Una pareja de padres quiere que su hijo vaya a la universidad privada cuando comience el ciclo lectivo. Sin embargo, antes que ocurra esto, quieren que consiga un empleo durante el verano, ya que de esa forma piensan que aprenderá a manejarse con responsabilidad. Entonces le ofrecen que ellos completarán los gastos que tenga en la universidad si consigue el empleo y ahorra. El problema es que el plan de los padres es inconsistente temporalmente y que su hijo lo sabe: aunque no logre el empleo de verano, sus padres quieren que vaya a la universidad y le darán el dinero necesario. Por lo tanto, el chico se va de vacaciones durante el verano.
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Algo parecido puede pasar con el Banco Central, las metas de inflación y el rol que el Gobierno le asigna a la entidad que conduce Sturzenegger en el "juego" que es la negociación salarial. El BCRA viene de hacer dos cosas que, para algunos, complicaron las paritarias: una modificación en las metas de inflación y una secuencia de baja de tasas de interés supuestamente ordenada por Macri.
El concepto de "inconsistencia temporal" está obviamente vinculado al problema de las reglas versus la discrecionalidad y al de la credibilidad de las autoridades económicas. Todo esto se ve mejor si se toma el juego entre el Gobierno y los sindicatos, y en cómo ha cambiado la percepción que se tiene, ahora, de la política monetaria, una vez rectificadas las metas que, modificadas y todo, pocos consideran que vayan a cumplirse.
En la teoría de los juegos del premio Nobel John Nash, no tenemos que preguntarnos qué vamos a hacer, sino tenemos que preguntarnos qué vamos a hacer teniendo en cuenta lo que pensamos que harán los demás. En la negociación salarial, los sindicatos hacen su primer movimiento poniéndose de acuerdo sobre la necesidad de ajustar al alza sus salarios: deben elegir entre una cifra alta y una un poco más baja. El Gobierno efectúa a su vez su movida, ayudado por el Banco Central, que pone un techo de inflación (15% en el caso argentino) y dice que se compromete a cumplirlo.
Antes que los sindicatos firmen su paritaria, las autoridades anuncian, supongámoslo así, una política monetaria restrictiva para estimular la moderación salarial. Es decir que si el Banco Central cumple, lo mejor para los sindicatos es aceptar un bajo incremento en sus retribuciones, en línea con la baja tasa de inflación esperada. Esto debería tender a producir el resultado ideal: baja inflación y un nivel de desempleo neutral. Si los trabajadores insistieran ahora con un ajuste salarial mayor y la política monetaria siguiera siendo restrictiva, el desempleo aumentaría.
Sin embargo, es probable que nos encontremos ante otra variante de este juego. Los sindicatos se plantean si las autoridades mantendrán su política monetaria restrictiva (baja inflación) una vez firmados los acuerdos salariales de la paritaria, lo que resulta dudoso, porque, piensan los delegados, el Gobierno podría estar tentado de relajar esas metas de inflación, que en el corto plazo podrían lograr un descenso del desempleo a través de la mayor actividad. Sin embargo, como la inflación supera la expectativa, los trabajadores verían reducir sus salarios en términos reales.
Otra alternativa podría ser que los sindicatos firmasen acuerdos salariales con ajustes importantes. El Gobierno puede aplicar una política monetaria restrictiva, con lo que podría generar complicaciones en el mercado de empleo (el costo del dinero permanece elevado). En estas circunstancias, los sindicatos piensan que el Gobierno se verá tentado a modificar su política inflacionaria, para tratar de que el desempleo no suba. De esta forma, si anticipan mayor inflación, buscarán firmar un convenio colectivo más alto. Si como esperan el Banco Central relaja su política monetaria, el resultado sería mayor inflación, pero no mayor empleo.
Así, en los potenciales resultados de la teoría de los juegos, parece inevitable que, si las autoridades del Gobierno tienen capacidad discrecional de elegir y, por lo tanto, modificar luego sus decisiones previas, la mejor política económica (monetaria ahora) en un momento dado tendrá un sesgo inflacionista. Ergo, una política dirigida a reducir la inflación carece tanto de credibilidad por la posibilidad de que las autoridades puedan verse tentadas de cambiarla.
Precisamente eso fue lo que vino teniendo lugar en los últimos meses. Es más: en algo parecen ponerse de acuerdo la mayoría de los economistas ortodoxos: el desacierto que fue la conferencia de prensa del 28 de diciembre pasado cuando se anunció el cambio de las metas de inflación y, posteriormente, se aplicó una baja de la tasa de interés, que no hizo más que inyectar más confusión y una innecesaria dosis de incertidumbre que se traspasó a la negociación paritaria.
Para muchos de estos técnicos, la inflación tardará más de lo que dice el Gobierno en alcanzar un dígito anual si la apuesta es a mantener el modelo económico de gradualismo fiscal financiado con ahorro externo. Esto derivaría en un peso apreciado, y tasas de interés que tienen más para subir que para bajar. Señalan que más de 20 países que intentaron bajar la inflación a un dígito en los últimos años tardaron en promedio más de 7 años, y casi todos tenían superávit fiscal, y los que no lo tenían, como Tailandia y República Checa, ya tenían una inflación de un dígito.
De todas formas, y a pesar de las inconsistencias, el Gobierno asegura que la pelea a la inflación continúa. Por eso, no sería raro encontrarlo al propio Sturzenegger repitiendo esa frase célebre que nos dejó el propio Nash, cuando empantanado en sus áridas ecuaciones, aseguraba a sus detractores: "Caballeros, debo recordarles que mis probabilidades de éxito aumentan en cada nuevo intento...".
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