranos, autores de las películas más exitosas de la historia, cuando buscan otras formas de expresión. El caso más paradigmático es el de Steven Spielberg, quien confesó que también a él se le ha vuelto complicada la producción de un nuevo título si éste carece de efectos especiales o superacción. "Dentro de poco", dijo "empezará a haber tarifas diferenciadas en los cines. Por el nuevo 'Hombre araña' habrá que pagar 25 dólares, pero se podrá ir a ver un drama para adultos por 5 o 6 dólares. Y no hace falta aclarar qué película será más difícil de producir".

La Argentina puede seguir ostentando, no sin orgullo, la subsistencia de un sólido mercado cultural. Sólo hay que verificar la cantidad de librerías existentes, lo que constituye la envidia de muchos turistas (por caso, en toda la geografía de Santa Mónica, el distrito más importante de Los Angeles, sólo sobrevive una librería tradicional después del cierre definitivo de cadenas como Border's, o la mayor parte de sucursales de Barnes and Noble). En la página vecina, Carlos Rottemberg señala que nuestro país posee más salas de teatro que de cine y lidera, a nivel mundial, en el circuito teatral independiente, y la actividad musical, tanto clásica como popular, goza de una importante agenda anual. Lo mismo ocurre con las artes plásticas.

Sin embargo, para volver al cine, el atolladero que representa resolver y poner al día un modelo de producción en los tiempos que corren no es sencillo, en especial en lo que toca al cine que aspira a algo más que entretener (ese cine que, un tanto pomposamente en algunos casos, se da en llamar "cine de autor", término importado de la crítica de hace 60 años).

El problema no es únicamente argentino: días atrás, según expone una nota del diario francés Le Monde, el colectivo de directores, productores y distribuidores de ese país reclamó a la estatal CNC (el equivalente francés al INCAA) que los subsidios para la producción "de autor" rompiera el umbral del 50% para llegar a un 70% del costo de largometrajes que suelen, en muchos casos, triunfar en festivales, para más tarde ser ignorados por el público cuando llegan a las salas.

Se acusa a los circuitos de exhibición, históricos villanos en esta cadena, de ser los responsables de boicotear o cercenarle salida a la producción autoral para favorecer las películas norteamericanas de gran producción (y esto, por lo general, es así, ya que el negocio es el negocio), aunque jamás hubo un ejercicio de sinceramiento, que siempre deja heridos, injustamente a veces, cuando se lo intenta.

El año terminará con una cantidad de espectadores en alza con respecto a 2016: no existen aún cifras definitivas, pero se proyecta un alza cercana al 10%, con un total de alredededor de 440 estrenos, de los cuales unos 190 serán nacionales. De ellos, sólo cuatro superaron el medio millón de espectadores, siempre según cifras provisionales: "Mamá se fue de viaje", "El fútbol o yo", "Nieve negra" y "La cordillera". Por debajo, y por encima de los 100.000, se ubicaron "Los padecientes", "Casi leyendas" y "Los que aman odian". Esto es, siete sobre casi 190.

La relación entre la actual dirección del INCAA, cuya presidencia ejerce Ralph Haiek, y la comunidad cinematográfica, atraviesa un momento de fuerte tensión. Una reciente resolución, la 942, restringe las facilidades crediticias, y las exigencias con respecto a la currícula de los solicitantes son mayores. A eso debe sumarse la supresión, a partir del primer día de enero, del reintegro de la VPF (Virtual Print Fee, un tributo que desde la digitalización de las salas debe pagar el distribuidor al exhibidor por los costos invertidos en modernización por parte de éstos, y el ahorro en copias de celuloide por parte de aquellos). Ese reintegro había sido dispuesto hacia fines de 2015, cuando la gestión anterior, cuya política crediticia hoy está siendo examinada judicialmente, estaba en retirada.

La legislación, como siempre, marcha detrás de la realidad, y cuando la alcanza esa realidad suele ser otra. Y, también como es costumbre, los justos pagan por los pecadores.

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