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Llegó la hora de la mujer en el arbitraje
La dedicación, el talento, el empeño y hasta el amor puesto en la tarea por la mujer han superado en muchos casos a las virtudes masculinas y con resultados halagüeños.
Sin el menor atisbo de lisonjear a la mujer, ni buscar su apoyo incondicional, bien puede decirse como Rubén Darío: «Sin la mujer la vida es pura prosa». Los logros en materia de aceptación de la mujer han puesto de relieve, han dejado al descubierto, la capacidad del sexo femenino para la conducción. Queda claro en todas partes y en los distintos tiempos que la mujer no sólo puede ser una extraordinaria madre y ama de casa (tarea sublime y trascendente si las hay), sino empleada o trabajadora eficiente, dirigenta empresaria de fuste y logros, funcionaria pública con dotes de estadista, jueza imparcial, médica salvadora de vidas, religiosa incomparable, soldado con arrojo y compromiso y, en fin, que desde que se le dieron las oportunidades pertinentes, ha demostrado la compañera del hombre sobre la faz de la Tierra que puede descollar y aportar al mundo y a la vida dotes únicas con resultados proverbiales e indiscutibles.
Pero, sin embargo, y aun cuando tantos efectos positivos ha dado el trabajo femenino, todavía se la discrimina en muchas actividades. Por ejemplo, en buena parte de la competencia futbolística. Y en esta altura de la reflexión no cabe sino una pregunta: ¿cómo es que no hay árbitros, juezas imparciales, en los partidos de fútbol? ¿Por qué no se advierte o se permite el ingreso de mujeres en las escuelas de arbitraje de fútbol? ¿Por qué es una disciplina que no cuenta con el mismo caudal femenino entre sus aspirantes?
No hay ninguna duda respecto de que una mujer dirigiendo un partido de fútbol, o haciendo las veces de jueza de línea, desempeñaría la labor con igual eficiencia que el hombre, o quizás mejor. Y no caben dudas, tampoco, de que en general estaría más dispuesta a «no dejar pasar» tantas infracciones o conductas reprochables que atentan contra el declamado juego limpio que tanto se publicita.
Por lo demás, y por el propio hecho de ser mujer el árbitro, se conseguiría más respeto y mejores modales en un campo de juego en donde muchas veces se violan elementales principios éticos y morales entre los futbolistas hombres.
No hay ninguna razón, de cualquier índole que ella sea, que prevalezca para impedir que una mujer sea árbitro de fútbol. Claro, como no sea ese machismo absurdo, estúpido, anacrónico y que tantas consecuencias nefastas siembra cuando impera. No hay razones, como no sea una cuestionada e intolerable discriminación, para que no se les conceda la oportunidad a las mujeres de ingresar a un campo de fútbol y dirigir un partido, no ya sólo de carácter amateur, sino profesional y de la primera división.
Por eso, desde estas columnas se sostiene que en el fútbol hay que darle a la mujer la posibilidad de arbitrar. Por eso, y parafraseando al poeta nicaragüense, si la vida sin la mujer es pura prosa, bien podríamos alentar la idea, para imponer a la mujer como árbitro, que un partido de fútbol con ella sería, además, toda una poesía.
Orlando Vignatti


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