29 de diciembre 2008 - 00:00

La vanguardia fijó su sede en Rosario

«La ciudad de la alegría», obra ganadora de Marcos López, retoma el grotesco de su serie Pop latino en la que retrata la fatuidad de la década del 90.
«La ciudad de la alegría», obra ganadora de Marcos López, retoma el grotesco de su serie Pop latino en la que retrata la fatuidad de la década del 90.
Rosario - No es un hecho casual que la temporada artística de 2008 comenzara en Rosario, con la muestra antológica dedicada a Liliana Maresca que convocó al público porteño, y que culmine también en esta ciudad. La semana pasada, en el Museo Castagnino se inauguró el LXII Salón Nacional de Rosario que otorgó cuatro premios adquisición; el primero, de la provincia de Santa Fe a Marcos López (15.000 pesos), el segundo de la municipalidad rosarina a Hernán Salamanco (10.000), el tercero de la Secretaría de Cultura y Educación de Rosario a Leonel Luna (7.000), y el cuarto del Fondo Nacional de las Artes a Nicanor Aráoz (3.500).
Las obras premiadas pasaron así a formar parte del patrimonio del Museo Castagnino+macro, dueño del conjunto más completo de arte contemporáneo del país, además de ricas colecciones que van desde la Edad Media hasta los grandes maestros del arte argentino, con especial énfasis en los rosarinos. Las menciones (1000 pesos) fueron otorgadas a Cynthia Kampelmacher, Diego Vergara, Arturo Aguiar y Maximiliano Rossini, y las honoríficas a Agustín Soibelman, Juan Beccar Varela y Verónica Di Toro.
Con la obra ganadora, «La ciudad de la alegría», Marcos López retoma el grotesco de su serie Pop latino. Utiliza una fotografía realizada en los años 90, representativa de la fatuidad de la década; la monta sobre una burda colchoneta y la transforma en un decadente collage. Ahora, el tapado de piel, símbolo del falso glamour, ha cobrado volumen, pero también ha perdido alguno de sus pelos, mientras los inalterables personajes mantienen sus estereotipadas sonrisas de goma. «Es una crónica de lo que ha pasado en el país. Como si fuera un periodismo emocional,» observa López.
La «Catedral» de Hernán Salamanco, pintada con brillante esmalte industrial sobre una enorme chapa metálica, es un paisaje que parece surgido de un cuento. A principios de este siglo, Salamanco descubrió los carteles de la oferta inmobiliaria callejera y sobre ese soporte creó un mundo cargado de resonancias, con mareas de color que arrastran viejos enigmas de la infancia.
En «Riquezas nacionales», Leonel Luna recrea una pintura histórica de Angel Vidal que se encuentra en el Ministerio de Economía nacional, y a través de un complejo trabajo digital reconstruye una escena alegórica y promisoria que resulta utópica mirada desde el presente. Con apenas un tarro de cacao y un estante roto, Nicanor Aráoz pone al espectador en una situación perturbadora, al igual que Diego Vergara con si pequeña pintura «Me has robado el corazón», donde unas inocentes y a la vez perversas nutrias escapadas de una enciclopedia se arrancan, literalmente, el corazón a dentelladas.
Entre las 64 obras que se exhiben, son varias las que podrían aspirar a ganar un premio, como los dibujos sensibles de Kampelmacher, la vista nocturna y misteriosa del «Cementerio de ciervos» de Aguiar, la nítida imagen de un lobby de Beccar Varela, las impecables geometrías de Verónica Di Toro, la desopilante y grotesca bijou para camiones de Daniel Basso, o las pinturas de Soibelman, cuya lectura no se agota ante la primera mirada.
La excelencia de las obras habla a las claras del interés de los artistas -algunos consagrados ya internacionalmente como López- por sumar sus trabajos a las colecciones del Museo, a pesar de que las cifras que mueve el Salón resultan «modestas» si se cotejan con las pensiones vitalicias, o con los montos que invierten algunas empresas privadas.
En primer lugar, los artistas apoyan la política cultural de una institución que, con el claro objetivo de atesorar y además exhibir de modo permanente el arte argentino, sumó los silos Davis a la bella e histórica sede del Castagnino para fundar un Museo de Arte Contemporáneo en las orillas del Paraná. Se trata de un objetivo preciso y hasta básico, en cierto modo, pero que no ha logrado concretar el resto de los museos argentinos, incluyendo los de la poderosa ciudad de Buenos Aires, con su aletargado Museo de Arte Moderno.
En segundo lugar, a la efervescencia creativa que genera el arte contemporáneo y que disfrutan los artistas que llegan a Rosario, se agrega la legitimación institucional del valor de las obras consideradas dignas de ser adquiridas para ingresar a un Museo. Legitimación que, hasta la generación del 80 respalda la colección que exhibe el Museo Nacional de Bellas Artes, y que establecen las adquisiciones del Malba (aunque no se exhiben por falta de espacio), o que se les niega a los artistas jóvenes de Córdoba, cuya contemporaneidad no tiene cabida en el renovado Museo Caraffa.
Se trata de una legitimación que el equipo curatorial del Castagnino+ macro más que imponer, sugiere, al hacer dialogar, por ejemplo, la obra de una vanguardista como Marta Minujín con una pintura de la joven tucumana Rosalba Mirabella.

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