«El precio de la libertad» es un film convencional y con evidentes licencias sobre el histórico vínculo que unió a Nelson Mandela y su guardiacárcel a lo largo de 22 años.
«El precio de la libertad» (Goodbye Bafana, 2007, Al. Fr., Bélg., Sudafr., It., GB, Lux., habl. en inglés y xhosa). Dir.: B. August. Guión: G. Alter, J. Kaylin, sobre libro de B. Graham. y J. Gregory. Int.: J. Fiennes, D. Haysbert, D. Kruger, P. Lyster, F. Ndukwana. E. Van Jaarsveldt.
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Este asunto merece ser conocido: la relación de creciente respeto, a lo largo de 22 años, entre Nelson Mandela y su guardiacárcel James Gregory. Uno estaba condenado a cadena perpetua, con un sistema de visitas, lecturas, y correspondencia harto reducido y controlado. El otro debía espiarlo y quería hacer carrera. Pero ambos tenían una misma lengua de infancia, el xhosa, y eran padres.
La historia abarca desde 1968, cuando se inaugura la cárcel de máxima seguridad de Robben Island, hasta 1990, cuando Mandela es autorizado a salir de la granja correccional Verster donde estuvo los últimos tres años (un alivio logrado por la presión internacional). En el 68 el líder ya lleva cuatro años preso, sin contar los siete de anteriores causas, ha impulsado la desobediencia civil, el sabotaje, y la «Carta de la Libertad», donde reclama un Estado multirracial, igualitario, democrático, la reforma agraria y la justicia social. Para el régimen del apartheid, esa carta es como el Manifiesto Comunista, y cualquiera que la firme, o siquiera la lea, es subversivo. Pero Gregory llega a leerla, y ve que un contestatario no necesariamente es un terrorista. Ve también las artimañas del Estado represor al que sirve, y la bajeza de sus compañeros y vecinos. También su mujer es corta de miras, y sus chusmeríos irresponsables contrastan con la dignidad de la esposa de Mandela. Pero, con el tiempo, ella también irá cambiando un poco.
Esto es lo que cuenta el presente film de Billie August, producido por países que ahora lavan sus pecados colonialistas, y narrado desde la perspectiva de un blanco de buena conciencia. Así se pinta el mismo Gregory en su libro de memorias «Goodbye Bafana (Nelson Mandela, My Prisoner, My Friend)», que el film ilustra con cierto convencionalismo, escasa fuerza dramática, y evidentes licencias (por ejemplo, falta el período intermedio en la prisión de Pollsmoor, que es donde realmente ambos tuvieron trato). Sin dudas, el hombre exageró los buenos recuerdos, pero, de todos modos, el propio Mandela también lo recuerda con aprecio en su autobiografía. Lo destaca como alguien distinto a los guardiacárceles comunes, educado, cortés con todo el mundo, de hablar calmo, tranquilizador, dice «desarrollé cierto respeto por él», y al despedirse «lo abracé afectuosamente». Claro que un político abraza a cualquiera, pero años después también lo invitó a presenciar la asunción del mando.
Para interesados en el tema, conviene anotar «Mandela and de Klerk», de Joseph Sargent, con Sidney Poitier, Michael Caine como Frederik de Klerk, el presidente que abrió el diálogo (ambos líderes recibieron por ello el Nobel de la Paz), y Ben Kruger como Gregory. O esperar el «Invictus» de Clint Eastwood, con su amigo Morgan Freeman en rol de Mandela presidente, impulsando una selección multirracial de rugby. Pero ésa ya es otra historia.
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