25 de noviembre 2009 - 00:00

Las visiones de una pionera

Rafael Felipe Oteriño durante la presentación de «Fredi Guthmann», mentor y maestro de Julio Cortázar y definido como «un gran autor surrealista desconocido». Al centro, la portada del libro. Debajo, tradicional imagen de Victoria Ocampo, cuyas cartas de posguerra acaban de ser editadas por la renacida editorial «Sur» que ella fundó.
Rafael Felipe Oteriño durante la presentación de «Fredi Guthmann», mentor y maestro de Julio Cortázar y definido como «un gran autor surrealista desconocido». Al centro, la portada del libro. Debajo, tradicional imagen de Victoria Ocampo, cuyas cartas de posguerra acaban de ser editadas por la renacida editorial «Sur» que ella fundó.
Reaparece la «Editorial Sur», que contribuyó, durante tantos años a difundir la universalidad de la cultura e implantarla creativamente en nuestro suelo americano. Contra los predicadores de un supuesto nuevo canon por ahora anémico y sin valor rescatable, esta presencia revela una continuidad genuina que suele manifestarse esporádicamente en algunos géneros como la historia, la biografía o el ensayo.

Custodiada en su caja celeste del archivo de la fundación «Sur», estas cartas familiares y espontáneas, dirigidas a sus hermanas Angélica y Pancha corresponden al viaje que Victoria realizó a Nueva York, Londres, París, entre marzo y diciembre de 1946, invitada por el Consejo Británico de Relaciones Culturales. En la primera etapa viajó con sus amigos María Rosa y Samuel Oliver. Al llegar a Estados Unidos, ella se separó para visitar en Washington a su amiga Gabriela Mistral, y recaló durante dos meses en Nueva York donde, testigo invalorable de su tiempo, como siempre lo había sido, asistió a las primeras sesiones de la Asamblea de las Naciones Unidas. Enérgica y original observadora, dejó un valioso testimonios de aquellos días de reconstrucción.

De allí pasó a Londres, donde reencontró amigos y registró impresiones familiares, juicios sobre gentes, costumbres y a veces, incomodidades pintorescas que iba superando con esa experiencia suya de viajera indomable. Londres estaba recomponiéndose con su energía heroica de una guerra que la había vulnerado en su propio territorio. Pero Victoria Ocampo supo encontrar lo que buscaba del pasado y conocer a los nuevos escritores. Invitó a Buenos Aires a figuras destacadas y fue recogiendo textos que nutrirían el inolvidable número de su revista dedicado a las letras inglesas.

Sin embargo, lo más entrañable fue recorrer los «lugares» de su admirado T. E. Lawrence, conocer a su familia e intimar con sus hermanos. Dio conferencias en Oxford y Cambridge y acuñó con trazos penetrantes a todo tipo de gentes. Del viaje a Francia recogió homenajes de intelectuales que ya eran sus amigos y cosechó colaboraciones para un número de «Sur» sobre Letras francesas.

Testigo de los grandes momentos, asistió al nacimiento de la UNESCO y capto en retratos certeros el desarrollo de los juicios de Nuremberg sobre los crímenes del nazismo. En la cumbre de su edad y de su madurez humana e intelectual, en ella fueron decantando preguntas y experiencias de singular profundidad. Previó la decadencia de Europa, y en especial de Francia. Y la energía y la poderosa fuerza que surgía en los Estados Unidos. Se hizo preguntas lacerantes sobre el porvenir de la democracia en el mundo y buceó respuestas en la voz de escritores que no había frecuentado especialmente como Bernanos y Mauriac. Es lícito especular sobre sus inquietudes espirituales nuevas, apenas insinuadas en aquellos días.

La etapa neoyorquina la encontró cansada pero reprochándose su pereza. Sin embargo tuvo tiempo para gozar del teatro, de la moda, y paladear nuevos descubrimientos como los de Frank Sinatra y Laurence Olivier.

Allí también sufrió una desazón inesperada. Supo de la publicación de una nueva revista, «Realidad», encabezada por Francisco Ayala y a la cual se había incorporado el comité editorial de «Sur» y otros escritores como Carmen Gándara. Como nunca antes, encontramos a una nueva Victoria Ocampo, desconcertada, dudosa y algo melancólica. El futuro aclararía el horizonte: «Realidad» se concentró en ser una excelente «revista de ideas» durante 18 números, y «Sur siguió su rombo de nave capitana durante cuarenta años.

Quien lea estas cartas familiares, escritas casi siempre en francés, al correr de la pluma, completará su conocimiento de una escritora excepcional y de su época, de una empresa intelectual y espiritual de arrogancia criolla, a la que entregó su vida y su fortuna.

«Cartas de posguerra», de Victoria Ocampo («Sur», Buenos Aires:Sur, 2009. 497 págs. Prólogo, traducción y notas de Eduardo Paz Leston).

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