La naturaleza del enviado celestial rompe los protocolos; por eso Eduardo Valdés tiene chapa para quedarse en Roma más allá del 30 de noviembre, dead line que estableció el Gobierno para el regreso de los embajadores políticos. El argumento es que debe estar en Roma el 8 de diciembre, cuando Francisco abrirá el "jubileo de la Misericordia", un año que puede ser el último de su papado; Bergoglio cumple 80 años en noviembre del año que viene y ya dijo que en 2017 "el Papa irá a la Argentina; éste u otro", con lo que aumentó el misterio. El 2016 será la oportunidad de presentación de las grandes reformas que promete. En ese lapso regirá un severo y audaz perdón a quienes hayan hecho abortos y se anunciarán otras liberalidades que enojarán a los ortodoxos que quedan por allá.
Esos permisos a Valdés pueden ampliarse: anoche lo buscaban por Buenos Aires emisarios de la cancillería que asumirá el 10 de diciembre para discutir con él los términos de un waiver para que se quede más tiempo. Quizás el 31 de diciembre, o marzo, o quizás todo el año santo, hasta el final del jubileo.
La designación de un embajador en el Vaticano ha movilizado a los operadores del macrismo porque conocen la dificultad del trámite. Ya se acercaron a Santiago de Estrada, que es amigo del Papa y también de Macri, pero hizo decir que por ahora prefiere quedarse por acá y no volver a la sede en donde representó al país.
Otro nombre que circula en los pasillos es el de Alfredo Abriani, secretario de Culto del gobierno porteño, hombre de penetrantes relaciones clericales y bien conocido del Papa. También juegan apuestas por Omar Aboud, pero que es musulmán. Entraría en las extravagancias de este Papa pedir que me enviasen un hombre de esa cultura.
En esa trama de presunciones, figura también el propio Valdés, que fue designado por el actual gobierno según el método del pedido de Roma, pero antes de aceptar recorrió el espinel multipartidario para contar con el apoyo de todos los partidos, además del oficialismo. Ese arco de contención se probó en el almuerzo de despedida que le ofreció un grupo en el cual estaban Enrique Nosiglia, Leopoldo Moreau y Carlos Mas Vélez por el radicalismo, Federico Pinedo por el PRO, Claudio Lozano por la izquierda, que convivieron un rato bajo el mismo techo con "Wado" de Pedro y el "Cuervo" Larroque. Después de tamaña demostración de que Valdés es una política de Estado, ¿a quién sorprendería que un Macri lo confirmase por cuatro años más, algo que ya hizo con Lino Barañao en intentó hacer ayer con Florencio Randazzo?
Macri tiene los mejores entendimientos políticos con Francisco a través de acuerdos de terceros, pero no el tipo de relación pía que mantienen con el Santo Padre los referentes del peronismo. Macri es respetuoso de las dignidades pero no hace peregrinaciones a Luján -como Cristina de Kirchner o Daniel Scioli-; tampoco trafica rosarios e imágenes, más que la afición por el matrimonio del presidente electo le haya hecho incurrir ya en por lo menos tres connubios. No le gustó al Papa que consintiera un matrimonio del mismo sexo en la Capital cuando podía frenarlo con una apelación de su gobierno a un amparo. Lo retó por eso en una reunión privada en donde habló de frivolidad, pero se sabe que las palabras de un sacerdote, o de un obispo, le resbalan a quien no es hombre de iglesia, y Macri no lo es, ni ha mostrado nunca el timor Dei de los confesos.
Macri respeta los dictámenes políticos de la Iglesia y exalta a las personas que le indican desde Roma, como la diputada Victoria Morales Gorleri o, para citar un caso del día, el nuevo ministro de Trabajo Jorge Triaca, que integra el círculo de los predilectos del pontífice, que debe haberse alegrado al conocer la confirmación en ese cargo. Otra prueba es la votación ayer en la Legislatura porteña del proyecto macrista de cesión a la Iglesia de quince predios en donde funcionan parroquias. La gran faena de la dupla Macri-Bergoglio fue la destitución de Aníbal Ibarra como jefe porteño por la tragedia de Cromañón, un hecho que abrió una cadena de sangre que sigue, aunque imperceptible, abierta en la política argentina y que pone a cualquier funcionario al pie del cadalso por actos de gestión, aunque los hayan cometido, sin su conocimiento, uno de sus subordinados.
| Ignacio Zuleta |


Dejá tu comentario