18 de junio 2009 - 00:00

Ley de Quiebras: el granjero debe quedarse con la granja

Marcos Gallacher
Marcos Gallacher
El Poder Ejecutivo evalúa modificar la Ley de Quiebras. El objetivo es facilitar que los obreros asuman el control de las compañías en dificultades financieras. Usando el título de la célebre novela de Orwell, una «rebelión en la granja» se asoma en el horizonte. El antipático granjero será reemplazado por los propios habitantes de la granja, quienes decidirán, por consenso, su propio destino.

Un análisis objetivo del problema sugiere que la modificación propuesta hará mucho daño a la ya castigada economía argentina. En efecto, proponer estructuras decisorias que incluyan (en forma explícita y forzada por ley, en contraste a en forma implícita y acordada voluntariamente) la «co-gestión» desconoce que las empresas administradas por trabajadores representan un porcentaje ínfimo (por no decir casi nulo) del valor de la producción de las economías actuales. Existen -es cierto- algunas excepciones. La cooperativa Mondragón en España es uno de ellos. La rareza de este experimento queda en claro cuando vemos que este mismo es usado en forma reiterada como «estudio de caso» en muchas escuelas de negocios.

La escasa participación de empresas de autogestión (o de cooperativas de diverso tipo) en el producto de las economías modernas no deja de sorprender, ya que estas organizaciones disfrutan de algunos beneficios: por de pronto, las cooperativas no pagan Impuesto a las Ganancias.

Las evidencias indican que las únicas empresas exitosas «administradas por trabajadores» son lo que podríamos llamar las «burocracias profesionales»: los estudios de abogados o contadores, las consultoras en ingeniería o arquitectura, o las clínicas médicas, donde un grupo de socios trabaja en forma conjunta y decide sobre algún esquema de partición de la renta. Estas organizaciones, sin embargo, son muy distintas a una moderna empresa de manufactura o de servicios generales. Por de pronto, en ellas trabajan en general un número reducido de personas de alta capacitación, cada una de las cuales realiza una tarea que es parcialmente separable de la realizada por sus colegas.

¿Por qué razón en la empresa moderna el factor «capital» contrata al factor «trabajo», y no ocurre lo contrario, contratando los trabajadores a los aportantes de capital? La respuesta a esta pregunta la dan Armen Alchian y Harold Demsetz en un artículo clásico («Production, Information Costs and Economic Organization»). El argumento

Alchian/Demsetz centra la atención en la complejidad de controlar y dirigir esfuerzo humano, asignando «premios y castigos». Esta dificultad es especialmente marcada donde el «equipo» que desarrolla tareas es -a diferencia de las «burocracias profesionales mencionadas anteriormente- numeroso y heterogéneo. En esta situación, la función del entrepreneur es irremplazable: de la eficiencia con la cual se realiza el control y dirección depende la renta residual resultante. Esta renta, no contractual sino fruto de eficiencia de gestión, es lo que disciplina (y selecciona) al entrepreneur.

La participación obrera en los procesos decisorios parece -para los opinantes de café al menos- atractiva. «Al ser dueños se sentirán más motivados». «Se quedarán con el fruto de su propio trabajo». Sin embargo, las cosas no funcionan así: la función de control y dirección se verá seriamente comprometida. Aún cuando los obreros intenten de buena fe controlarse mutuamente, aparecerá un serio problema de «free-rider»: el control demanda esfuerzo por el cual se recibe, en el mejor de los casos, sólo una parte del beneficio que este control genera. Esto hace que el «control colectivo» sea mucho menos eficiente que el «control autoritario» -por llamarlo de alguna manera- que el entrepreneur ejerce.

Pero además, la posibilidad de que el proceso de quiebra sea interrumpido a favor de cesión de acciones aumentará el costo del capital de las empresas, ya que incrementará el riesgo de los acreedores al ser el destino de los activos de las empresas demás incierto. A nivel macro, por otro lado, se dificultará la reasignación de recursos desde destinos menos productivos hacia aquellos más productivos. Esta condición, merece destacarse, es de principal importancia para el logro de eficiencia económica.

Las utopías pueden verse como ideales románticos hacia los cuales debemos apuntar. La utopía mencionada en esta nota, sin embargo, tiene el potencial de reducir aún más la calidad de vida de los argentinos, en especial de aquellos que están en una situación menos favorable. En síntesis, el problema de pobreza y desempleo que enfrenta la Argentina hoy no se solucionará sacándole la granja al granjero. Se solucionará -con el tiempo y luego de esfuerzos- aumentando el nivel de productividad de la economía. Y esto requiere que al granjero se lo deje triunfar o fracasar tranquilo y que cada uno haga lo que realmente sabe hacer.

* Profesor de la UCEMA

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