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Los europeos no tienen un plan común para enfrentar la crisis

Se abrió una profunda brecha entre los que son partidarios del endeudamiento y los supuestos defensores del saneamiento de las cuentas. Los primeros reclaman a Alemania estimular la demanda interna, bien con salarios altos, con impuestos más bajos o con más gasto público. Según esta visión, Alemania, que destaca por sus exportaciones y su alta capacidad competitiva, estaría demasiado encastrada en la lucha contra la inflación y el sobreendeudamiento de los Estados, lo cual frustra los esfuerzos por devolver el brío a la coyuntura económica.
A este coro se unió, de cara a la cumbre del G-20 que se celebrará mañana y domingo, el presidente estadounidense, Barack Obama. El mandatario afirmó que deberían superarse los desequilibrios mundiales y, en casos de necesidad, apoyar la recuperación económica con más ayudas estatales, refiriéndose también a China y Japón. Por eso, la disputa está servida.
La reciente cumbre de la Unión Europea tampoco ayudó a suavizar los debates internos europeos, a pesar de que la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Nicolas Sarkozy, quieran mostrarse unidos ante el público. Y es que su disputa en torno a quién tiene el liderazgo europeo en política económica simplemente se postergó hasta el otoño (boreal). Sarkozy, que asumirá el año próximo la presidencia del G-20 al tiempo que la del G-8 (el club de las siete naciones más ricas del planeta más Rusia) exige continuamente reuniones regulares de los 16 socios europeos que usan el euro, probablemente porque quiere mostrarse como hombre de acción. A Merkel, por su parte, le horroriza la posibilidad de tener debates continuos sobre el superávit de exportaciones alemán o la independencia del Banco Central Europeo. Por el contrario, solicita realizar cambios en los tratados europeos para castigar a los que caigan en el «pecado» del déficit.
Pero las perspectivas de reforma son más bien nulas, pues si ya la firma del Tratado de Lisboa resultó muy complicada y los ciudadanos europeos tienen una escasa visión sobre el asunto, muchos países europeos se oponen a una nueva versión. Europa también está un tanto retrasada en sus deberes en cuanto a las reformas de los mercados financieros. Por ejemplo, con las nuevas normativas de regulación de los «hedge funds» la discusión está en el Parlamento Europeo. En cuanto a nuevos mecanismos de control, éstos enfrentan a Reino Unido y Alemania, que mantienen el típico tira y afloja europeo por la letra pequeña.
Al término de la cumbre europea de la semana pasada, el bloque indicó en un escurridizo estilo que todos los miembros de la UE «deberían» introducir una tasa a los bancos de alguna manera. Pero está por verse si los países del G-20 toman en cuenta la propuesta o la ignoran. Europa tampoco puede apretar mucho las tuercas a su sector financiero, puesto que el capital es móvil y podría salir perjudicada ante otras regiones.
Por eso, el presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy, y el presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, piensan que a la ciudadanía le gustaría ver un poco de unidad en la propia casa y que estaría bien no tener dos papeles en la cumbre, sino una sola voz. La Unión Europea es el mercado único más grande del mundo, al que no deberían dar igual las limitaciones comerciales, los paraísos fiscales o las políticas monetarias, sea quien sea el que actúe de portavoz.
Agencia DPA

