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Mal presagio en Europa: confían más en la Argentina que en Irlanda
Nicolas Sarkozy
La crispación europea no cesará pronto. En la medida en que el tiempo pasa, y los problemas de fondo no se diluyen, resurgen las diferencias que hubo que deponer en mayo, cuando una crisis desbocada urgió a halcones y palomas a pergeñar una solución de emergencia. Créase o no, la discusión que tensa los ánimos pasa por la voluntad de apresurar el retiro de las medidas de excepción que, si bien no repararon la crisis (lo que no era, de modo alguno, su función), la mantienen a raya a la manera de un corsé eficaz. Una vez más, el talón de Aquiles de Europa no es tanto el exceso de endeudamiento como las limitaciones evidentes de su liderazgo. Sobre todo, la tenacidad por imponer una ortodoxia que no se está en condiciones de sostener y que puede trocar en búmeran temible.
El plan de estabilización europeo reconoció cuatro puntales: el suministro elástico de recursos de liquidez a la banca (vía operaciones de refinanciación a una tasa básica del 1%), la voluntad de mantener corrientes las obligaciones de Grecia (con el paquete de rescate de la Unión Europea y el FMI), la compra de deuda de largo plazo por parte del Banco Central Europeo (aun aquella desprovista de grado de inversión) y la constitución de un fondo de ayuda -la Facilidad Europea de Estabilización Financiera- a pertrechar con 750 mil millones de euros (contando el aporte del FMI). Toda esa plataforma se encuentra hoy en ardorosa discusión. A contramano de la Fed, el BCE retira el estímulo monetario (cancela redescuentos y abrevia su duración). Como corolario, las tasas efectivas de corto plazo en euros operan a la suba. A diferencia de las compras masivas de bonos de la Fed -1,7 billón de dólares y otros 600 mil millones en camino- el BCE apenas usó el mecanismo. No llegó a adquirir todavía ni siquiera 70 mil millones de euros para apuntalar la deuda pública que la crisis puso en la picota. A nadie debe sorprenderle, entonces, que los rendimientos de la deuda griega no sean muy distintos de los que regían en plena zozobra (cuando no se sabía si no habría un default inminente) o que resulten más elevados en el caso de Irlanda y Portugal. Sólo España denota una mejoría. Quienes se opusieron sin éxito a la compra de bonos demandan ahora que cese la actividad. No desconocen que las penurias fiscales persisten, ni la desconfianza, pero alegan que debieran ser las tesorerías y no el BCE quien se ocupe. Razón no les falta, pero es más fácil decir que hacer: blanquear transferencias fiscales formales a los países en crisis no es tarea sencilla. Es verdad que dicho mecanismo está previsto -es la Facilidad Europea de Estabilización Financiera-, pero no se encuentra operativo. Y ponerlo en marcha sería, en sí mismo, un hecho traumático como se advierte cada vez que Irlanda parece estar a un tris de necesitarlo. Los países aportantes deberían emitir sus propios bonos para fondear la Facilidad (o proveer garantías específicas) y se adivina el escozor de los contribuyentes cuando ello suceda. Sin embargo, la saga no termina aquí. La propia Facilidad de Estabilización Financiera es un arreglo temporario, y ya Alemania presiona por definir un régimen drástico de resolución de crisis que lo sustituya. De ahí, el boceto flamante del Mecanismo Europeo de Restructuración de Deuda Soberana. Delineado tras una negociación previa con el Gobierno de Sarkozy, postula un camino directo y expeditivo de ajuste, que incluye la punción de los acreedores privados («bail in»).
Se suele hablar de la audacia de los EE.UU., pero Europa no se anda con chiquitas. Ni EE.UU. ni Japón ni Gran Bretaña protagonizaron una crisis con su voluminosa deuda pública. Europa, sí (paradójicamente, quien más abogó por las virtudes de la austeridad). ¿Qué sentido tiene mentar la soga en casa del ahorcado, y agitar ya la aplicación de una eventual restructuración de las deudas? La Facilidad Europea de Estabilización vence recién en 2013. ¿No es un acto suicida? Eso dijo el ministro irlandés de finanzas. Entendible. Es parte del problema. Pero ¿quién no tiene sus barbas en remojo? De ahí que el habitualmente sobrio Trichet reaccionara ofuscado. Señaló (en referencia a los jefes de Estado): «No todo el mundo es consciente de la gravedad de la situación». Gracias a la Fed y al QE2 (que Europa tanto critica) esa ignorancia no pasó factura. Pero la euforia no durará por siempre. Y si se redoblan los esfuerzos en contrario, puede acabar de súbito. De hecho, la principal amenaza para el éxito a mediano plazo del QE2 es que Europa se dispare un tiro en los pies y provoque una remake de la crisis de su deuda que eche por la borda todos los esfuerzos para despejar el horizonte financiero.


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