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Magnífica obra de Fabián Díaz tiene el oficiante ideal
El texto de Díaz está planteado como un monólogo central en el que intervienen varias voces que se entrelazan con naturalidad, gracias a la excelente interpretación de Iván Moschner, un actor que se entrega a sus personajes en cuerpo y alma.
En esta magnífica pieza del dramaturgo y director Fabián Díaz (1983, Villa Ángela, Chaco) el monte adquiere una dimensión mítica, no sólo por su naturaleza hostil e infranqueable sino también por constituirse en un lugar de ausencia. Allí busca refugio un hombre quebrantado por una guerra innominada (la de Malvinas) que abandona a su familia -por huir de sus propios fantasmas- y termina convertido en bandido rural junto a otros compañeros de armas. El hijo lo busca, rastrea sus pasos, rememora su confuso origen y su conflictiva familiar. Y mientras evoca a la figura del padre va entreverando su propia historia con la de él.
Su relato avanza y retrocede en el tiempo, se enriquece con imágenes sensoriales y se ramifica en otros tantos personajes que dialogan entre sí haciendo uso del habla regional (siempre vistosa y expresiva). Pero este leve pintoresquismo no afecta en absoluto la calidad metafórica de la obra, ni su creciente tensión dramática.
Como en la vida, uno va descubriendo identidades, secretos, incidentes traumáticos y diferentes puntos de vista a lo largo de la pieza. Y mientras fluyen las distintas experiencias, se va adueñando del espacio un territorio salvaje, ardiente y sin ley que permite olvidar, durante 55 minutos, que se trata de una representación.
El texto de Díaz (premiado en el 14° Concurso Nacional de Obras de Teatro organizado por el INT) está planteado como un monólogo central en el que intervienen varias voces secundarias que se entrelazan con naturalidad. En su traslado a escena, el material adquirió una arrolladora carnalidad gracias a la excelente interpretación de Iván Moschner, un actor de incontables recursos que se entrega a sus personajes en cuerpo y alma. En este caso se lanza a una permanente metamorfosis en la que recrea a un niño y a hombres y mujeres de cualquier edad, a veces con humor, otras con una emoción de esas que horadan gota a gota. Su actuación hace visible lo ausente y logra que el espectador sienta en su propio pecho el dolor, la violencia y el desamparo de estos seres abandonados de la mano de Dios.


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