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La hora de Obama
El último antecedente de un escenario similar al hondureño hoy es la Venezuela de 2002. El desenlace de aquella de por sí extemporánea revuelta cívico-militar dejó en evidencia, entre otras cosas, los errores de cálculo de los golpistas y del par de gobiernos extranjeros que, al menos, incurrieron en el error de apresurar su beneplácito por la caída de Hugo Chávez.
La administración Bush respondió entonces con reflejos y lógica de décadas previas.
La reacción del Gobierno estadounidense ayer demostró un primer paso que, sin ser enfático, fijó claramente la postura de la «nueva era». «Estoy sumamente preocupado por informes provenientes de Honduras sobre la detención y expulsión del presidente Manuel Zelaya. Hago un llamado a todos los actores políticos y sociales en Honduras para que respeten las normas democráticas, el Estado de Derecho y los principios de la Carta Democrática Interamericana», remarcó Obama en un comunicado. Y bregó por «un diálogo sin ninguna interferencia externa». En igual sentido, la «condena» de Hillary Clinton fue explícita.
Aislamiento
En todo el continente, desde la «profunda consternación y el rechazo» de Álvaro Uribe a la «batalla continental» de Chávez, dejan claro el aislamiento que deberán afrontar los golpistas.
Mientras pasen las horas y los días, Obama tiene la oportunidad de demostrar en los hechos sus postulados. Ello se jugará en las medidas concretas, la presión sobre los protagonistas del golpe, las sanciones económicas y políticas y el sostenimiento en el tiempo de las posturas esbozadas. El eventual triunfo del golpe en Honduras, con un reconocimiento tardío o temprano de la máscara que de allí surja, significará un punto de inflexión en la lógica en que se resuelven los conflictos políticos que atraviesan el continente. Marcará el fin de un ciclo en el que duras disputas que dividieron a las sociedades supieron resolverse con las -a veces degradadas- reglas de juego de la democracia.


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