17 de octubre 2011 - 00:00

Laura Pollán murió como vivió, sin privilegios, en el “hospital del pueblo”

Laura Pollán, esposa de Héctor Maseda, dirigió las Damas de Blanco, las emblemáticas mujeres que resistieron al régimen. En esta imagen, al ser arrestada el 17 de marzo de 2010.
Laura Pollán, esposa de Héctor Maseda, dirigió las Damas de Blanco, las emblemáticas mujeres que resistieron al régimen. En esta imagen, al ser arrestada el 17 de marzo de 2010.
La Habana - Hace ocho años Laura Pollán era una maestra de escuela que vivía junto a su esposo Héctor Maseda, quien dirigía el ilegalizado Partido Liberal cubano. A pesar de los sobresaltos de habitar un país donde está penalizada la asociación, la familia intentaba mantener la normalidad en su pequeña casa de la calle Neptuno. Pero una madrugada, varios golpes severos en la puerta les anunciaron que algo iba a cambiar irremediablemente en sus vidas.

Después de un exhaustivo registro, Maseda fue encarcelado y condenado a 20 años de prisión, acusado de atentar contra la seguridad nacional. Su delito: pensar una Cuba diferente, oponerse políticamente a las autoridades y colocar por escrito sus opiniones.

Un total de 75 opositores fueron procesados en aquel marzo triste de 2003 que quedó para siempre en nuestra historia nacional como la Primavera Negra.

La lógica machista indicaba que las mujeres de esos disidentes arrestados se quedarían en casa llorando su dolor, mientras los maridos purgaban largas penas en cárceles bien distantes de sus provincias de origen. El Gobierno cubano contaba con que el golpe asestado a la oposición iba a persuadir a otros ciudadanos inquietos de sumarse a las filas de los contestatarios. Creía también que aquellas esposas, madres e hijas se callarían la protesta a la espera de que el silencio ayudaría más a sus seres queridos que la denuncia pública del horror. Pero como todo cálculo político hecho desde la altanería del poder, le salió mal.

Así nacieron las Damas de Blanco, un grupo de féminas que desde la lucha pacífica demandaban la liberación de todos los presos de conciencia. Al principio parecía un movimiento diminuto, inconexo, dada la distancia en kilómetros que separaba a una mujer de otra. Pero la indignación funcionó como un elemento aglutinador y de crecimiento para este movimiento que vestía de blanco y portaba gladiolos en sus manos. Dentro de ellas una voz se destacaba, una diminuta mujer de ojos claros que enseñaba español y literatura en un aula de adolescentes. Laura Pollán fue erigiéndose en vocera y líder de un grupo no político, concentrado especialmente en el tema de los derechos humanos y de la excarcelación de sus familiares.

En un país que siempre se ha movido entre la polarización del discurso ideológico, las Damas de Blanco resultaron peculiares desde sus comienzos. En lugar de mostrar estatutos partidistas, enarbolaban el deseo de volver a abrazar a los suyos; optaron no por congregarse alrededor de una doctrina sino en torno a la irrebatible posición del afecto familiar.

Ganaron muchas simpatías entre la población de la isla y, claro está, eso provocó una campaña de difamación e insultos por parte de las autoridades contra ellas.

Si algún grupo ha sido denigrado hasta el exceso en los medios cubanos, ése ha sido el de las Damas de Blanco. Contra ellas se ha desarrollado todo tipo de guerra mediática, de experimentos de intimidación y hasta los mitines de repudio alcanzaron frente a la puerta de Laura Pollán su diástole más alta. Los reporteros oficialistas las llamaban «Las damas de verde» en alusión a la ayuda económica que recibían de cubanos exiliados para llevar de comer a sus maridos presos.

Curiosa ironía, un Gobierno que ha utilizado las arcas nacionales para todo tipo de delirio político pesquisaba cada centavo que podía llegar a las necesitadas manos de estas mujeres. Incluso cuando la líder de este movimiento pacífico entró a la sala de una terapia intensiva, la prensa nacional seguía denigrándola. Con fuertes dolores articulares, falta de aire y decaimiento, Laura Pollán fue internada muy grave en uno de esos hospitales habaneros donde sobra el talento médico y escasean las luces.

Ante la gravedad, su familia fue consultada si la paciente podría ser trasladada a una lujosa clínica destinada para militares, pero ya ella lo había advertido antes de perder el conocimiento con los sedantes: «Me quedo en el hospital del pueblo». Y allí murió, después de que tardaron más de cinco días en diagnosticarle dengue en un país que desde hace meses vive una intensa epidemia de ese virus.

Aunque todos los periódicos del mundo están ahora mismo dando la noticia del deceso de Laura Pollán, Granma y el resto de nuestros deslucidos diarios nacionales guardan silencio. Tal reacción de mutismo puede estar dada por la falta de grandeza de un Gobierno que no sabe sentir condolencia ante la muerte de un adversario. Nunca han sabido parar la beligerancia para decir un pésame. Pero también tanto silencio viene del miedo que le tenían a esta pequeña maestra de español, el temor que ahora mismo les crece en la garganta. La líder de las Damas de Blanco ha muerto y ya nadie podrá llevar un gladiolo entre las manos sin pensar en Laura Pollán.

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