- ámbito
- Edición Impresa
Las estampas celestiales de Rosthschild menos profanas
«Felices los que creen sin haber visto», la nueva muestra del artista radicado en Alemania, abre un territorio inconmensurable para la interpretación, tan extenso como los sueños del hombre sobre el más allá.
Durante años el artista investigó con humor crítico y con el cinismo característico de los tiempos actuales, las múltiples resonancias de la palabra «Paraíso»; desde las espirituales hasta las que provienen de lugares turísticos o de productos comerciales que, bajo ese término, prometen «algo», alguna cuestión que sobrepase su concreta y pedestre materialidad. La búsqueda del sentido de la existencia es una presencia subrepticia pero constante en casi toda su producción. Y vale la pena recordar la anterior muestra de Rosthschild: sus bellas pinturas con cielos borrascosos y las batallas estelares que allí libraban los precios -siempre oscilantes- de las cosas más banales.
Ahora, el eterno afán de superar la condición humana-patético en ocasiones- y la ambición de lograr que Dios hable, se manifieste de algún modo, son los temas centrales de la exposición. Detrás subyace el dolor. En el texto del catálogo, María Barbetta sugiere que el artista ha leído a los románticos, y es evidente que ha encontrado la poética de las ruinas, el misticismo estético y, además, esa súplica de un salmo que dice: «Respóndeme, Señor, [.] me adelanto a la aurora pidiendo auxilio, esperando tus palabras». Por lo general, Rosthschild le dedica al mundo en que vivimos una mirada irónica, pero en esta muestra resulta esencialmente poética, sin dejar de ser burlona.
Luego de elegir para vivir el rigor de la ciudad de Berlín de hace 20 años, porque como él mismo confesó, buscaba un lugar que le «rompiera la cabeza», es decir, que le permitiera salirse de cualquier esquema, sus obras revelan la herencia del romanticismo alemán. Claro, con las diferencias que los tiempos imponen, aún sobrevive de ese movimiento la concepción del artista que observa el acontecer desde lo alto, que es capaz de mantenerse en pié ante «la nada de la noche», según el verso de Hölderling. El poeta habla de un tiempo donde «se torna plena la labor del artista, cuando ya no se encuentran los dioses desaparecidos y todavía no hay ninguno por venir».
Lo cierto es que Rosthschild parece parodiar esta desoladora contingencia, al evocar y convocar un mundo que ya se ha ido y otro que se está yendo. Hay unos rayos de luz que cruzan oblicuos la sala de exposiciones y atraviesan el cuerpo de Cristo que asciende a los cielos. Gran parte de las imágenes son tan trágicas como risueñas, como la lluvia de sorbetes que cae sobre un paisaje melancólico, o la tormenta de carnavalesco papel picado que se cierne sobre una oscura cúpula que recuerda la catedral de Berlín.
El romanticismo está presente en la seducción que ejerce el arte antiguo, en las formas ojivales de las catedrales góticas y en la clave sombría que le brinda el artista a esa arquitectura del hombre que aspiraba a llegar al cielo. Los rosetones y los vidrios están calados en la superficie negra, pero de la vivacidad transparente de la arquitectura gótica y del color incomparable potenciado por la luz, sólo ha quedado algún rastro: el «confetti», los recortecitos de papel que aparecen caídos en la base del cuadro, como una broma. Hay otras obras, no obstante, donde surgen radiantes los colores desde cada uno de los vidrios, con la forma de brillantes serpentinas que llegan hasta el suelo. El cromatismo luminoso de estas madejas es una fiesta. La luz, crea contrastes y a la vez subraya la oscuridad reinante en casi toda la muestra.
Montadas en cajas, las fotografías de las rejillas utilizadas en los confesionarios de Roma, cada una con su tamaño original, su diseño ornamental y sus perforaciones, se convirtieron por obra y gracia del artista en juguetes que manipulan los espectadores para embocar unas bolillas. Sobre el color del metal, se percibe la huella que el aliento de la humanidad cristiana dejó allí después de siglos. La naturaleza azarosa del juego no hace otra cosa más que aumentar la sensación de intimidad que genera la visión de esas rejillas atravesadas por los susurros y los secretos. La obra se llama «Absolución».
Por lo demás, en este despliegue de estampas más o menos pregnantes, hay un cielo negro plagado de estrellas. Pero no es lo que parece, basta acercarse y ver el título: «Los silencios de Sor Juana». Miles de brillantes alfileres de diversas dimensiones, clavados sobre la superficie del cuadro, configuran las constelaciones. La obra, en el campo de las indagaciones teológicas de Rosthschild, expresa el grado máximo del dolor, se acerca a lo sublime a través del tormento físico.
La contemporaneidad de las imágenes está dada por sus cualidades cinematográficas, no en vano el artista filmó telenovelas y realizó una deliciosa muestra de «flip book» o cine de pulgar. Para su obra «Los pájaros», Rosthschild utiliza un still del film de Hitchcock, allí clava las imágenes del Espíritu Santo tomadas de las pinturas de El Grecco, Verrocchi, Rubens, Perugino; a simple vista parecen pájaros.
En suma, la exposición se torna inagotable, abre un territorio inconmensurable para la interpretación, tan extenso como los sueños de los hombres sobre el más allá.


Dejá tu comentario