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Las ideas y los gestos en la obra de De Sagastizábal
Más allá del fenómeno óptico que producen pinturas como ésta («Celosía»), las obras de Tulio de Sagastizábal se perciben como indagaciones de un artista que quiere llegar al verdadero «corazón» del arte abstracto.
De Sagastizábal arrastra de su Misiones natal una actitud indolente frente al mundo cuya filiación puede rastrearse en el dandismo de fines de siglo XIX y principios del XX. De acuerdo a las palabras del artista, la actitud bien puede interpretarse, «como la versión culta o sofisticada de la pereza del nativo perezoso». En un lugar social que se aleja del «nativo», algunos artistas e intelectuales, Baudelaire, entre ellos, habían adoptado cierta languidez como forma de resistencia al mundo utilitario y eficiente que imponía «el progreso». En los años 90 y en Buenos Aires, De Sagastizábal y un grupo de artistas asociaron esa «indolencia» a su propio desencanto. «Esa languidez o indolencia no es un acto ordinario de indiferencia, al contrario se supone un acto lúcido y provocador, crítico si se quiere, descreído siempre, del paradigma de la sociedad eficaz y pragmática», sostenía entonces el artista. «En la indolencia hay siempre un elogio secreto al dulce placer del desorden», confesaría.
Vale la pena recuperar el pensamiento y el contexto del artista por una doble razón. En primer lugar porque ocupa un lugar muy importante como docente y ha contribuido a formar a las nuevas generaciones; en segundo lugar, porque esa mirada retrospectiva que decidió echar a sus obras, descubre la relación que es posible establecer entre esa modalidad «indolente» pero terca y las búsquedas que emprendió hace más de una década. Su deseo, es: «reafirmar, para mí mismo, en particular, una supuesta constante de mi producción en la propia lectura de los mecanismos de trabajo: que no hay ninguna predilección por figuras particulares de la narración visual, sino que todo el esfuerzo y el placer están puestos en el entusiasmo que provoca el gesto de pintar».
De Sagastizábal pinta con un gesto deliberadamente imperfecto que le proporciona un sentido abiertamente autorreferencial a las obras, y que se percibe como la respiración del artista, como algo orgánico que habita en los cuadros. «Al confrontar algunos de esos recorridos realizados en estos años previos, vuelvo a presentir el fantasma de un anuncio clarividente que no termina de producirse. Querer saber hacia dónde vamos, querer tener una certeza definitiva de nuestros aciertos y aproximaciones es como querer reconocer el final del camino antes de haberlo recorrido. Tal vez entonces sólo se trate de estar más atentos a los que susurran nuestras propias imágenes, que con tanto descuido parecen poder entregarse a una felicidad que nos es renuente en el día a día».
Hay una pintura donde la trama se superpone a otra trama y a la vez a otras redes similares de colores diversos, esas sinuosas líneas dibujan un tejido complejo, intrincado, que se contrapone a la diáfana claridad de obras como «Polifemo I».
En suma, se trata de una exposición que acerca al espectador al quehacer de la pintura, a esa acción donde se conjugan las ideas y los gestos.


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