12 de agosto 2010 - 00:00

Los bancos centrales y su rol en el desarrollo

Los bancos centrales pueden ser un agente de desarrollo. El estéril debate sobre su autonomía carece de sustento si no se concibe un compromiso real de la autoridad monetaria con una política de desarrollo, de reducción de la pobreza y la creación de empleo. En este marco, la disyuntiva de independencia o dependencia no define nada por sí misma. La economía es función de una definición política integral.

En el seminario realizado en ocasión del 75º aniversario del BCRA, el especialista estadounidense Gerald Epstein argumentó que «los bancos centrales deben ir más allá del manual de buenas prácticas de los países ricos». ¿Qué significa esto?

El modelo neoliberal favorece la política monetaria obsesiva que mantiene bajos niveles de inflación, y la política cambiaria alineada con una total flexibilidad. Ahora bien, los métodos de combate ante la presión inflacionaria consisten en el aumento de la tasa de interés nominal y la reducción del gasto público. Es cierto que las políticas deben contemplar el ritmo de la inflación. Pero esto debería abordarse determinando las fuentes de tal presión inflacionaria, y las ventajas potenciales de las restricciones apuntadas sobre el desarrollo y el empleo.

Los objetivos centrados en la estabilización, y la marginación del desarrollo, están lejos de constituir una norma histórica. Durante el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los países crecieron, con bancos centrales dependientes o poco independientes. Algunos con políticas monetarias flexibles. Otros, como Alemania, con metas implacables en el control de la inflación. Pero el desarrollo se consideraba parte fundamental de las metas del banco central. ¿Por qué razón ahora se ha eliminado esta tarea de la lista de sus obligaciones?

No argumentamos que el rol estabilizador incluyendo una tasa razonable de inflación carezca de importancia. La historia registra numerosas consecuencias desastrosas del abandono de este rol. Pero un equilibrio entre estabilización y desarrollo sería una postura aconsejable. En muchos países la creación de empleo es un fin deseable de la política monetaria. Esto no significa que los bancos centrales se constituyan en responsables de la generación de empleo. Su deber es cooperar para ello con otras instituciones, haciendo algo más que mantener las tasas de inflación en «un dígito».

Se argumentará quizás que un banco central independiente centrado exclusivamente en la estabilidad de los precios ha llegado a ser un aspecto fundamental de la «reforma económica». Joseph Stiglitz afirma que esto es un estribillo, que como tantas otras máximas políticas, se ha repetido lo suficiente para llegar a creerse. Controlar la inflación no es un fin en sí mismo: es simplemente uno de los medios para lograr un crecimiento más rápido y más estable y con menor desempleo. Ésas son las variables reales que cuentan.

Es cierto que puede ser muy difícil establecer metas de agregados monetarios o fijar una tasa de cambio, y simultáneamente promover el empleo. Esta dificultad se conoce como el «trilema», que establece que los bancos centrales sólo pueden manejar dos de las siguientes tres situaciones: mercados de capital abiertos, estabilidad del tipo de cambio, y una política monetaria autónoma dirigida a estabilizar la economía, aumentando la oferta monetaria, y bajando las tasas de interés cuando la economía está deprimida, y haciendo lo contrario cuando se recalienta. No es posible conseguir las tres cosas. La lógica inexorable de la economía indica que sólo se puede optar por dos de ellas.

Epstein plantea que el verdadero conflicto del «trilema» es el hecho de que los economistas ortodoxos en general lo han resuelto eliminando los controles de capitales, asumiendo que una casi total liberalización financiera hacia el exterior es el óptimo. Sin embargo, está bien a la vista el daño que los mercados de capital abiertos son capaces de ocasionar a los países en desarrollo.

Un banco central debe realizar todas las intervenciones financieras necesarias para que el Estado concrete políticas económicas conducentes al desarrollo y bienestar de la población. Para lograrlo, puede operar sobre las actividades especulativas de agentes financieros nacionales o internacionales, que perturben las políticas económicas y fiscales estatales. Esto es parte de la misión de los bancos centrales. Y a fin de superar situaciones sectoriales o generales de iliquidez y alto costo financiero, puede arbitrar créditos e intereses diferenciales, y también optar por la consolidación de una banca de desarrollo para impulsar el financiamiento de la producción a pesar de las condiciones financieras externas adversas.

Su objetivo primordial es ayudar al Estado a cumplir sus metas, y no ayudar a los bancos.

(*) Decano de la Facultad de Ciencias Económicas.

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