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Malo para un contemporizador como Obama: irrita a derecha e izquierda
El presidente de EE.UU., Barack Obama, durante una convención del grupo militante Organizing America. Según The New York Times, esta vez el demócrata no logra conmover multitudes.
A finales de junio, cuando lanzó su ofensiva para reformar la salud de EE.UU., Obama tenía una popularidad del 57%, según la consultora Rasmussen Reports. Anteayer estaba en el 47%. También en otros sondeos de Gallup y NBC. Los votantes, además, están cambiando su opinión de Obama en casi todos los aspectos. Su presunta capacidad para unir al país, que era su principal activo electoral, desapareció: el 75% de los encuestados lo ve como un «izquierdista».
Obama logró enfadar a todo el mundo. Los conservadores están furiosos por un plan al que acusan, alternativamente, de «fascista» y «comunista», a pesar de que lo que la Casa Blanca pretende es importar el sistema de salud de un país tan conocido por su extremismo como Suiza, en el que «todos los ciudadanos deben contratar un seguro médico privado, los proveedores de servicios médicos no pueden discriminar basándose en el historial médico de los asegurados, y los ciudadanos de ingresos bajos reciben ayuda del Gobierno para pagar sus pólizas», en palabras del Premio Nobel de Economía Paul Krugman en The New York Times. Pero el verdadero problema del presidente es su propio partido. Un grupo de congresistas demócratas conservadores está torpedeando la reforma. Eso, a su vez, cuestiona las habilidades del jefe de Gabinete de Obama, Rahm Emanuel, que logró su cargo, precisamente, por su supuesta capacidad para poner firmes a los congresistas.
Como consecuencia, Obama fue realizando concesiones. Eso, a su vez, enfureció al ala izquierda demócrata, para la que la reforma es innegociable. Como decía un titular del blog The Huffington Post, una Biblia del izquierdismo, Obama debe mostrar que «tiene pelotas o su administración implosionará».
La desmovilización de la izquierda ha quedado de manifiesto de forma dramática este mes, cuando la Casa Blanca trató de conseguir el apoyo en favor de la reforma de Organizing for America, el grupo de 13 millones de voluntarios que fue decisivo para que Obama ganara las elecciones. Esta vez, los voluntarios, según The New York Times, no aparecieron.
Así que Obama volvió a cambiar de estrategia. Tras dos meses cediendo, ahora está estudiando la posibilidad de renunciar al consenso y lanzar un todo o nada. Una nueva señal de la confusión que parece haberse adueñado del presidente.


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