Río de Janeiro - Cuando los tiroteos entre policías y narcotraficantes cesan en las favelas de Rio de Janeiro, comienza el duelo por otras víctimas de esta guerra urbana, a menudo niños como Maria Eduarda, alcanzada por una ráfaga de "balas perdidas" dentro de su escuela.
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Los enfrentamientos estallan súbitamente y nadie está a salvo de los disparos de fusiles Kalashnikov o de otras potentes armas que dejan sembradas de cartuchos a estas barriadas pobres, intrincadas y densamente pobladas. La investigación "Balas perdidas, vidas rotas por la violencia en Rio" de la agencia AFP muestra cómo esas balas que se "pierden" se convirtieron en un símbolo que agrega crueldad a una gigantesca crisis de seguridad de la ciudad que el año pasado recibió los Juegos Olímpicos.
Maria Eduarda Alves, de 13 años, era una alumna dedicada, fanática de basquet. En una ciudad dura, se esforzaba por hacer sus cosas bien y lo conseguía. Pero el 30 de marzo todo se derrumbó, cuando la policía abrió fuego contra supuestos traficantes de drogas y una ráfaga pasó a través de una reja de su colegio.
En el patio de la escuela, Maria Eduarda, que había ido a buscar agua durante su clase de gimnasia, ya estaba muerta. "La besé, la besé, estaba calentita. La besé, la besé, había mucha sangre...fueron dos tiros en la cabecita", contó su madre, Rosilene Alves Ferreira, de 53 años, al recordar el momento en que llegó al lugar.
No existen registros oficiales de heridos o fallecidos por balas perdidas, pero los reportes alternativos son explícitos. El diario O Globo contó 632 casos en la primera mitad de este año en el Estado de Rio, con 67 muertes.
La ONG Rio de Paz lleva desde 2007 un cuidadoso registro de los menores golpeados por este impiadoso capítulo de la guerra contra los narcos. En poco más de una década fueron asesinados 42, contando bebés y niños. Algunos murieron dentro del auto familiar, otros jugando al fútbol o mientras dormían.
Antonio Carlos Costa, fundador de Rio de Paz, afirma que la combinación de áreas densamente pobladas, armamento con alto poder de fuego y disputas entre bandas por el control del tráfico forman un cóctel letal. Pero Costa reserva sus críticas más ácidas para la policía que, según sostiene, considera a los barrios como zonas de guerra. "Las operaciones policiales siguen la lógica de la muerte, la lógica de disparar primero y preguntar después", dijo.
Las autoridades responden que los narcotraficantes dominan barrios completos a punta de pistola. Y tienen razones para creer que están en una guerra: 126 policías fueron asesinados en Rio de Janeiro este año, hasta el lunes pasado. Gran parte de ellos fuera de servicio, al ser identificados como agentes durante robos, según las versiones oficiales. Mientras ese debate continúa, las víctimas accidentales como Maria Eduarda siguen tan vulnerables como siempre.
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