- ámbito
- Edición Impresa
La UE no tiene el quirófano listo
Irlanda tambalea. Y la Unión Europea no tiene quirófano listo. No habrá cirugía ni quita, sino rescate a cargo de los contribuyentes. Irlanda reposará contiguo a Grecia quien, desde mayo, recibe el suero periódico de la asistencia de la Unión Europea y el FMI. Y todavía hay lugar para alojar a un tercero que no sea corpulento. Como Portugal. El tratamiento no es malo en el sentido de que garantiza la sobrevida (hasta 2013). Lo malo es que Grecia no muestra visos de progreso. En los tiempos de la tasa cero, su deuda -la que colocó antes de ser expulsada de los mercados- rinde más del 12%. Mucho peor que cuando se internó.
Todo el mundo hoy es experto en epidemias. De ahí la pregunta obligada: ¿Y España? Grecia es el 3% del producto de la Unión Europea. Irlanda, apenas el 2%. España es un peso pesado. Quienes además le cuentan las costillas a la Facilidad de Estabilización Financiera saben que cuando sea el turno de Madrid, ya no habrá recursos disponibles, en escala suficiente, para proceder a un salvamento exitoso. ¿Será el fin de la estrategia actual? ¿Habrá que adelantar lo que se pergeñó para 2013? ¿Tiene Europa una salida incruenta? Un euro en peligro, como dijo el ministro alemán de Finanzas, ¿sobrevivirá al desenlace?
La Unión Europea está en una posición complicada, pero dista de ser terminal. Se enredó en dificultades que, en esencia, son fruto de su propia impaciencia. La deuda es un problema, pero lo es también para EE.UU. o Japón. Nadie como la Unión Europea incorporó en su discurso la preocupación fiscal con igual empeño ni tomó medidas para atacar la cuestión con tanta presteza. Y, sin embargo, nadie, salvo la Unión Europea, debe lidiar con una grave crisis de deuda soberana. Gran Bretaña, un miembro que no comparte la moneda común y que -a priori- era número puesto para desarrollar esta convulsión, no sufrió ni un espasmo. Más allá de la anécdota, la posición fiscal europea se deteriora con rapidez. Más se afana por zafar del brete, más se hunde en estas arenas movedizas.
¿Tiene salida la encerrona? La tiene. Para entender la dinámica conviene considerar tres elementos vitales. No se debe subestimar (a) la falta de visión de las autoridades (políticas y monetarias), pero mucho menos (b) la voluntad política de preservar el proyecto de integración. Es fácil detectar el primer punto, es más complejo ponderar cabalmente la importancia del segundo. El tercer ingrediente debiera ser obvio (tanto que se lo pasa olímpicamente por alto). No hay que sobrestimar (c) la constancia de los mercados, que son los que empujan las corridas. El mismo euro que hoy se dice en peligro de extinción, un par de semanas atrás, sepultaba al dólar en todas las pizarras. Los dólares que prometía Bernanke eran muchos y ahora resulta que no alcanzan.
De los creadores de las líneas Sigfrido y Maginot no cabía esperar otra cosa. Alemania y Francia pelean la guerra anterior. Están parapetados para combatir la inflación. Cuando, en la antesala de la caída de Lehman, el petróleo tocó los 147 dólares, el Banco Central Europeo (BCE) primero que nadie izó sus tasas de interés. Qué mejor imagen de sus recelos. La Fed siempre supo, desde que se inició la crisis, que el verdadero enemigo era la deflación y la destrucción del valor de los activos. Europa (el Continente, no Gran Bretaña) no lo cree así ni aunque cruja su periferia.
Sin embargo, la realidad es obstinada. Y, cuando asfixia, no tarda en imponerse. Europa es tan capaz del error de la línea Maginot como del acierto de la «blitzkreig», la ofensiva relámpago. Lo demostró en mayo cuando se tragó el sapo de sus valores (los exámenes de estrés prueban que lo suyo es más adustez que seriedad) y montó su estrategia agresiva de estabilización. El rebrote de la crisis se puede contener de igual modo. Ya se apuntó, en boca de Gordon Gekko, que Europa debería lanzar su propio QE2.
El Parlamento Europeo no dijo algo muy distinto. El BCE anticipa la presión y su voz más dura, la de Axel Weber, que tácitamente acepta la idea, sólo disiente en quién deberá ejecutarla. No el BCE, sí las Tesorerías. Si los 750 mil millones de euros (o algo menos) del Fondo de Estabilización no alcanzan a tranquilizar a los inversores, «habrá que aumentar el Fondo hasta que lo logre». ¿Fácil decirlo, difícil hacerlo? Por eso lo aconsejable es usar la hoja de balance del BCE. ¿Desprolijo? Sí. Pero el BCE no es virgen. Sólo que peca en muy pequeñas cantidades: compró bonos soberanos por 66 mil millones de euros, apenas el 5% de lo que adquirió la Fed antes del QE2. No es casual que Europa no haya empleado a pleno esta herramienta
-como sí la Fed, el Banco de Inglaterra o el Banco de Japón- y sea el único que se desmorona. La prescripción para salir del acoso es simple: comprar bonos españoles y bajar la fiebre; no esterilizar y olvidarse (como también lo hizo la Fed) de los planes de repliegue. La oferta monetaria debe ser elástica y no restringirse, máxime si se piensa en fondear las facilidades de apoyo con emisiones a colocar en los mercados de deuda.


Dejá tu comentario