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La polémica recrea un clásico: el eje democracia-dictadura
Eduardo Frei, Sebastián Piñera y Marco Enríquez-Ominami durante el último debate por TV. La irrupción del último en el gran juego político chileno altera el tradicional escenario dominado por el centroizquierda y el centroderecha.
Este joven, nacido y criado entre tótem de la izquierda chilena, rompió fronteras, se subió al marketing, y hoy se ofrece como superador de la transición democrática. Para Enríquez-Ominami, que tiene chances de llegar al balotaje y ganarlo, la batalla en estos tiempos es una cuestión generacional. Así lo dice y por ello el candidato explica su apoyo a jóvenes aspirantes en diferentes puntos del país que pretenecen al espacio que en la lógica de los 90 habría sido considerado «pinochetista». Quien se define como de «izquierda», admite que su eventual ministro de Economía será un «empresario de derecha».
Pero, una y otra vez, el pasado vuelve al debate, pese a las sentencias, y ello saca a flote algunas paradojas en las estrategias de los candidatos.
Propuesta retomada
El conservador Sebastián Piñera retoma a un mes de las elecciones una propuesta de punto final a los juicios por crímenes de la dictadura. No se trata de una irrupción estrambótica por parte de quien quizá sea el menos ligado al régimen entre los dirigentes de su edad dentro de la alianza de la derecha chilena, a la vez que abanderado de la proclama de que «nadie vota en Chile pensando en Pinochet».
La Iglesia Católica propuso ya en julio pasado un indulto que excluyera, a priori, «casos emblemáticos» de violaciones a los derechos humanos. ¿Negó de plano Michelle Bachelet ese extremo impensable para muchos en la Concertación oficialista? La presidenta chilena aclaró que no estaba pensando en «indultos masivos», mientras otros voceros del Gobierno dejaron saber que un paquete de amnistías en ningún caso beneficiaría a autores de asesinatos.
El margen de dudas que se vislumbra en el Gobierno no alcanza al candidato oficialista, Eduardo Frei, pese a que fue el democristiano a quien le tocó resistir con uñas y dientes como presidente, en 1998, el principio de jurisdicción universal que intentó aplicar Baltasar Garzón desde Madrid. Lejos de merodear por entonces las cárceles chilenas, Pinochet había sido, hasta poco antes de ser detenido en Londres, jefe del Ejército, para pasar luego a ser senador vitalicio.
Interés
Complicado en las encuestas, el Frei de estos días ya no es (o no parece) el mismo, y se lo ve especialmente interesado en hablar de las consecuencias de la dictadura. Así como en el plano económico denuncia hoy al neoliberalismo, afirma que «las heridas nunca van a cerrar» y defiende a rajatabla la continuidad de los juicios.
Acaso tenga peso en su discurso la convicción, explicitada hace dos meses en Buenos Aires ante medios argentinos, de que su padre, el ex presidente Eduardo Frei Montalva, fue asesinado por el régimen de Pinochet en 1982, en una muerte que se intentó hacer pasar durante años como fruto de una complicación quirúrgica.
En tanto, en el discurso de Enríquez-Ominami, que perdió a su padre, hermano y tíos durante la dictadura, su apoyo a los juicios por violaciones a los derechos humanos también tiene razones ético-generacionales, acorde con el clivaje que el candidato propone. Y no se anda con vueltas a la hora de confrontar: «El día en que me mandaron al exilio con cinco meses, Frei (hijo) regaló 100 sueldos de su empresa y su esposa obsequió sus joyas (al Gobierno de Pinochet). Es la imagen más cruda que se puede dar de apoyo al golpe», afirmó en diálogo con este diario, en un rasgo setentista de su joven discurso.


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