8 de septiembre 2017 - 00:21

Lecciones yankees para la Argentina

Lecciones yankees para la Argentina
En la Argentina postelectoral se va a debatir una muy necesaria y postergada reforma tributaria en un clima de creciente demonización de los impuestos. En la Argentina postelectoral es muy probable que también siga creciendo la ofensiva contra los sindicatos, en particular si el oficialismo obtiene un buen resultado el 22 de octubre. Para ese contexto, la historia de Estados Unidos ofrece dos lecciones muy útiles para los interesados en evitar que en la Argentina postelectoral se agudice la desigualdad social.

El primer caso es el de George Romney, el padre de Mitt, el candidato republicano que perdió la elección presidencial en 2012 frente a Barack Obama. George Romney fue gobernador de Michigan en los años 60 y antes de eso una figura importante de la industria automotriz. Presidió durante unos años American Motors. Cuenta David Leonhardt en la columna que publicó esta semana en The New York Times, que Romney no aceptó varios suculentos bonus anuales que le correspondían por su cargo. Consideraba que el ingreso de un ejecutivo no debía superar los 225.000 dólares anuales, equivalentes a unos dos millones de ahora. Según le dijo a su biógrafo, el rechazo obedecía a razones éticas y morales vinculadas a su fe mormona, y también a la idea de que la tentación por el éxito distraía a las personas de las cuestiones verdaderamente importantes.

Pero Romney tenía un motivo menos principista para rechazar el bonus de la empresa. La razón es que de haberlo aceptado, hubiera recibido una pequeñísima parte, ya que a comienzos de los años 60 la tasa marginal máxima del impuesto a los ingresos en Estados Unidos era del 91 por ciento.

El ejemplo demuestra que el esquema de alícuotas no sólo modifica los ingresos netos de impuestos, sino también los ingresos brutos antes de impuestos. "No tiene sentido querer cobrar 50 millones de dólares si el 90 por ciento del bonus se lo lleva el fisco", argumenta en la columna Gabriel Zucman, un economista francés experto en el tema y que será citado nuevamente más abajo. Eso explica que por aquellos tiempos no había los sueldos estratosféricos que ahora cobran los Ceo.

Pero a partir de mediados de los años 60 y fundamentalmente durante las presidencias de Ronald Reagan, las tasas máximas del impuesto fueron recortadas a menos de la mitad del nivel que tenían cuando Romney rechazó los bonus. La justificación era que el enriquecimiento de los que ganaban más iba a estimular el espíritu emprendedor, y que ese desarrollo de las fuerzas productivas iba a derramar en mayor bienestar para todos.

Lo primero sucedió. Lo segundo no.

El mencionado Gabriel Zucman es junto con el ya célebre Thomas Piketty -autos del best seller El Capital en el Siglo 21- miembro del equipo que viene realizando el World Wealth and Income Database, un monumental trabajo que elabora series históricas de distribución del ingreso y de la riqueza en varios países del mundo. En esa base de datos se observa para Estados Unidos que desde los años en que Romney rechazó el bonus con una tasa máxima del 91 por ciento, el 1 por ciento que más gana pasó de llevarse el 12,4 por ciento del ingreso total al 20,2 por ciento ahora; en ese período la mitad de la población de menores ingresos redujo su participación del 19,5 al 12,6 por ciento.

La porción que ganaron los más ricos fue a costa de la mitad más pobre.

El editorialista del NYT se pregunta cuál debería ser la alícuota máxima. "No tengo la respuesta precisa. Una del 90 por ciento tiene claramente el riesgo de ahuyentar empresarios. Pero estoy convencido de que la actual tasa máxima del 39,6 por ciento es muy baja".

En la Argentina es del 35 por ciento.

La otra lección yankee surge de un trabajo realizado por el Economic Policy Institute, un centro de investigación focalizado en la situación de las clases medias y bajas de ese país. El estudio comparó la evolución de la tasa de sindicalización y de la concentración del ingreso, y encontró que a medida que la cantidad de afiliados bajaba la porción de la torta que se llevaban los más ricos se agrandaba: en 1960 el 30 por ciento de los trabajadores pertenecía a un sindicato y el 10 por ciento que más ganaba se quedaba con el 30 por ciento del ingreso total. Actualmente, la participación del 10 por ciento más rico subió a casi el 50 por ciento, y la tasa de sindicalización bajó y es apenas del 10 por ciento.

En la Argentina la tasa de sindicalización es algo menor al 40 por ciento si se la toma en relación al total de trabajadores registrados; es menor si se considera que hay un tercio que está en negro. Y dados el sesgo antisindical del gobierno, el deterioro de la imagen de la dirigencia social (de la que es corresponsable), y los cambios en los modos de producción, es razonable pensar que el porcentaje de afiliados seguirá bajando.

En tal caso, lo que enseña la experiencia yankee no es bueno en términos de igualdad social.

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