29 de junio 2015 - 00:00

La perfección de una gran orquesta

Iván Fischer, uno de los fundadores de la Budapest Festival Orchestra, estuvo al frente en el excelente concierto que ofreció para el Mozarteum Argentino en el Teatro Colón.
Iván Fischer, uno de los fundadores de la Budapest Festival Orchestra, estuvo al frente en el excelente concierto que ofreció para el Mozarteum Argentino en el Teatro Colón.
Budapest Festival Orchestra. Dir: I. Fischer. Solista: M. Persson (soprano). Obras de B. Bartók, R. Strauss y G. Mahler (Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 27 de junio).

En música, el concepto de "perfección" suele estar asociado a una cantidad variable de factores más o menos objetivos como la precisión rítmica, la afinación, el empaste, el balance. Pero se sabe que se trata de un arte en el que la subjetividad es parte fundamental del juego; sería entonces aventurado pero a la vez más justo, tal vez, decir que así como para FurtwTMngler el tempo perfecto era aquel que en el momento de empezar a dirigir surgía como la única alternativa, la interpretación perfecta para cada espectador es aquella que le es difícil imaginar de un modo superador.

Tal fue la sensación que dejó un nuevo paso por la temporada del Mozarteum Argentino de la Budapest Festival Orchestra, fundada hace más de tres décadas por Iván Fischer y Zoltán Kocsis. En el marco de una gira sudamericana, Fischer y la agrupación ofrecieron aquí dos programas generosos con dos solistas diferentes. El segundo, que se comenta aquí, dio inicio con los "Bocetos húngaros" de Béla Bartók, a través de los cuales la BFO comenzó a desplegar esa intensidad y esa riqueza tímbrica que le son tan propias.

Las "Cuatro últimas canciones" contaron con la voz de Miah Persson, la soprano sueca que, al igual que grandes predecesoras, está casi especializada en Mozart y Strauss. La versión fue asombrosa no sólo en la cantidad de matices y detalles que la cantante puso en juego, siempre a la sombra del texto, sino por el cuidado con el que Fischer envolvió este canto en una sonoridad tersa y sutil.

En la segunda parte, Mahler y su "Cuarta sinfonía". La confianza y el respeto de los músicos para con Fischer, la sabiduría y la profundidad de lectura que el director ostenta, permiten el fluir perfecto del discurso; al mismo tiempo la unión espiritual de los integrantes y su calidad individual son las condiciones ideales para dar vida a esos juegos camerísticos propios del autor. Si la interpretación de toda la sinfonía pareció antológica, los movimientos 3 y 4 se alzaron como el punto más alto de la noche, y Miah Persson superó incluso su intervención anterior.

Después de tal despliegue, los músicos de la orquesta entregaron como bis algo inesperado, sencillo y a la vez revelador: reunidos codo a codo en torno a Fischer, los instrumentistas cantaron a capella "Morgengrüss", de Fanny Mendelssohn-Hensel (la noche anterior habían entonado el tango "Por una cabeza"). Se trata de un ejercicio que el director comenzó a mediados del año pasado y que, como él mismo lo dice, se funda en la importancia del ejercicio del canto a todo nivel, en toda edad y como herramienta básica de comunicación. Puede resultar inusual, pero no impensable en músicos que no hicieron otra cosa que cantar con sus instrumentos desde el inicio del concierto. Casi una declaración de principios por parte de Fischer y de sus hombres y mujeres: la música es el fin, ellos, simple pero imprescindiblemente, son el medio.

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