23 de marzo 2009 - 00:00

Leandro Erlich: ahora el psicoanálisis como ficción

Aunque protegido por un vidrio que bloquea el ingreso, «El consultorio...» creado por Erlich tiene una réplica exacta para que el espectador tenga un lugar que ocupar y un incentivo para quedarse.
Aunque protegido por un vidrio que bloquea el ingreso, «El consultorio...» creado por Erlich tiene una réplica exacta para que el espectador tenga un lugar que ocupar y un incentivo para quedarse.
La Fundación Proa de La Boca presenta en su flamante y ampliada sede una serie de muestras entre las que se destaca «El consultorio del psicoanalista», una instalación donde Leandro Erlich, con la habilidad de un ilusionista, vuelve a poner a prueba la percepción del espectador. Erlich se apropia de un breve espacio, una sala donde recrea no sólo el inconfundible diván del paciente sino además el sillón del psicoanalista, la típica luz moderada y la pared tapizada de libros, el estilo neutro de los muebles; en suma, los pequeños y también los grandes detalles que hacen que «el consultorio» sea un lugar propicio para las reflexiones más íntimas.
En este caso, aunque el consultorio está clausurado por un cristal que bloquea el ingreso, el espectador tiene acceso al duplicado del lugar, a su réplica. Con geométrica exactitud, en un espacio contiguo, el artista colocó otro diván y otros muebles idénticos a los del analista. En perfecta simetría, frente al vidrio, creó un consultorio paralelo, para que el espectador tenga un lugar que ocupar y un incentivo para quedarse. Luego, la luz y la refracción del cristal que oficia de espejo, generan la magia.
Así, el visitante de Proa, corporizado en el interior del ambiente, hará lo que más le plazca a partir de la visión de su propia imagen en movimiento (podrá mirarse, sentarse o recostarse), ya que inevitablemente se verá representado en un paisaje que, para algunos, yace en el fondo de la conciencia y para otros es novedad.
Quienes atravesaron la experiencia psicoanalítica (un paso difícil de sortear, de acuerdo a la tradición porteña), tienen la posibilidad de revivir las «sesiones», de volver al lugar donde se bucea en el inconsciente. Quienes nunca estuvieron en un consultorio semejante, pueden encontrar la ocasión de imaginar o, acaso, reflexionar sobre el tema; pero ambos deberán detenerse e interactuar con la obra si quieren sacar partido de todas las sensaciones, visuales, táctiles y hápticas, que ofrece ese micromundo silencioso.
Vale la pena aclarar que las sensaciones hápticas van más allá de lo táctil y lo físico, implican «entrar en contacto con algo», a través de los sentidos que no son la vista y el oído. Un ejemplo sería el contacto de la piel con el cuero del diván. En todo caso, ante el predominio cada vez más acentuado de una cultura eminentemente visual y retiniana, el arte de Erlich ofrece la grata posibilidad de tocar y, sobre todo, de indagar el significado de la obra desde adentro, permite ingresar a un territorio que parece estar cargado de emociones y secretos íntimos, para vivirlo como un auténtico protagonista.
Desde sus primeras obras, Erlich suele insertar al espectador en una configuración artística envolvente. «Lluvia», la instalación que en el año 2000 integró la Bienal del Museo Whitney y que significó el comienzo de una ascendente carrera internacional, es un refugio desde el cual se observa a través de una ventana un vendaval con rayos y truenos incluidos. Luego, «La pileta», que la Cancillería Argentina presentó en la Bienal de Venecia de 2001, simula estar llena, pero se puede transitar el espacio que supuestamente ocuparía el agua.
El ingenio y la aptitud del artista para crear ficciones, determinaron hasta 2008, cuando expuso el sorprendente paisaje urbano «La vereda», una de sus principales virtudes de un verdadero conocedor de cuáles son los formatos y las características que reclaman las numerosas bienales del mundo, donde es una figura frecuente. Con sus baldosones, un banco y el agua que corre hacia la alcantarilla, con sus edificios y faroles, y una obra de ingeniería que genera espejismos y trastoca el tiempo, «La vereda» trasciende, al igual que «El consultorio» -con la intensidad y densidad del contenido-, la natural inventiva y la facultad de servirse del artificio.
Se trata de dos obras que abren nuevos caminos para Erlich, además de abrir paso a la emoción. En este sentido, el artista observa la respuesta del público y señala: «Casi siempre se da una experiencia lúdica producida por la sorpresa que genera el reconocimiento de la escena». Agrega que luego de vivir varios años en París, donde el psicoanálisis tiene también sus seguidores, le resultó sorprendente, porque no lo sabía en un principio, «descubrir la cercanía que la obra tiene con algunas experiencias ópticas que Lacan ha utilizado para representar y explicar ciertos temas del psicoanálisis».
Antes de llegar a La Boca, «El consultorio.» fue presentado en 2005 en la Galería Nogueras Blanchard de Barcelona, y durante 2006, en las galerías Emmanuel Perrotin de Paris y Brito Cimino de San Pablo.
Proa exhibe también en estos días, «Art in the Auditorium», organizada por Whitechapel Gallery de Londres, y «Libros de Artistas», una muestra que acaba de llegar de la Feria del Libro de Guadalajara compuesta por piezas que van desde la poesía visual o el abstraccionismo, y realizadas por artistas de la escena artística italiana más reciente. En la librería de Proa, Jorge Macchi presenta sus dibujos en el libro «Block», y Facundo de Zuviría sus fotografías en «Proa en La Boca»; en el Café están «Las comisuras de La Boca», una proyección de videos coordinada por Karina Granieri y Julia Masvernat con una performance en la terraza de Gabriel Baggio.

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