Luciano Pereyra canta folklore con alma pop

Edición Impresa

Presentación de «Con alma de pueblo». Luciano Pereyra (voz, guitarra). Con D. Pacheco (bajo, coros, dir. mus.), F. Malissia (batería), R. Gaitán (guitarra, charango, aerófonos), H. Gandul M. Villalba (guitarras), S. Gerassi (teclados), B. Marino (percusión), G. Cajal (violín), G. Gross (acordeón) y bailarines. Invitado: J.A. Pereyra (voz). (Teatro Gran Rex; 4 y 5/8; repite 17 al 19/8). 

Luciano Pereyra (Luján, 1981) arrancó masivamente con la música siendo todavía un adolescente (su primer disco, «Amaneciendo», es de 1998) un poco a la sombra del nuevo boom de los jóvenes artistas folklóricos que encabezó Soledad Pastorutti. Ahijado artístico de Horacio Guarany, empezó a destacarse por su voz potente, una expresividad incuestionable y una presencia que prometía futuro en el género. El tiempo pasó y con él las vicisitudes de la vida, entre las que estuvo una enfermedad que lo tuvo un par de veces muy complicado. Pero además, en este camino, la industria hizo su trabajo, Pereyra empezó a sentir el deseo de cantar otras músicas y la balada romántica latina y el pop -que siempre pagan mejor, en dinero, en fama, en mujeres y en mimos de las discográficas- se fue adueñando de su carrera.

De regreso después de su última recuperación, grabó un nuevo álbum, «Con alma de pueblo», dedicado a su propia ciudad e intentando recuperar un poco aquel espíritu folklórico de sus comienzos. Y con el disco publicado, arrancó una gira nacional que finalmente lo depositó en el enorme teatro Gran Rex, que llenará con toda comodidad por unas cuantas funciones.

Hasta allí la crónica histórica. El presente muestra que aunque su último álbum apunte a zambas y chacareras, propias o antiguas -de su padrino Guarany-, el alma del pop más que la del pueblo se le ha metido para siempre. Su show es el espectáculo de un baladista, aunque interprete temas como la «Zamba para olvidar» o «Memorias de una vieja canción», presente sus propias composiciones sobre danzas argentinas tradicionales, invite a su padre Juan Angel para cantar «No quisiera quererte», y aunque ponga bailarines ataviados de paisanos sobre el escenario. Y no sólo porque la mayor parte del repertorio está en otro lugar -entre lo que no falta, por ejemplo, su hit «Perdóname»- sino porque su estilo general va por ese lado.

La banda, que aparece casi siempre en penumbra, tiene sólo a veces el aporte folk con charango, aerófonos norteños, violín, acordeón o bombo; pero la base está en una formación pop un poco recargada de guitarras y con percusión de batería. El diseño del recital apela a varios de los lugares comunes del baladista, incluida una mujer que lo toquetea para envidia enloquecida de sus fans. Él mismo exhibe una muy amplia gama de mohines, propios o copiados -hasta puede descubrirse la herencia de Julio Iglesias- entre los que hay autocaricias en zonas cercanas a los genitales, labios en postura de beso, llantos pocos creíbles, gestos estudiados, etcétera.

El espejo parece ser algo importante en la vida de Pereyra que tiene bajo control sus movimientos, sabe cuándo apuntar el micrófono a la platea, cómo y cuándo sacarse el saco para excitar a sus chicas y cómo regular los tiempos del show.

Luciano Pereyra tiene de sobra con qué hacer lo que quiere. Porque tiene su pinta y una imagen de muchacho desvalido que enamora a las mujeres y es dueño de una garganta privilegiada que sabe manejar muy bien más allá de algunas desprolijidades en los agudos. El público femenino, que es el 90% de su convocatoria, sabe de memoria todas las canciones. Y él se regodea en las mieles del éxito. Y el alma pueblerina queda para el nombre del disco.

Dejá tu comentario