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La seducción y el eterno palpitar
Una recorrida de estilos de más de cuatro décadas: desde el fuego de Elvis-pelvis, hasta el Sandro de América, baladista y romántico.
La otra imagen, cultivada en varias películas, es la del joven orgulloso y sensual, de buen corazón pero mala fama, que debe vencer los prejuicios de su origen racial o social. Así se conquistó la identificación de media Latinoamérica. Y la admiración, apenas impuso el temblor de su voz, las convulsiones del cuerpo, el brillo de la mirada, y un repertorio de canciones pasionales muy bien dramatizadas.
«Trabajo de ídolo», solía decir, relativizando su carisma a una especie de complicidad juguetona con el público femenino. Vale decir, él no se la creía, y pensaba que tampoco sus admiradoras se la creían del todo. Que lo suyo sólo era un juego de seducción, a cumplirse durante los recitales, y el resto del día seguía siendo simplemente Roberto Sánchez. Pero ponía tanto corazón en su papel que acaso hubiera podido decir, con Fred Astaire, «No me tomo en serio. Pero tomo mi trabajo muy en serio».
Había nacido el 19 de agosto de 1945, en un conventillo de Parque Patricios. Se crió en Valentín Alsina, donde su padre trabajaba en una vinería. A los 13 años enfrentó por primera vez al público. Según la anécdota, debía hacer la fonomímica de un disco de Elvis Presley, su consabido modelo, pero el disco se rayó y él terminó cantando de veras. A los 16, probó con el Grupo Azul, y luego con Los de Fuego, que pronto pasó a encabezar. Así debutó en televisión, llevado por Pipo Mancera a los famosos «Sábados Circulares». El 13 de noviembre de 1963 grabó su primer simple: «¿A esto llamás amor?», y, del otro lado, «Hay mucha agitación», cover del hit del momento de Jerry Lee Lewis. Tras ése, vendrían más de 50 larga duración.
Aclaración: ese simple lo grabó con Milo (Lucio Milena) y su conjunto. Su etapa con Los de Fuego quedó testimoniada recién en el tercer disco. El grupo aparece también en el debut cinematográfico de Sandro, la comedia filosófica «Convención de vagabundos», 1965, de Rubén Cavallotti (como cerrando el círculo, en 1980 Cavallotti dirigiría también su película de despedida, «Subí que te llevo»). Dato curioso, el protagonista de «Convención...» era Palito Ortega. Sus caminos estaban marcados: uno, el pop del chico serio, de provincia, y otro, el rock semiduro del marginal del conurbano. Pero ambos tenían sus oficinas en el mismo edificio, y se visitaban y alentaban mutuamente. Sandro fue de los primeros en hacer rock en castellano. E impulsó también, con Horacio Martínez y Pajarito Zaguri, un lugar mítico de los bohemios vernáculos: La Cueva.
Ubicada en Pueyrredón entre Juncal y Beruti, ahí tocaron Litto Nebbia, Moris y Tanguito, junto a jazzistas como Enrique «el Mono» Villegas, Juan Carlos Cáceres, e incluso Stan Getz, que tuvo una recordada jam session con Bernardo Baraj. Para entonces, Sandro estaba traduciendo a Bob Dylan (hizo, por ejemplo, una versión castellana de «Soplando en el viento»), y descubría las fugas de Johann Sebastian Bach.
El cambio -y la definitiva consagración popular- vino en 1968, cuando el rockero convertido en baladista impuso un tema romántico, «Quiero llenarme de ti», en el Festival de la Canción de Buenos Aires. Entonces vino también el éxito continental, el muchacho apodado Gitano pasó a llamarse Sandro de América, y sus recitales acumularon multitudes desde Punta Arenas hasta Nueva York, pasando por el Viejo Gasómetro, donde llenó, él solo, varios carnavales. Desde ese momento, y por largos años y muchos otros temas memorables, junto a su nombre se inscribiría el del poeta Oscar Anderle, ex vocalista de una orquesta tropical, que pronto pasó a ser su coautor, socio y apoderado. E iría creciendo una fama de misterio.
Sus primeras ganancias las había invertido en un auto y una casa en Lanús. «Pero el auto aparecía con manchas de lápiz de labios, y del jardín se llevaron hasta el perro», contaba, de modo que en 1969 se construyó su propio búnker en Banfield. Un edificio enorme, con dos salas de grabación, adonde sólo accedían sus amigos y alguna novia o esposa secreta (tuvo dos, María Elena y, desde 2007, Olga Garaventa). Siempre en la zona sur, la que le permitía tener un cable a tierra y cuidar a su madre, que estaba en silla de ruedas. A ella se dedicó durante años -un amor que también tienen los héroes de sus películas, como si el libretista, por lo general Salvador Valverde Calvo o Jorge Falcon, hubiera unificado deliberadamente al personaje y a la persona. La madre murió el 25 de agosto de 1992, tras larga agonía, cuidada en su propia casa. Alcanzó a pasar el cumpleaños del hijo, y a festejarle las tres décadas de labor profesional.
Esas tres décadas registran 8 millones de discos vendidos (el de mayor éxito fue «Rosa, Rosa», que superó el millón y medio), una empresa productora, An-Sa, y 15 películas (incluyendo su breve aparición en la litoraleña «Tacuara y Chamorro, pichones de hombres»), una de ellas también como realizador, «Tú me enloqueces», haciendo pareja con Susana Giménez, amén de varias otras como productor y hasta como financista anónimo a fondo perdido de algunos amigos o conocidos. También registran un culebrón puertorriqueño, «Fue sin querer», y un programa propio de televisión, «Querido Sandro», cuyo primer invitado fue Pipo Mancera. Es que el cantante siempre fue agradecido, cultor de la amistad y generoso.
También, pese a los kilos, mantuvo la percha, acaso gracias a este consejo: «Me enseñaron que hay que usar el smoking como si fuera un jean, y el jean como si fuera un smoking, y eso hago». Y como si esto fuera poco, desde 1992 hasta 2007 fue sumando una increíble cantidad de recitales, año tras año y siempre con localidades agotadas, en lo que constituye la más larga, entusiasta y resistida de las despedidas. Las jovencitas que lo adoraron en los 60 ahora iban con sus nietas (al respecto, y como ejemplo del sex appeal de Sandro, es muy buena una frase de Enrique Pinti, impublicable en estas páginas). Y los nuevos rockeros, decía el cantautor, «en vez de saludarme, me sacan lustre».
Murió querido por todos, y bastante satisfecho de su propia obra y de su vida. Apolítico, lo único que esperaba de los últimos tiempos era «que aparezca un patriota como los del Billiken». Lástima, justamente ésa fue una de las pocas cosas que no se le concretaron. Al menos aparecieron varias personas de buen corazón que le ayudaron a vivir sus últimos meses con un doble trasplante.


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