7 de septiembre 2011 - 11:02

La influencia de la muerte en el voto

No hay muerte sin movimiento. En lo humano, la finitud inexorable produce efectos trascendentes que han determinado a través de los tiempos la construcción de la historia del hombre. No hay historia sin muerte, no hay recuerdo sin ella, forma parte de la esencia y del orden de la vida social.

La muerte, como lo real, en el orden biológico carga de sentido y de significación simbólica a los seres humanos, en una clara distinción con el mundo animal. La construcción de rituales y ceremonias han sido necesarios, a través de toda la historia del hombre, para comprender el tránsito de la despedida del cuerpo, elaboración del duelo y la construcción del recuerdo en la memoria. La lucha de Antígona por recuperar el cuerpo de su hermano y el derecho a la sepultura instala, definitivamente, el rito en la cultura.

El escritor argentino Osvaldo Soriano decía que el día más importante en la vida de un hombre era el día de la muerte de su padre. Desde este axioma podemos plantear que esa muerte puede exceder los límites de un cuerpo. Que no es necesaria la muerte física de un sujeto para, desde lo simbólico, dar por muerto a alguien y, del mismo modo, afirmamos que la transformación en perdurable opera como algo que desborda lo corporal.

Planteamos que la muerte convoca a operaciones psíquicas inevitables que nos permiten organizarnos. De eso se trata el movimiento: el pasado se hace presente a través del recuerdo, el presente lo es por medio de los sentidos y el futuro en la proyección. La muerte atraviesa todas estas instancias, en todos los órdenes sociales existentes. El movimiento que cada muerte produzca estará relacionado con multiplicidad de factores que determinarán o no la trascendencia del sujeto en mayor o menor grado.

Somos nuestros muertos, pertenecemos a una cultura por el recuerdo construido de quienes nos precedieron. Nadie escapa a la regla. Podrá presentarse con distintas máscaras o disfraces, pero el movimiento es infalible.

Emociones

La muerte de un líder convoca a emociones colectivas que transforman ideales en valores. Ese es su legado y el tiempo, su medida. El líder trasciende su cuerpo real en emociones capturadas por sus seguidores y pone en movimiento a individuos y agrupaciones como artífice y legado de sus destinos.

El misterio de por qué una muerte tiene el efecto o no de producir actos tiene en la muerte de Ofelia, la mujer amada del Príncipe de Dinamarca, una de las más excelsas representaciones que haya producido el hombre, como lo hizo Shakespeare en Hamlet. La muerte y el tiempo son esenciales en la obra. Lo notable es que desde el comienzo Hamlet sabe, porque se lo dijo el espectro, que su padre fue muerto por su tío y que su destino inexorable será vengarlo. Sabe de la traición y la codicia, sabe de su amor por Ofelia y, sin embargo, ahí radica la magia de la obra, por alguna razón Hamlet no actúa, no puede llevar adelante los movimientos necesarios para hacer digna su vida una vez vengado su padre. Sólo la muerte de Ofelia le permitió actuar. Es decir que ella actuó como causa del deseo de Hamlet para ejecutar su destino.

La diferencia de ambas muertes y sus efectos reside en que justamente el padre de Hamlet estuvo siempre presente a través de la voz del espectro que no le permitió hacer el duelo. Por el contrario, Ofelia, en su ausencia, se convierte en causa del deseo del Príncipe que pone en movimiento su venganza y destino.

Apotegma

El Rey ha muerto, viva el Rey es un apotegma de continuidad de la operación señalada en lo trascendente de los valores e ideales que encarnara. En la modernidad, con la creación de los Estados, esa figura fue reemplazada por los presidentes. Sus muertes son parte de nuestra historia. Sus muertes refieren los legados de su impronta. Hay una radical diferencia cuando la muerte ocurre en ocasión de estar en el cargo o en la ejecución de un proyecto, con la producida cuando la gestión forma parte del recuerdo colectivo. Son operaciones y movimientos diferentes.

A mediados del siglo pasado ocurrió un caso, conocido con el nombre de HM, uno de los más famosos de la historia de la neuropsicología, vinculado al descubrimiento de las distintas memorias del hombre y sus localizaciones en el cerebro. Fue por casualidad y con motivo de un grave accidente, luego de ser operado por terribles ataques de epilepsia, que se descubrió la diferencia entre la memoria de trabajo y la memoria semántica, entre otras. Cada una tiene una función diferente. La de trabajo nos permite la continuidad de una tarea, la semántica, como memoria a largo plazo, que los conceptos se modifiquen en el curso del tiempo.

Si tomamos a la sociedad como un corpus e imaginamos que ambas memorias pueden ser utilizadas de manera colectiva, tendremos entonces la diferencia en cuanto a la operación psíquica y el movimiento realizado por la sociedad en cada muerte. La última, la más reciente, la de un expresidente en plena ejecución de su impronta política, provocó movimientos de continuidad con los valores que su recuerdo inmediato representa. En cambio, la muerte de un mandatario cuya presidencia formaba ya parte del recuerdo permitió un análisis de su gestión, en cuanto a contextualizarla y revalorizarla, pero no encarnarla; fueron vanos los intentos de apropiación de su imagen y figura.

Intentamos dar cuenta de una de las variables que ha estado presente en el imaginario colectivo en la oferta electoral reciente. No somos sin el recuerdo de quienes nos precedieron como anclaje que nos ayude a la construcción. Es muy importante quiénes fueron nuestros abuelos, pero mucho más importante quiénes serán nuestros nietos.

(*) Abogado, defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires, licenciado en Psicología UBA.

(**) Licenciada en Psicología UBA.

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