A telón abierto sobre una Boca fantasmagórica, Carlos Gardel canta "Caminito" antes de que se lo oiga a Mascagni; más tarde, el famoso intermezzo orquestal es acompañado, desde la escena, por un bandoneón melancólico, unos pasos de baile, y alguna figura oscura, en las sombras del cafetín, que quizá esté pensando en su propio drama, o en algún penal errado por Cherro o Varela. La banalidad del drama era moneda corriente en el sainete, al que esta versión rinde tributo. En el intermedio entre ópera y ópera, mientras la mayor parte de los abonados al Gran Abono se acalora en el foyer, más unidos por el espanto que por el amor, continúan sonando tangos a la espera de los payasos de Leoncavallo.
Cuando llegan, el Tonio del Prólogo es otro (aunque sea el mismo intérprete): no es un payaso sino un hombre elegante, casi como el abogado Alfieri del "Panorama desde el puente" de Arthur MIller al introducir de indéntica forma el drama, casi como si lo hiciera en el "Pagliacci" de la Boca: "En Sicilia, de donde vienen sus padres, la ley no es una idea agradable desde que los griegos fueron derrotados".
Es natural que para el melómano a quien hasta los morcilleos de Beniamino Gigli en "Vesti la giubba" ("¡Infamia, infamia!") suenan irrespetuosos para con la partitura, esta versión sea poco menos que la bomba de hidrógeno. Además, ni siquiera se está en presencia de las excentricidades o bizarrerías con las que se acostumbra actualizar las óperas de repertorio, sino todo lo contrario: la "little Italy" de Cura es casi la idea platónica de una Boca de postal con sus colores, sus balcones, su iglesia, su ambiente festivo y triste, piadoso y prostibulario. En una palabra, esto es vanguardia con Quinquela Martín y Armando Discépolo. Una provocación doble.
En el imaginario de la cultura norteamericana, es difícil desligar la obertura de "Guillermo Tell" de "El llanero solitario", pero también, desde hace 35 años, escuchar el intermezzo de "Cavalleria" sin pensar en Jake La Motta dando saltos sobre el ring con la cara de Robert de Niro en "El toro salvaje". Cura hizo algo más que ambientar estas óperas en el espacio ítalo-argentino por antonomasia que, después de ver su versión, parecía predestinado desde siempre a recibirlas, sino que puso a la Boca por encima de ellas. Es la Boca la que acoge a las óperas, así como lo hizo con tantos inmigrantes famélicos a fines del siglo XIX, muchos de los cuales, seguramente, las canturrearon en sus conventillos. Son "Cavalleria" y "Pagliacci" las que están dentro de la Boca y no al revés: por eso se cuela el bandoneón, los canillitas y Gardel, y el entierro deTuriddu de "Cavalleria" ocurre ya empezado "Pagliacci". Es, por último, de fácil cuestionamiento en términos académicos, pero difícilmente olvidable.
| Marcelo Zapata |


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