19 de junio 2012 - 00:00

Los Carpinteros o cómo sacar provecho de la adversidad

Sin renunciar al contenido político, los objetos de Los Carpinteros se expresan con gracia. La mejor evidencia es este Piper Comanche real, con flechas también reales de los aborígenes de Amazonas, que admite múltiples interpretaciones.
Sin renunciar al contenido político, los objetos de Los Carpinteros se expresan con gracia. La mejor evidencia es este Piper Comanche real, con flechas también reales de los aborígenes de Amazonas, que admite múltiples interpretaciones.
Los Carpinteros llegaron por primera vez a Buenos Aires desde su Cuba natal -o desde cualquiera de los centros internacionales que hoy libremente recorren-, al imponente Faena Arts Center de Puerto Madero, donde produjeron algunas de las instalaciones que se exhiben hasta el mes de agosto.

Dagoberto Rodríguez y Marco Castillo, integran el colectivo artístico Los Carpinteros, así llamados por su afición al trabajo manual. Al promediar la década del 90 el grupo surgió con cualidades que habían estado ausentes en el arte de las últimas generaciones cubanas, como el humor, que ellos utilizan en dosis altas. Sin renunciar al contenido político, Los Carpinteros marcaron un quiebre con los dramáticos mensajes de Ana Mendieta, Kcho, José Bedia o Tania Bruguera, para mencionar tan sólo a los artistas estrella.

Las obras de Los Carpinteros, ponían un punto final a las ya tradicionales balsas, a las performances con corazones ensangrentados o las comunicaciones cortadas. Aunque su discurso no se aleja demasiado de esas expresiones, ellos decían las mismas cosas de otra manera. De este modo ingresaron de inmediato en las numerosas ferias y bienales que prosperan en el mundo, y sedujeron al público. Primero, con el patético desorden de sus construcciones en madera, sus lugares imposibles de habitar que, más allá de ostentar la gracia de una arquitectura inestable, pone el problema de la vivienda sobre el tapete. Luego, cuando con unas complejas maniobras de «importación», consiguieron que llegaran a la isla materiales más sofisticados, comenzó a lucir la pureza del diseño, otro componente esencial en sus obras junto con el humor.

Por lo demás, desde que iniciaron su producción, ellos eluden la obviedad, y apelan a la ironía por dos motivos. Para comenzar, porque varios artistas acabaron presos y, después, porque el tiempo de los gestos sufrientes parecía haberse agotado. Los coleccionistas radicados en Miami reclamaban las expresiones de dolor con tanto énfasis que muchas acabaron por ser un cliché.

Fórmula

También Los Carpinteros tienen una fórmula que se reitera en toda su producción. Pero su receta es sofisticada: admite muchas variantes. Ellos trabajan con los objetos, con las cosas de la vida cotidiana, y como aprendices de brujo, tratan de darles voz propia y dotarlas de vida. ¿Pueden dos camas que se deforman y se entrecruzan hablar de la condición humana y la angustia existencial? Lo cierto es que esta visión, al igual que la de un mundo que explota, donde todos los objetos de una sala vuelan fragmentados por el aire, resultan inquietantes, invitan a explorar el sentido de estos montajes. «Nuestro arte absorbe nuestra experiencia y la de la gente que nos rodea», señaló Castillo el día del vernissage. Y de inmediato aclaró: «Pero le echamos la culpa al objeto; es él quien está hablando». Y no cabe duda, sus objetos se expresan con gracia.

La mejor evidencia es el «Avión» que trajeron a la muestra porteña, un Piper Comanche (real), con flechas (también reales), de los aborígenes de Amazonas clavadas en la superficie inferior. La obra parece escapada de los films de Indiana Jones y admite, como gran parte de la producción, múltiples interpretaciones. Una de ellas es la batalla entablada ante el avance tecnológico. Luego, la precariedad (en este caso, la de una lucha con flechas), es un tema recurrente en las obras de dos artistas que conocieron la miseria y el hambre.

«Situación límite» se llamó un taller realizado con artistas españoles que, antes de la crisis financiera, estaban alimentados e indigestados a fuerza de becas, premios y estímulos. Los Carpinteros les enseñaron a sacar partido de las experiencias de vida, más que nada de las más duras, como las de ellos, obligados en plena infancia a pasar períodos sin sus padres y a utilizar el ingenio por la fuerza. Se desconoce el resultado de este taller, pero ellos cuentan que a cambio de enciclopedias de arte leían «Hágalo usted mismo» y «Mecánica popular». Así, una de las primeras características que se percibe en las obras es la inventiva.

Ante los diez faroles llamados «Alumbrado público» se advierte que la chispa de la imaginación y un pulido diseño atrapan las miradas. Con sus seis metros de alto y unas formas zigzagueantes que se asemejan a ramificaciones orgánicas, los postes contradicen la naturaleza del material: hierro brillante y niquelado. El resultado es una instalación donde el sentido de la obra se equilibra con la atracción retiniana.

La sala de exhibiciones de 630 metros y colores neutros del edificio también contrasta con la superposición caótica de casitas y casillas de la instalación «El barrio». El esplendor de lo nuevo que posee el Faena tiende a disolver el clima del leit motiv de Los Carpinteros. Aunque están atiborradas en un rincón, sus construcciones se perciben como ajenas al conjunto de obras que acaban por configurar una exposición cargada de significación y atractivos. Es difícil competir con el protagonismo del espacio. El escenario de 4000 metros que demandó una inversión de más de 14 millones de dólares, implica un desafío para cualquier artista. Aun, para estos dos personajes hábiles, expertos en sacar provecho de la adversidad.

Dejá tu comentario