20 de noviembre 2015 - 00:09

Lotería: el PJ ante déjà vu 83 y el PRO frente a la dispersión

Balotaje, la hora final

Juan Domingo Perón
Juan Domingo Perón
Contra pronósticos y augures, el peronismo se zambullirá el domingo en una cruzada salvadora: a 70 años de su anárquica irrupción, remará contra pendiente para tratar de instalar a Daniel Scioli en la Casa Rosada, última aventura de un 2015 repleto de derrotas y tropiezos.

Un derrape puede sumergir al PJ en el infierno peor en tiempos democráticos. Si a Scioli no le alcanza el envión y cae con Mauricio Macri, el peronismo -que se arropa en el sello FpV- vuelve, casi a foja cero: sin Buenos Aires ni Santa Fe, y con un delegado díscolo en Córdoba, se enfrenta comparativamente a una foto menos favorable que en 1983.

Aquel PJ venía del desierto de la dictadura, sólo refugiado en los sindicatos. Las once provincias que capturó, a pesar de la derrota ante la UCR de Raúl Alfonsín, significaron una expansión. El riesgo de este domingo es de una dimensión inédita: de administrar más del 70% del poder político del país puede quedarse con menos del 20%.

Flamean, para los fans de las supersticiones, dos mitologías: la de los gobernadores bonaerenses que no llegan a presidente y la de presidentes peronistas que no saben traspasar mando y poder a otro peronista. Eduardo Duhalde es, en emergencia y por la ventana, la excepción y regla a esas leyendas.

En diciembre pasado, Scioli alardeó que sus antecesores no llegaron a Olivos porque confrontaron con el presidente de turno y que él no haría eso. La paradoja es que, en el tramo final de campaña, al gobernador pareció pesarle sobre el lomo el factor Cristina y el no haberse despegado.

Espejos

Scioli fue subsidiario y quizá víctima de otros mitos: que el PJ es la única garantía de gobernabilidad y que no podía perder la provincia de Buenos Aires, factores de una supuesta coraza de imbatible. Lo segundo ocurrió; lo primero puede dinamitarse en unas horas. Ambos dictámenes tenían, como salvaguarda, la escasa presencia territorial y la falta de política del PRO. El partido que Mauricio Macri alquiló en 2003 y luego convirtió en propio -marca que aportó el publicista Ernesto Savaglio- debutó recién en 2015 en una elección nacional y tiene, según los registros de la Justicia electoral, personería jurídica en 21 provincias y algo más de 107 mil afiliados en todo el país.

El PJ que sostiene a Scioli cumplió 70 años en 2015 -aunque surgió como partido único en 1947- y acumula más de 3,5 millones de afiliados, presencia en las 24 provincias y anotó candidatos en cada rincón del país. Esas diferencias de volumen y despliegue no impidieron que Macri,|| con soporte de una diezmada UCR, casi empate la elección del 25-O y se constituya, contra la mayoría de las proyecciones, en el favorito para el balotaje.

El domingo, si Scioli no gana, el peronismo se convertirá en varios peronismos: en todos los peronismos que fue todo este tiempo y perduró, en relativa calma, por una jefatura vertical y la promesa de ganar la elección. El peronismo late con dos corazones: el poder y la expectativa de poder. El primero se le fuga irremediablemente a Cristina y al kirchnerismo.

A la velocidad de la luz, alcaldes y gobernadores estrecharon se aprendieron los teléfonos y apodos de operadores macristas, o reavivaron antiguos vínculos y se liberaron de la furia que por pudor o cobardía acumulaban contra Cristina. Ven, como plan último, que un triunfo de Scioli destierra a la Presidente mientras que la victoria de Macri podría ser, paradójicamente, el salvoconducto para que Cristina se mantenga vigente desde fuera del Gobierno. En ese caos de sucesiones y pases de facturas, se relame Sergio Massa, que se proyecta como fundador del pos-peronismo.

Dispersiones

Con el resultado del 25-O las tesis sobre el futuro de Macri y el macrismo mutaron. Aun así Gerardo Morales avisó, por caso, que Cambiemos se licua el domingo y lo que vendrá, si el porteño es presidente, será un Gobierno de coalición, un co-gobierno. Ante un escenario de derrota, (que la mayoría de las encuestas descarta) la idea de un macrismo sin Macri detonaría una disputa entre Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal. Ésta fue empleada y protegida de aquél, pero será, tarde o temprano, duelista por comandar las dos administraciones con más visibilidad.

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