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La primavera cultural: un legado alfonsinista
La gestión de Manuel Antín en el Instituto de Cine fue uno de los baluartes del gobierno de Raúl Alfonsín en la cultura. Hoy se continúa en lo privado a través de su Fundación Universidad del Cine.
El estreno, pocos días antes de los sufragios, de un film claramente filo-radical como «No habrá más penas ni olvido», de Héctor Olivera, sobre la novela de Osvaldo Soriano, se convirtió rápidamente en un elemento más de campaña: su éxito fue considerado un índice más del apoyo de los «hombres y mujeres de la cultura», como se encabezó a una de las solicitadas de la época en apoyo de Alfonsín. Lo mismo ocurrió con una modesta producción documental de corte televisivo, «La república perdida», producida por el fallecido dirigente radical Enrique Vanoli y dirigida por Miguel Pérez, que convocó insospechada cantidad de público a los cines y produjo la furia de la dirigencia desarrollista, a la que indirectamente se responsabilizaba de algunos de los males padecidos por la Nación.
Apenas llegado a la Casa Rosada, el nuevo presidente adoptó una medida culturalmente revolucionaria, a la que ni siquiera se había atrevido el peronismo de 1973 (y que posiblemente, al menos en aquellos tiempos, habría osado Luder en caso de ganar): disolvió para siempre la censura cinematográfica a través de la abolición del siniestro Ente de Calificación, en cuyas oficinas tanto había gozado Miguel Paulino Tato tijereteando películas y negociando cortes con los distribuidores. Alfonsín designó al recordado crítico cinematográfico Jorge Miguel Couselo al frente del Ente, con la misión de que lo liquidara. Así se hizo, en poco tiempo.
En su reemplazo, comenzaron a funcionar (como lo siguen haciendo hasta hoy) las comisiones de calificación de películas en el interior del Instituto de Cine, con la expresa prohibición de prohibir, y la misión de evaluar de acuerdo con parámetros de edad (de esos tiempos data también la supresión de la palabra «Prohibida para menores de...», cambiada por «Sólo apta para mayores de...»).
Al frente del INCAA, llamado entonces sólo INC, Alfonsín realizó la más sólida y perdurable de sus designaciones en el área de cultura: convocó al director Manuel Antín, quien desde sus oficinas de Lima al 300 transformaría para siempre, y en diferentes etapas que sobrevivirían largamente al Gobierno, el cine argentino. Antín no sólo le dio aires nuevos a la producción, sino que llevó por primera vez a la pantalla nacional fuera de las fronteras, y la instaló en festivales internacionales como Cannes, San Sebastián, Berlín y Venecia.
Con excepción del antecedente de «La tregua» en 1974 (que tuvo a «Amarcord» como rival imbatible), con Alfonsín en 1985 el país ganaría su primer Oscar con «La historia oficial» de Luis Puenzo. Tanta era la conmoción que hasta el habitual agnosticismo se trocó en religión: Norma Aleandro, presentadora de ese premio, convirtió al acto profano en materia sagrada con su famoso «God Bless You» a la Academia.
Bajo la gestión Antín, quien a diferencia de otros funcionarios continuó en su cargo hasta el último día de la presidencia de Alfonsín, el cine nacional produjo también una línea de películas políticamente aperturistas, con mayor o menor fortuna. El boom inicial, la película-símbolo, que además se empezó a rodar un día después de la asunción del mando, fue «Camila», de María Luisa Bemberg, que llevó casi a dos millones de personas a las salas al año siguiente, algo hoy impensable. También se hicieron «Los chicos de la guerra», de Bebe Kamín, «Asesinato en el Senado de la Nación» y «Made in Argentina», de Juan José Jusid, «Cuarteles de invierno» de Lautaro Murúa, «Darse cuenta» y «Esperando la carroza» de Alejandro Doria, o los policiales políticos de Juan Carlos Desanzo como «El desquite» o «En retirada».
Sin embargo, lo políticamente curioso fue que nunca existió un cine alfonsinista con la misma identidad que un cine peronista, con sus directores emblema como Hugo Del Carril, Leonardo Favio o Fernando «Pino» Solanas. A propósito de este último, durante el Gobierno radical se produjo su gran retorno a la pantalla, de donde faltaba desde la proscripción con «La hora de los hornos», con el triunfo de «El exilio de Gardel» en el Festival de Venecia en agosto de 1985. Es forzoso recordar, sin embargo, que ya eran ésos los tiempos del Saúl querido y la seguidilla de paros generales, y la victoria peronista de Solanas pareció más un tanto para la oposición que para el oficialismo.
El deterioro del alfonsinismo en lo político y lo económico no tuvo paralelo, en cambio, en el cine: aun durante sus años menos prósperos continuaron produciéndose éxitos como «La película del rey» de Carlos Sorín, también triunfadora en Venecia, y «La deuda interna» del jujeño y peronista Miguel Pereira. La experiencia de Antín al frente del INC tendría una continuidad en el ámbito privado cuyos efectos más notorios siguen viéndose hoy: en 1991 fundó la Universidad del Cine (FUC), que fue el semillero del llamado «nuevo cine argentino» y de directores como Lucrecia Martel, Pablo Trapero o Daniel Burman. Fue remarcable, también, la tarea de Javier Torre al frente del Centro Cultural San Martín, organismo por el que transitaba entonces un enorme flujo cultural como nunca más tarde pudo igualar.
En algunos otros ámbitos, en cambio, los años del alfonsinismo significaron una revitalización con más raíces en el entusiasmo que en la realidad: aunque se suponía que, amordazadas por la censura, numerosas obras literarias esperaban el momento de salir a la luz, eso no ocurrió.
Pacho O'Donnell, desde la Secretaría de Cultura municipal, organizó hacia fines de 1985 el «puente» con el mundo que tuvo también una fuerte repercusión en lo simbólico: era la primera vez, después de la dictadura, que tantos notables del mundo (alrededor de 40) reconocían a la Argentina como país plenamente democrático con su presencia simultánea en foros, conferencias, conciertos y espectáculos: entre muchos otros, llegaron Fernando Fernán Gómez, Gillo Pontecorvo, Luigi Nono, Lindsay Anderson, Fernando Arrabal, Luis García Berlanga, Annie Girardot, Nicanor Parra, Severo Sarduy y Lina Wertmüller.
Desde luego, al igual que con las asonadas carapintadas, en lo cultural también continuaron registrándose algunos sobresaltos desagradables: al año siguiente, la representación de «Mistero Buffo» de Darío Fo, en el teatro San Martín, terminó convertida en una batalla campal, con heridos incluso, originada por grupos de militantes católicos ultramontanos; aunque con menos violencia, otros episodios continuaron recordando que los nostálgicos de la censura no eran pocos. Hubo particulares que denunciaron penalmente el film «El diablo en el cuerpo» de Marco Bellocchio (hoy, en relación con lo que se ve, casi una inocentada), y el film «Kindergarten» de Jorge Polaco terminó también, tras demandas individuales, extraviado en los despachos judiciales y nunca estrenado.


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