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La seducción perenne de Ambrose Bierce

«El hecho de que Henry Armstrong estaba enterrado no parecía probarle que estuviera muerto: siempre había sido un hombre difícil de convencer». Un cuento que comienza así puede ir ya para cualquier parte, ha logrado sorprender y esa es una de las claves de estos cuentos clásicos, donde no hay uno sólo que no deje de asombrar. Y no todos son «cuentos macabros» como afirma el titulo de esta breve antología. Hay cuentos fantásticos, de terror, esas «tall tales» -encadenada sarta de exageradas mentiras- de las que Bierce hizo una admirable práctica, convirtiéndolas en siniestros apólogos de un cínico.
Esta selección de relatos afortunadamente evita reiterar el magistral cuento «Lo que sucedió en el Puente del Buho», poner algunos de los mordaces relatos de la guerra o las viñetas de los californianos de la «fiebre del oro» y ofrece apenas unas pocas menciones en el prólogo del inolvidable «Diccionario del diablo». Prefiere mostrar la veta sardónica, el interés por lo insólito y lo mórbido de ese gran escritor estadounidense del siglo XIX, que escribió corto acaso porque escribía largo como periodista, y cuya aventura vital es una novela que bien podría haber escrito Jack London.
Se ha recaído con frecuencia en la etapa final de Bierce, cuando ese «gringo viejo», a los 72 años se fue de observador en el ejército de Pancho Villa, y no se supo nunca más de él. Más interesante acaso es como pariendo de muy abajo, del mas puro analfabetismo, llego a consagrar su pluma como la más venenosa del país. Lo que hizo pensar que «el periodista más leído y más temido» era un minusválido deforme y resentido, cuando en verdad era un galán rubión de ojos azules y un metro noventa que cacheteaba con una lengua que disparaba sentencias cultas y cavernosamente feroces. Así llegó a ser editor de su propia revista, casarse con la muchacha más rica que encontró por su camino, permitirse recreos a Londres o aventureros en busca de oro y ser contratado como escriba Number One por «El Ciudadano» William Randolph Hearts, al que ayudó a golpes de tinta a construir su imperio de medios. Fácil es figurarse que no faltaron tragedias - sobre todo dramáticamente cercanas, familiares- en quien fue «el hombre más malo de San Francisco».
Para ir tomándole el gusto a este libro, especial para viajes, se puede comenzar por los cuentos de apenas dos páginas «Los funerales de John Mortonson» y «Una noche de verano», luego pasar al deliciosamente perfecto y repugnante «Aceite de perro» y «El camino de la luna» donde el fantasma de la víctima es uno de los testigos de su asesinato. Pariente de Poe y de Melville, antecedente de demasiados, Bierce sabe dibujar en una frase un caracter, establecer la intriga en cuatro líneas, cambiar de género en el camino, y practicar de forma admirable la ironía, el sarcasmo, la blasfemia y el recelo del ateo declarado.
M.S.


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