La historia contada por los huesos de un hombre ilustre

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Hay personas que por su lucha política ocupan un lugar en la historia, pero que por su vida aventurera, provocadora, controversial, por sus escándalos, y por su muerte temprana (en muchos casos a mano de sicarios o conjurados), parecieran estar reclamando volver cada tanto a escena y se han vuelto personajes históricos. Bernardo de Monteagudo es uno de ellos. En el año que se celebra el Bicentenario de la Independencia, Marcos Rosenzvaig recupera en "Monteagudo. Anatomía de una revolución", que publicó Alfaguara, a uno de su héroes, uno de aquellos que intentó extender la liberación independentista a toda América Latina. El escritor tucumano Rosenzvaig es profesor de Letras, doctor en Filología Hispánica, actor, director teatral, dramaturgo, ensayista. Publicó las novelas "Madres fuck you!", "Qué difícil es decir te quiero" y "Perder la cabeza". Dialogamos con él.

Periodista: Los forenses hoy aparecen en las noticias, los thrillers y las series de televisión. ¿Es cierto, cómo lo sostiene en su novela, que ya los había en Buenos Aires, en 1917?

Marcos Rosenzvaig:
El doctor Pascasio Romero existió y tuvo que reconocer los restos de Bernardo Monteagudo. Hasta ahí la verdad. La vida del médico forense perito Romero según aparece en mi novela es una ficción mía. Casi un siglo después de su muerte llegan a la morgue judicial, que desde hacía 9 años estaba en el edificio de la calle Junín entre Córdoba y Viamonte (donde aún sigue), los restos de Monteagudo. Al doctor Romero se le asigna la misión de comprobar que Monteagudo era mulato. Ese dato serviría para cuestionar los méritos de quien fue uno de los patriotas más radicalizados de la Revolución de Mayo. Un jacobino. Para mí, el Robespierre de la Revolución. Una noche mientras realiza los estudios del cadáver, que en realidad ya se trata de un osario, el forense Romero se ve invadido por una alucinación. Cree que los huesos de Monteagudo le susurran, le hablan. Y de pronto el forense comienza a hacer preguntas, a entrar en diálogo, a interpelar al patriota como si estuviera vivo delante de él. Pascasio es un liberal, un conservador, y está frente a un extremista, ante un héroe discutido, controversial. La confrontación es dura. Tiene ideales opuestos. De haber sido el doctor Romero su contemporáneo, hubiera representado todo lo que Monteagudo detestaba. El forense llega a decirle: "¿Su madre pacificaba la calentura de los soldados que iban a morir en Salta y Tucumán, o bien se hizo puta para que usted vengara su infortunio?". Romero pareciera mantener los criterios coloniales de los estatutos de limpieza de sangre. Monteagudo a falta de cuerpo sólo tiene palabras para enfrentarlo.

P.: Como a otros héroes de la Independencia se le cuestionaba sus plebeyos orígenes.

M.R.:
Hay versiones diversas, todas pretenden rebajarlo. La más cordial sostiene que su padre era español y su madre posiblemente tucumana. La que los hace mulato, y acaso lo era, sostiene que su madre era la negra esclava de un cura, que luego se juntó con un soldado español que puso una pulpería, que le dio fortuna como para pagarle a su hijastro los estudios. Así como, en la medida en que Monteagudo se vuelve abogado, periodista fundador de periódicos, un político violento, un militar sanguinario, un fanático de la Revolución, sus opositores (sin duda por todo eso) utilizaron esa "alcurnia" denigrante, el venir de abajo, el ser pardo, para sus sarcasmos, para estigmatizarlo. Para colmo, para incrementar el odio, Monteagudo era un afortunado seductor de damas.

P.: Usted lo muestra como un empedernido mujeriego.

M.R.:
Es que lo era. Tenía un donaire que lo destacaba de inmediato. Simón Bolívar habla del "estilo europeo y sus modales dignos de la corte" y rescata su "gran tono diplomático". Había algo aristocrático en su conducta que se contraponía con su tono altanero, la forma en que mandaba, su inclemencia al encargarse de las ejecuciones, su despotismo cuando ordenaba el destierro, al decretar la muerte de civiles sólo por su filiación española. Se suele sostener que en una narrativa épica, por caso en cierto género del cine, están los humillados y los que humillan. Yo creo que Monteagudo humillaba. Acaso acumulaba rencor porque lo llamaban zambo, lo nombraran por lo bajo como mestizo, mezclado, mulato. Él respondía como le fuera dado.

P.: A los 35 años, aplaudido por unos y denostado por más, en Lima, un anochecer, cuando iba a casa de Juanita Salguero, su amante, lo apuñalan. ¿Qué supo de ese crimen por encargo?

M.R.:
Había un grupo de nacionalistas peruanos que estaban buscando su muerte por varias razones. Bolívar que ante el cadáver clamó venganza, le dijo a un amigo que Monteagudo era aborrecido en Perú por: pretender una Monarquía Constitucional, por su adhesión a San Martín, por sus reformas drásticas, por la abolición de la Inquisición, por la supresión de los títulos de nobleza, por su tono altanero, por su ajusticiamientos, cosas que "hacía que los corifeos peruanos le tuvieran terror pánico". Los autores materiales se los conoce, fueron Candelario Espinosa, de 19 años, que actuó con el esclavo moreno Ramón Moreira, para robarle. Dijo que nadie lo mandó. Luego se desdijo. Lo que importa, más que los sicarios son los autores intelectuales del asesinato. Había muchos que querían ver muerto a ese anarquista de la Revolución. Si Castelli fue el orador de la Revolución, como lo recordó Andrés Rivera en "La Revolución es un sueño eterno", Monteagudo fue "el escritor de la Revolución". Un empecinado revolucionario que molestaba tanto al reino de España como a los miembros de la Liga Patriótica de Lima, a los de la Logia Secreta Republicana liderada por Sánchez Carrión. Esa logia había causado el derrocamiento de Monteagudo en 1822 y había llamado al pueblo a asesinarlo si volvía al Perú. También se hablaba de una creíble venganza por un tema pasional. El único que pudo haber sabido la trama cierta de ese crimen es Simón Bolívar, que los investigó y guardo él secreto.

P.: Usted es tucumano como Monteagudo, como Tomas Eloy Martínez, otro tucumano, autor de novelas históricas. ¿Elige por la gente de su patria chica?

M.R.:
Podría ser porque mi novela "Perder la cabeza" es el monologo de otro tucumano, Marco Avellaneda, pero no es así. A Monteagudo más que por comprovinciano me lleva mi afición por personajes marginales, y él es un marginal de la historia, y sobre todo un marginal en el Perú. Un dandi mulato con actitudes de aristócrata es una afrenta intolerable para la burguesía colonial. Pero ser así se lo fijo el destino. Monteagudo es el único que se mantiene vivo de once hermanos que mueren tempranamente. Eso hace que sus padres le ofrezcan cuidados especiales, que se beneficie de ser el sobreviviente y lo ayuden a progresar en todo sentido.

P.: ¿Qué tiene de ficción y qué de realidad la discusión entre un médico y un revolucionario?

M.R.:
La ficción surge de la interioridad de los personajes. Ningún escritor que tome un personaje histórico podrá saber cómo amaba o reflexionaba, inevitablemente lo inventa. Pero la invención debe ser verosímil antes que a nadie para el creador. Cuando escribo me parece estar viviendo en la época que describo, el escenario que imagino puedo llegar a sentirlo como una audacia de la memoria. Ese viaje temporal es lo asombroso de la literatura. Por otra parte, yo me sirvo de la historia para ficcionalizarla. No soy un autor que dedica años a estudiar un personaje histórico. Si hubiera hecho eso, no lo habría podido ficcionalizar. Me habría quedado en tratar de dar cuenta minuciosamente de lo que consideraba saber, algo insufrible. Uno escribe para que un lector disfrute. Para que saboree una historia y no para que se pierda en mil detalles inútiles.

P.: Se pude decir que su "Monteagudo. Anatomía de una revolución" más que a la novela histórica pertenece a la literatura fantástica, dado que trata de un forense que charla con los huesos de un patriota muerto un siglo antes, y que sobre el final se convierte en un juego de fantasmas, en el diálogo de dos muertos.

M.R.:
Es así como en la novela, de forma solapada, se mezclan Dante, la Divina Comedia, y el texto medieval el "Arte del buen morir", que utilicé el año pasado para un espectáculo teatral del Grupo Circus Renacentista. Hacia el final de la novela las imágenes del Arte del Buen Morir volvieron a mí en los últimos instantes de la vida de Monteagudo, aparecen ángeles y demonios, y un representante fantasmal que habla por el muerto. En el caso del gris y burocrático médico forense, en el paseo por el cielo y el infierno al que lo lleva Monteagudo es ayudado a transitarlo por la bibliotecaria Beatriz, de la que se enamora. Bueno, no voy a contar todas las peripecias de la confrontación de dos personalidades claramente contrapuestas.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.R.
: Estoy revisando "Cabeza de Tigre", una novela sobre las Actas del Congreso de Tucumán, que ya tengo terminada. Cuento de las Actas originales, que se pierden. El país no tiene esa Carta Magna, se la roban al chasqui Cayetano Grimau los artiguitas en Córdoba, en Cabeza de Tigre, y nunca más se supo. Para éste Bicentenario de la Independencia lo que se tiene son las copias, no un certificado de nacimiento.

Entrevista de Máximo Soto

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