18 de junio 2009 - 00:00

Le sienta el cambio al ahora luminoso Mike Leigh

Sally Hawkins, la deliciosa protagonista de «La felicidad trae suerte», agradable cambio de todo del director de «Secretos y mentiras», como para salir sonriendo del cine.
Sally Hawkins, la deliciosa protagonista de «La felicidad trae suerte», agradable cambio de todo del director de «Secretos y mentiras», como para salir sonriendo del cine.
«La felicidad trae suerte» (Happy-Go-Lucky, G. Bretaña, 2008, habl. en inglés). Guión y dir.: M. Leigh. Int.: S. Hawkins, E. Marsan, A. Zegerman, K. Fernández, S. Townsend, S. Le Touzel, K. O'Fynn, C. Martin.

Hay gente así. Animosa, alegre, abierta, de criterio amplio, que suelta la risa en cualquier parte, enfrenta los problemas con buen humor, y a todo le encuentra su lado positivo. Pero no hablamos de cabecitas huecas en grupo, tipo chiquilinas adolescentes, sino de gente más grande, que además ya tiene sus responsabilidades, las cumple como corresponde, y aún así está contenta. No es mucha, debemos reconocerlo, pero hay gente así. Seguro que cualquiera de nosotros ha conocido por lo menos una, en algún momento de su vida. Y capaz que, de verla tan divertida, en vez de contagiarse un poco le preguntó «¿Cuándo vas a crecer?»

Ese es el conflicto que da vueltas, sin manifestarse nunca de forma directa, alrededor de Poppy, una flaquita linda y treintañera, que vive tirándole «buena onda» a cualquiera que se le cruce, con tanta insistencia que al comienzo no sabemos si es buscona o burlona, las dos cosas a la vez, tiene una angustia oculta, o es una frívola que rehúye cualquier situación medianamente seria. Pero no. Ella simplemente es feliz, no acusa traumas y tampoco los busca, trabaja como maestra de primer grado con mucha creatividad, se preocupa por todos, y alimenta su dínamo con la directora, igualmente llena de energía y alegría, y con una amiga y colega que parece (pero no es) su hermana mayor. Todas maestras, les llama la atención una instructora de flamenco que suelta su dolor, y un instructor de manejo que reprime demasiadas cosas.

«No se puede sonreír a todo el mundo», es la enseñanza que Poppy aprende con un susto. Pero ya a esa altura se dio el gusto de sonreírle con éxito a otro flaco. Lo que al final no le cierra, pobrecita, es por qué tanta gente se niega a ser feliz. Exactamente la misma inquietud tenía el fotógrafo de «Secretos y mentiras», un tipo que había logrado lo suyo, pero le dolía la tristeza de la hermana. Exactamente el mismo director, Mike Leigh, sólo que esta vez ha cambiado el tono, e hizo una obra luminosa, llena de gozo y de sugestivas observaciones.

Deliciosa criatura, película deliciosa, dichosa música de Gary Yershon, orquestada como si fuera para una comedia del veterano Jiri Menzel, tipo «Buenos, hermosos tiempos», la gente sale del cine tarareando esa música, y sonriendo al vecino. Y mejor todavía, a la vecina.

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