16 de marzo 2009 - 00:00

“Las medidas anticrisis en la Argentina son anti-Keynes”

«A diferencia de la crisis de 1930, ahora se inyectó dinero desde el principio. Pero en la situación actual todavía no se sabe cuánto valen los activos de los bancos», sostuvo Roberto Cortés Conde.
«A diferencia de la crisis de 1930, ahora se inyectó dinero desde el principio. Pero en la situación actual todavía no se sabe cuánto valen los activos de los bancos», sostuvo Roberto Cortés Conde.
Para el historiador especializado en economía Roberto Cortés Conde, la crisis actual durará mientras no se sepa cuánto valen los activos de los bancos. Según explicó en la entrevista con este diario, a diferencia de la crisis del 30, ahora el Gobierno norteamericano (luego de haber estudiado lo que ocurrió en el pasado) pensó que inyectando fondos al sistema desde el principio iba a ser suficiente. Sin embargo, indicó que «se encontraron con que la demanda de dinero crecía más que la oferta. Entonces el problema es hasta qué punto inyectar liquidez. En ningún libro de texto se puede cuantificar el monto».
Después de hacer un repaso de la situación económica en la década del 30 y compararla con la actual, concluyó: «Lo que acentúa la depresión (e hizo que fuera tan larga en los años 30) es el proteccionismo».
En su oficina en la Universidad de San Andrés, sostuvo que las medidas puestas en práctica en la Argentina para morigerar los efectos de la crisis «son irrelevantes». En ese sentido, afirmó: «Hay una gran confusión: si se dice que se va a poner en práctica una política keynesiana, hay que gastar más. Pero acá lo hacen sobre la base de impuestos, de retenciones sobre el sector agropecuario, que están parando todo. Eso es anti-Keynes».
Periodista: Con el recrudecimiento de la crisis, todos los países van virando hacia medidas más proteccionistas. ¿Qué opina al respecto?
Roberto Cortés Conde: Es muy malo. Precisamente lo que hizo en 1930 que se pasara de la recesión a la depresión fue que el Congreso norteamericano votó una ley proteccionista que subió las tarifas de importación en Estados Unidos. Esa norma desató una reacción en cadena en los países europeos, que empezaron a hacer lo mismo. Entonces se comenzó a hacer una bola de nieve. Es así que durante los 30 hubo devaluaciones competitivas: todo el mundo devaluaba para intentar exportar más e importar menos.
P.: ¿Pero no es lógico que se intente proteger la producción local?
R.C.C.: Lo que puede ser racional para uno puede ser irracional para el conjunto. Eso implica un problema típico de acción colectiva: si lo hace uno, se beneficia, pero cuando lo hacen todos, se perjudican. Lo que acentuó la depresión e hizo que fuera tan larga en los años 30 fue el proteccionismo. La situación fue tan seria que los países en Bretton Woods, con John Maynard Keynes, que representaba a Inglaterra, llegaron a la conclusión de que había que evitar las devaluaciones competitivas. El origen del FMI, que no es tan conspirativo, era ése, el de evitar las devaluaciones, para impedir que se hicieran en cadena.
P.: ¿En qué se diferencia la crisis actual de la de la década del 30?
R.C.C.: En aquel momento, recién en 1933 inyectan fondos al mercado. Pero ahora ya se inyectó dinero, desde el principio. Los activos de la Reserva Federal se duplicaron. La deuda norteamericana aumentó muchísimo aunque todavía no provoca una reacción. Lo que ocurre es que la gente es prudente: como no sabe qué va a pasar, ahorra. En cambio, en 1933 se les cambian las expectativas a las empresas acerca de las ganancias y a los particulares sobre el empleo.
P.: ¿Cree que ahora las políticas no están bien orientadas?
R.C.C.: Las medidas están bien. Tanto Bernanke como Christina Romer, que es hoy la principal asesora económica de Barack Obama, estudiaron sobre la crisis del 30. Pero ésta en algún modo es distinta. Es muy parecida, pero hay interrogantes que todavía no están resueltos.
P.: ¿Como cuáles?
R.C.C.: Que no sabemos cuánto valen los activos de los bancos. En el fondo, se trata de un cambio de expectativas, que no es fácil de modificar.
P.: Y en los 30, ¿cómo se logró ese cambio?
R.C.C.: Fue cuando salieron del patrón oro e inyectaron fondos. Ahora, como pensaron que no se podía caer en esos errores, metieron cualquier cantidad de dinero, pero se encontraron que la demanda de éste, por precaución y para afrontar pérdidas, crecía más que la oferta. Entonces el problema es hasta qué punto inyectar liquidez. En ningún libro de texto se puede cuantificar el monto.
P.: ¿Qué originó la situación actual?
R.C.C.: Lo que llevó a esta crisis fue China. Fue por el crecimiento importantísimo que tuvo, sumado a la globalización, que hizo que millones de personas entraran al mercado. Los chinos generaron un superávit enorme de cuenta corriente e invirtieron en bonos del Tesoro norteamericano. Se dio un gran desequilibrio internacional que en algún momento tenía que explotar. A esto se sumaron las bajas tasas de la Reserva Federal.
P.: ¿Cuánto puede durar esta crisis?
R.C.C.: Es difícil decir. En la década del 30, Estados Unidos empezó a recuperarse en el 33, Francia después del 36, Inglaterra en el 31. Lo que es demasiado optimista en esta oportunidad por parte de todos los actores es pensar que como en los 30 se habían equivocado porque habían sido muy rígidos con el patrón oro, y que como ahora hacen todo lo contrario, la salida será más rápida. Pero se trata de mucho más que cambiar ese punto. En 1933 ya habían quebrado más de una cuarta parte de los bancos. Entonces la gente estaba más convencida de que los que quedaban eran buenos. Y hoy, quién sabe cuáles son los bancos buenos. Esta crisis va a durar mientras no se sanee bien la información sobre la situación de los activos, es decir, qué valen realmente los bancos. Y mientras eso dure, se contagia la incertidumbre a otras áreas. Hay contracción monetaria por la necesidad de guardar para ahorrar.
P.: ¿Puede gestarse un nuevo Bretton Woods en la reunión del G-20 en Londres?
R.C.C.: El economista Barry Eichengreen escribió sobre el patrón oro e insistió sobre la necesidad de cooperación internacional. No es simple. Pero cuando continúa la crisis, se llega a una convención de que es necesaria la acción colectiva. O si no es como una tragedia griega: todo el mundo sabe que es mejor lo otro, pero sigue haciendo lo contrario.
P.: ¿Qué opina de las medidas adoptadas en la Argentina para morigerar los efectos de la crisis?
R.C.C.: Son irrelevantes. Hay una gran confusión: si se dice que se va a poner en práctica una política keynesiana, hay que gastar más, no con más impuestos, sino emitiendo dinero con deuda de manera de aumentar el ingreso disponible. Pero acá gastan sobre la base de impuestos, de retenciones sobre el sector agropecuario, que están parando todo. Eso es anti-Keynes. Además, respecto de los programas que hacen con el dinero de la ANSES, en verdad esos fondos ya estaban en el sistema. Era otro el administrador, pero no se agrega más ingreso disponible, ya estaba. Es un keynesianismo al revés. El Gobierno, con las propias políticas como la intervención en el INDEC y con la estatización de los fondos de las AFJP provocó una sensibilidad local que si se devalúa como lo hicieron Chile o Brasil o si emite mucho, se provoca una corrida hacia el dólar.
P.: Pero hoy no es posible endeudarse con nadie...
R.C.C.: A nosotros se nos cerró ese camino antes. Las políticas keynesianas son de endeudamiento. En situaciones de crisis no hay que vacilar en endeudarse y emitir; en los otros momentos, de expansión, hay que hacer lo contrario, ahorrar para pagar la deuda. Pero acá se hizo exactamente al revés: gastamos como locos cuando tendríamos que haber guardado para el invierno y ahora no tenemos nada.
Entrevista de María Iglesia

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