25 de agosto 2009 - 00:00

La villa progre ya no es lo que era

Edgartown, Marthas Vineyard - La última vez que un policía de Marthas Vineyard utilizó su arma reglamentaria en acto de servicio fue hace un año, cuando un agente disparó a un pavo salvaje que se había mostrado agresivo. La anécdota, evocada el sábado por Financial Times, explica cómo es la isla a la que el domingo llegó la familia Obama para pasar una semana de vacaciones.

Como contraste, The Wa-shington Post recordaba el mismo día que, en lo que va del mes, más estadounidenses resultaron muertos o heridos en actos violentos en la ciudad de Washington que en Irak.

Así que Marthas Vineyard es un paraíso para intelectuales y políticos progres, empezando por la matriarca de los Kennedy, Jacqueline Onassis, que hasta su muerte veraneó en la isla. Y lleva siéndolo, literalmente, desde antes de que naciera EE.UU., ya que John Adams -el segundo presidente- estuvo de vacaciones en 1760, cuando aún quedaban 21 años para que el país naciera.

Cuando los republicanos eran los progresistas en EE.UU., venían aquí de vacaciones. Ahora que los demócratas asumieron ese papel, es su turno. Y los lugareños amoldaron sus puntos de vista a la nueva realidad. En 1972, Nixon arrasó en la isla. En noviembre pasado, Obama consiguió el 75% de los votos.

Limitación

Ahora bien, el prestigio no sirve para comer. Y el paraíso de Marthas Vineyard parece limitado a los 60.000 visitantes estivales de la isla. Para las 15.000 personas que viven permanentemente, éste es un paraíso muy duro.

Así que la gran pregunta que se hacen los habitantes de esta isla en la que Steven Spielberg rodó «Tiburón», es: «¿Va a servir la visita de Obama de algo?». Pregunta lógica. La temporada turística fue patética: se sumó el mal tiempo (en junio hubo 25 días de lluvia), la crisis económica y, encima, el huracán Bill, que cerró las playas este fin de semana.

Las fuerzas vivas de Marthas Vineyard parecen ver a Obama más como agente inmobiliario de la isla que como presidente. «Esperemos que venga alguien aparte de los periodistas», comenta a Nancy Gardella, la presidenta de la Cámara de Comercio local. Ésta insiste en que la situación es relativamente buena.

«Los precios de la vivienda cayeron de forma significativa, pero no devastadora», explica Gardella. Pero la realidad es mucho más compleja. Efectivamente, el valor de la vivienda descendió un 12% en el último año, una cifra pequeña cuando se la compara con el desplome del 50% de, por ejemplo, Las Vegas.

Sin embargo, la economía de Marthas Vineyard no puede permitirse muchos lujos: en verano, falta mano de obra; en invierno, a pesar de que una parte de los residentes se van a la vecina Boston, e incluso a Florida y Bahamas, la tasa de desempleo se dispara hasta el 12%.

La crisis es palpable. Estamos en la semana grande de Marthas Vineyard. El sábado fueron las fiestas locales, con exhibición de fuegos artificiales. El jueves empieza la feria de la Agricultura, que es el acontecimiento más importante del año para la economía local. El domingo llegaron los Obama. Y, aún así, todavía quedan habitaciones libres en los hoteles. Acaso el efecto de la visita del presidente de EE.UU. sea a largo plazo.

Realidad dura

Es lo que sucedió con Bill Clinton, que pasó en esta isla las vacaciones en cuatro de sus ocho años en la Presidencia. «Sus visitas hicieron que se vendieran casas a gente que quería una segunda residencia donde había estado el presidente», explica en una conversación telefónica Nelson Sigelman, director del diario local Marthas Vineyard Times.

Por debajo de su cáscara de glamour, de estrellas de Hollywood y de presidentes -nada menos que nueve de los 43 jefes de Estado que tuvo EE.UU. fueron allí de vacaciones-, Marthas Vineyard esconde una realidad dura. La crisis, incluso, aumentó las tensiones sociales en un lugar donde alrededor de un 25% de la población son inmigrantes brasileños, muchos de ellos ilegales.

Es la verdadera cara de una isla con una cultura cerrada, en la que los lugareños, cuando toman el ferry para ir al continente, hablan de «ir a América», y en la que los veranos gloriosos sólo sirven para acumular ahorros para sobrevivir los nueve meses de invierno en los que ni los presidentes ni los actores de Hollywood hacen acto de presencia.

Es exactamente la misma situación que se describe en el libro y la película «Tiburón», en donde las autoridades de la ficticia isla de Amity en la que se desarrolla la acción tratan de ocultar las muertes causadas por el escualo para evitar arruinar la temporada turística. «Tiburón» no se inspira en Marthas Vineyard, sino en los Hamptons. Pero da la sensación de que la situación es la misma en los dos sitios. Para los Obama, Marthas Vineyard puede ser un paraíso comparado con Washington. Para sus habitantes es un paraíso en crisis.

Dejá tu comentario