La estrategia del bigote

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Quitarse el bigote es en la vida algo mucho más complejo, profundo y revelador que dejárselo crecer. Con la aparición ayer a cara desnuda, Mauricio Macri adoptó esa conducta de mostrarse él mismo, pero otro, sin ortopedias capilares, sin maquillajes, como quien se rasga las vestiduras, se indigna en la hora de la desgracia y muestra las manos limpias en alto. La literatura universal registra, en ese acto arquetípico, la voluntad del actor de exhibirse en la total desnudez en una apelación a la máxima humildad de quien se flagela, admite la culpa, desea el castigo -«quiero ir a juicio oral»-, pero que busca también una captación de la benevolencia ajena. Un llamado de auxilio, en la soledad, seguro de que, como en el cine, el cartero llama dos veces.
Este nuevo Macri que toca fondo y espera la resurrección en un país donde los políticos resucitan -lo prueba Carlos Menem, quien pasó de la desintegración a convertirse en el gozne de las votaciones en el Senado- confía en la afeitada del bigote mucho más de lo que todos presumen, creyendo que se trata de un detalle de baja peluquería.
Sacarse el bigote a los 50 años es clave en Macri, un hombre preocupado como pocos por su aspecto personal y cuyo rostro, como en todo político de su nivel, es ya un emblema. Quienes lo conocen saben de la preocupación que tiene sobre la vestimenta, cómo observa esos detalles en los demás para hacerse un juicio sobre las personas. En tal personalidad, darse el navajazo al bigote es algo serio.
La elección del bigote en el joven Macri fue algo obvio en alguien que era hijo de un padre con personalidad avasallante -casi una topadora ayer para Mauricio- como Franco Macri. Era en los años mozos oportuno ese aditamento porque el bigote transmite poder, hombría, deseo de seguridad y confianza en uno mismo. Por eso el bigote, una señal que siempre ha sido objeto de polémicas, es característico de policías, militares y jefes de Gabinete (por ejemplo, Alberto Fernández). Este Macri que amó tanto a los federales como el «Fino» Palacios y otros uniformados que lo salvaron de un trágico secuestro de juventud, debe su desgracia de hoy a los policías. Sacarse esa chapa, que es el bigote, es un mensaje, seguramente de que no quiere saber nada, nunca más, de policías.
Este «coming of age» es un mensaje familiar: mortificado por su padre, que descalifica la doctrina macrista de que todo esto es una trama kirchnerista contra su hijo, Mauricio deja la era del bigote como necesidad de simular más edad y asume la adultez. Afeitarse es apartar al padre como referencia vital: ya se cree en la necesidad de tener más años que los que tiene..., frente a papá.
Estas señales cierran el círculo del gesto de sacarse el bigote como metáfora de rasgarse las vestiduras y comunicar disgusto, escándalo e indignación. Habrá quien crea que sólo es un pedido preconyugal de una novia nueva, o un mero accidente de quien se mira en el espejo una mañana, ve el rostro de la desgracia y tiene un ademán de autoflagelación, casi un accidente de barbería y avanza, desprolijo, sobre la línea del bigote sacándolo de línea, arruinando su perfil, y ya no queda otra que eliminarlo por completo.
En los Estados Unidos funciona una prestigiosa institución dedicada, según su carta fundacional, al «desarrollo, la atención y la cultura de los bigotes y que trabaja para crear un clima de aceptación y entendimiento e integridad» del bigote de todos los americanos. El American Moustache Institute (AMI) asume que ese estilo capilar es fuente de debates no menores. El bigote es combatido en los colegios secundarios, en los grados menores de las fuerzas armadas, así como es obligatorio en algunos países del Islam, o signo de pertenencia como en Turquía, donde todos son bigotudos.
La tarea del AMI se dirige a enfrentar el prejuicio de quienes piensan que el bigote o la barba crean desconfianza de la política en el público. No es nuevo que afeitarse la barba o el bigote produce un ascenso en la carrera de un político. El ex diputado Rafael Pascual resistió con la barba buena parte de su carrera política, pero sólo ascendió a las alturas cuando se la afeitó (llegó a presidir la Cámara de Diputados; hay billetes que circulan con su firma). Algo parecido ocurrió con el hoy embajador Jorge Argüello, a quien la barba le sirvió para ser concejal y diputado nacional, pero sólo cuando se la afeitó llegó a ese paraíso que es la embajada argentina en la ONU. Otro caso del mismo rubro es el de José Octavio Bordón, quien enterró con su bigote, a finales de los años 90, una biografía política (fue diputado, gobernador, candidato a presidente, senador nacional). Sin bigote resucitó, fue embajador kirchnerista en los Estados Unidos y allí está, esperando nuevas singladuras.
En la política de cabotaje, otro caso lo aporta el ministro de Educación, Esteban Bullrich, quien hizo el cursus honorum de Recrear escondido detrás de una barba, pero en ese trámite casi se quedó sin partido. Sólo una vez que se sacó la barba alcanzó su situación actual de pluriempleo, es diputado nacional y ministro de Educación de Macri, quien se saca el bigote para iniciar una nueva etapa de su carrera que parece hoy un calvario, pero que, cree, le dará una nueva oportunidad.
Y sin pelos en la cara, porque, como diría Sigmund Freud, un bigote sólo a veces es un bigote.

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