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Marcha atrás para el trigo

Es sabido que las más antiguas evidencias arqueológicas del cultivo de trigo vienen de Siria, Jordania, Turquía, Israel e Irak. E incluso que hace alrededor de 8 milenios, una mutación o una hibridación ocurrió en el trigo silvestre, dando por resultado una planta con semillas más grandes, la cual no podría haberse diseminado con el viento. Existen hallazgos de restos carbonizados de granos de trigo almidonero y huellas de granos en barro cocido en Jarmo (Irak septentrional), que datan del año 6700 a.C..
En la Argentina su suerte fue dispar a lo largo del tiempo aunque, así como la ganadería vacuna estuvo atada a la "colonia", el trigo fue el símbolo del desarrollo del país, estrechamente ligado a las sucesivas corrientes inmigratorias, desde fines del siglo XIX en adelante. Dicho de otra forma, con los inmigrantes europeos comenzó la agricultura en el país, y el trigo fue de los primeros cultivos junto con el maíz.
También fue la base de la caracterización de la Argentina "granero del mundo" que se alcanzó en las primeras décadas del siglo pasado, tras el primer centenario, y cuando Europa se enfrascaba en la Segunda Guerra Mundial. Fue en aquel momento cuando se alcanzó el récord de siembra del codiciado cereal panificable, enfocado en la alimentación humana, a diferencia del maíz que, en general, se destinaba a la alimentación animal.
En el año 1929 se sembraron en la Argentina 9,2 millones de hectáreas, superficie que sería el máximo histórico del país lo que, en ese momento, le permitía alcanzar entre el 5% y 7% del total de la producción mundial y ubicarse a la cabeza de las exportaciones.
Lejos parecen haber quedado aquellos tiempos, ya que ahora el área del cultivo apenas supera un tercio de aquel récord, mientras que la producción que ya había llegado a rondar 16 millones de toneladas en 1997, y también en 2001 y 2005, ahora apenas supera los 11-12 millones de toneladas, y eso a pesar del fuerte avance tecnológico que permitió alcanzar rindes de hasta 4-5 toneladas por hectárea en algunos casos.
El hecho es que hoy la Argentina apenas alcanza el 1,5%-1,7% de la producción mundial, perdió buena parte de los 64 mercados de exportación que llegó a tener en los 90 (entre ellos el estratégico socio del Mercosur: Brasil), y está relegada al lugar 14 como productora.
Para tener idea de la magnitud del retroceso habría que estimar que con los "optimistas" rendimientos actuales de Agricultura, de 2,8 toneladas promedio por hectárea, con que se hubieran mantenido los 7,1 millones de hectáreas de 1997 (y no el récord de más de 9 millones de hectáreas en 1929), la producción actual de trigo debería ubicarse al menos en 20 millones de toneladas, 60% superior a la actual (oficial).
Las restricciones que llevan a este resultado son conocidas. El caso es que hasta ahora ya se perdió aproximadamente un 40% de productores trigueros, según datos de las entidades, y el porcentaje se espera que aumente en esta próxima campaña 15/16 cuando volverá a disminuir el área. La caída en la utilización de insumos hace prever que tampoco se obtendrán los rendimientos potenciales del cultivo, aún si el clima acompaña. La falta de definiciones oficiales sobre alguna corrección en la comercialización que evite las transferencias de recursos que provoca la intervención estatal, el alto "costo argentino", los fletes y el tipo de cambio se ubican entre los principales factores depresivos de la campaña triguera que se está iniciando.
Sin siquiera haber colocado cosecha del año pasado, los productores hoy enfrentan falta de liquidez, falta de expectativas, casi nula rentabilidad, y ninguna "promesa". ¿Por qué tendrían que sembrar?
De acuerdo con el último informe de AACREA, un campo del sudoeste bonaerense requiere de 35 quintales de trigo por hectárea para cubrir los costos de implantación, incluyendo el alquiler. Pero el propio Gobierno indica que el rinde promedio (para algunos "inflado") es de apenas 28 quintales.
A su vez, según la revista especializada Márgenes Agropecuarios, aún en campo propio, casi todos los márgenes brutos de los planteos trigueros en las distintas zonas dan negativo.
Y, si bien es cierto que los productores tienen como vocación "producir", y no soportan ver el campo sin sembrar, en este caso se hace difícil imaginar de donde saldrán los recursos para encarar la campaña, cuando hay iliquidez y endeudamiento creciente en toda la cadena.
Por eso, mientras Agricultura reconoce que va a haber retroceso en el cultivo, aunque "va a ser menor", los dirigentes del sector desmienten esto y los principales analistas coinciden en que la nueva caída va a ser, por lo menos, del 20% del área que, de esta forma, volvería a ubicarse entre 3 y 3,5 millones de hectáreas, como en 1900.


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