21 de octubre 2011 - 08:10

Las tres cartas para ganar el domingo en una sola mano

Las tres cartas para ganar el domingo en una sola mano
Todas las consignas electorales para las elecciones del domingo han mortificado al público con el lema de que aspiran a cambiar la vida de los argentinos, pero ese mismo público va a las urnas habiendo adelantado que el cambio no figura entre sus expectativas. La seguridad del oficialismo y de la oposición de que el resultado respaldará un nuevo mandato de Cristina de Kirchner es el primer dato pertinente de estos comicios. En toda elección, la opción primaria del electorado es cambio o continuidad. Los votantes que se manifestaron a lo largo de 2011 en trece elecciones provinciales hicieron ganar, de manera unánime, a los oficialismos, cualquiera fuera el signo partidario.
Lo mismo manifestó el resultado de las primarias de esa megaencuesta, un virtual censo de la intención de voto para el domingo en el orden nacional. En esas elecciones de distrito, además, la suerte del kirchnerismo no fue la mejor, salvo cuando representó al oficialismo local. Tampoco en esas elecciones tuvieron resultados destacados los candidatos que se referenciaban en los presidenciales que ofrecían una ruptura, o un cambio radical respecto del oficialismo nacional. Por eso les fue mejor en esos comicios provinciales a los representantes de Hermes Binner y Ricardo Alfonsín -que han eludido confrontaciones violentas con Cristina de Kirchner, y les fue peor a los delegados de los rupturistas Eduardo Duhalde, Alberto Rodríguez Saá, Elisa Carrió, Fernando Solanas o Jorge Altamira.
En este round del domingo seguramente Cristina de Kirchner terminará expresando ese «mood» de continuidad que le da a las elecciones la previsibilidad del resultado, lo mismo que suele verse en sufragios en otros países, en los que el resultado cantado semanas antes de las urnas es un hábito. El saldo del 14 de agosto le ha quitado el nervio a la campaña y la ansiedad a los candidatos, que por una vez en la vida se mueven tranquilos sabiendo qué va a pasar. En su momento habrá un análisis del marketing electoral, algo que nunca cambia un resultado cuando la sociedad ya optó antes en movimientos tectónicos que es difícil que sean afectados por la artillería de los spots televisivos o los alaridos que se escuchan en escenarios y caravanas.
Se entenderá entonces por qué el oficialismo evitó arriesgarse en grandes actos o movilizaciones que asustan al votante moderado, que decide las elecciones, y pudieron afectar el cumplimiento de la profecía de la megaencuesta de agosto. O si podían cambiar su destino los opositores que hicieron campaña admitiendo lo que un candidato nunca debe hacer, que es reconocer que va a perder. Son detalles sobre ese barniz que le da a la vida cívica el marketing que sirve más a los bolsillos de publicistas y campañólogos y afecta poco el rumbo que una sociedad ya decidió.
Este primer factor de la opción de la mayoría por la continuidad tiene complemento en dos más. Uno es cómo favorece a una opción electoral que el partido y sus candidatos tengan dominio territorial. En la Argentina de la última década, el peronismo ha llegado a dominar todas las provincias solo o con alianzas transversales, salvo Santa Fe, Capital Federal, San Luis y Corrientes. Ese factor es mérito de la estrategia política, pero también consecuencia de la crisis institucional del país, que ha debido reconstruirse desde el aplastamiento que produjeron los hechos de 2001, la emergencia de los seis presidentes provisorios, y el acceso de Néstor Kirchner a la presidencia en 2003 después de perder la elección en las urnas.
La salida de esa crisis consolidó el poder territorial del peronismo, que en 2011 enfrenta a una oposición que domina sólo cuatro territorios y cuyos dirigentes tienen como ámbito de actuación los programas de televisión. Eso plantea una pelea entre gobernantes de comarcas con legislaturas propias, rentas, presupuestos y la infinidad de herramientas que eso habilita en el momento de hacer política. Enfrente, dirigentes con actuación televisiva, que cuando gobiernan sus distritos no pueden exhibir más que logros locales que afectan a sus habitantes y de los que no tienen experiencia la mayoría de los ciudadanos. Es un error creer que esto lo provocó el peronismo; lo produjo la crisis de la cual ese partido ha sido parte. Su mérito es saber usarlo en el momento de ir a las elecciones con su principal socio, que es la Presidente que busca la reelección.
El tercer factor es estrictamente político y es la tercera pata de una chance que ayuda a ganar: el liderazgo. En este punto el peronismo -que gobierna la Argentina con los Kirchner a la cabeza, y no al revés- ha logrado sindicar su fuerza en la candidata a la reelección. Ha controlado al peronismo pejotista, ha contenido a los transversales que amenazaron con dispersarse a la muerte de Néstor Kirchner, y ha licuado lo que fue en su momento una fuerza emergente -y ganadora en 2009 en Buenos Aires- como el peronismo disidente o federal. Es cierto que Cristina de Kirchner vive aún el aprendizaje en el manejo del peronismo, por lo menos para evitar que en el futuro se le repitan crisis que resintieron su poder y que a anteriores jefes partidarios, como Néstor Kirchner o Carlos Menem, nunca hubieran podido ocurrirles. Le pasó en Córdoba con José Manuel de la Sota, en Salta con Juan Manuel Urtubey y en La Pampa con Carlos Verna, que jugaron la propia en el peronismo de sus provincias ignorando los dictámenes de Olivos.
Pero aun así el liderazgo partidario de Cristina de Kirchner es notable si se lo compara con el de cualquiera de sus adversarios del domingo. Hermes Binner va a las urnas con demanda de divorcio de sus socios radicales en Santa Fe, Ricardo Alfonsín lo hace agraviado por el propio presidente del Comité Nacional de la UCR, Ernesto Sanz, quien recordó que representa sólo a un sector del partido. Lo mismo le ocurre a Elisa Carrió, dedicada a desarmar «la cama» (como suele decir cuando describe que ella arma la cama y la desarma cuando es oportuno) y a ignorar migraciones de sus dirigentes a otros partidos. Alberto Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde caminaron juntos unas cuadras y terminaron descalificándose entre sí. En la Argentina de la crisis, la política ha regresado al caudillismo, aunque la letra de todos los intentos de reforma prometa -sin cumplir- el final del tribalismo. La vigencia de ese caudillismo convierte al liderazgo en un factor central en los hechos públicos, y en eso también Cristina de Kirchner domina por sobre los demás, y completa, con la representación de la continuidad y el dominio territorial, la tríada que le asegura un nuevo mandato.

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