9 de mayo 2012 - 00:00

La venganza de Papandréu

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
Es la venganza de Papandréu. A fines de octubre pasado, el ex primer ministro griego se rebeló contra el ajuste que le dictó Europa cuando pidió someter lo que él mismo acababa de firmar en Bruselas a un importuno referendo. Berlín fulminó la traición en un santiamén. Sin embargo, está visto, no pudo matar el descontento.

Grecia caminó en redondo y ha vuelto a la encrucijada que planteó Papandréu. Es que en una democracia el pueblo decide. Y no se puede desoír la voz de las urnas. Sólo que su mensaje no fue categórico. Todo indica que habrá que celebrar nuevas elecciones el mes próximo. No le resultó posible al partido Nueva Democracia (ND), vencedor en los comicios del domingo con apenas el 18,9% de los votos, lograr los apoyos para constituir Gobierno.

Alta tensión

En ese contexto, el hombre fuerte de la Izquierda Radical, Alexis Tsipras (quien recibió un 16,8% de los sufragios), no desaprovechó la ocasión de ocupar el centro de la escena. Su agenda es abiertamente «antirrescate». Y la repitió en voz alta por si Europa no la había escuchado. Dijo que los griegos habían votado en contra del «salvataje bárbaro» y que, por ende, como consecuencia del resultado de los comicios (sic), son «inválidos» los compromisos asumidos en los acuerdos con la Unión Europea y el FMI.

Se abre así una impasse de alta tensión. Grecia tiene ya su Duhalde y un mosaico importante del electorado al que no le asusta soltar amarras con Europa. Los dos partidos tradicionales -la ND y el Pasok- son los únicos claramente alineados con los términos del rescate y la asistencia internacional. Sumados son un tercio de los votantes (32,1%). Todo lo demás es una paleta variopinta, potencialmente conflictiva, que recogió el guante que lanzó Papandréu y se opone al memorando de octubre de 2011.

A grandes rasgos, dos tercios de los ciudadanos se pronunciaron en contra del memorando. Pero sólo un quinto quiere expresamente abandonar el euro y regresar al dracma. ¿Es posible lo primero -abjurar de las promesas hechas a Europa- y permanecer igual en la eurozona?

Campañas

En noviembre, como fruto del episodio Papandréu, Europa dijo que no. Quizás, se puede admitir, no haya quedado claro. Aunque las campañas de los partidos principales enfatizaron el punto: la pertenencia de Grecia a la unión monetaria dependía de sus cumplimientos, no podía darse por sentada. Un rechazo de los compromisos asumidos -o una falla grave en su ejecución- conduciría no sólo a un default con todas las letras, sino a la eyección de la eurozona (y, tal vez, también de la unión económica). Es verdad que Europa no escribió el procedimiento de la expulsión, nadie sabe cómo se hará, pero no conviene dudar, a esta altura, de su intención.

Una nueva elección permitirá en un mes ir al grano: no habrá dudas sobre lo que está en juego. La Izquierda Radical agitará su agenda sin tapujos.

Hablará de nacionalizar la banca y desconocer la deuda «odiosa», incluyendo el pagadiós al FMI y a la Unión Europea. Si lo que se pretende es aliviar las condiciones del ajuste y negociar, pero no defenestrar todo lo firmado, la ND y el Pasok levantarán la puntería lo necesario como para abortar el estallido. Pero si de veras se quiere saltar al abismo -y esto no es improbable cuando la población se sofoca en los quintos infiernos-, no habrá manera de impedirlo. Y ahí se sabrá si Grecia cuenta. O ya no.

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