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Martínez, entre el thriller filosófico y la comedia sexual
Guillermo Martínez: «En mis novelas me interesa que haya siempre un elemento de intriga que marque la inminencia de algo por venir. Hay siempre una búsqueda intelectual y algo vital que crece en el orden de lo trágico».
Periodista: Sorprende en su nueva novela que afirma que usted también tuvo una novia bisexual, ¿por qué ese «también»?
Guillermo Martínez: Ese título marca la clave de comedia sexual que quería darle, por lo menos al principio, a la novela. Hay una línea en la literatura erótica del siglo XIX que tiene que ver con prolegómenos, acercamientos, rodeos elusivos. En el XX, sobre todo en los 90, eso estalla con la cuestión del cuerpo, de los géneros, de la literatura gay, lesbiana, transexual. Yo quise hacer una ironía sobre la explotación del tema a fines del siglo pasado. Por eso está ese «también» señalando que él narrador también tuvo una novia bisexual, pero va a contar otras cosas y va a contar eso de otra manera.
P.: Su novela puede verse como una historia de amor y como, nuevamente en su obra, una «novela de campus».
G.M.: Historias de campus donde están obras de Philip Roth, David Lodge, José Donoso y Javier Marías. Algunos de ellos me fueron una referencia importante. Me interesaba la idea del campus como cosmos relativamente autónomo. En el sur de Estados Unidos, y alejado, para hacer hincapié en un relato íntimo, del orden de lo privado, con leyes propias y pocos personajes. Ese mundo íntimo tendrá su contraste con la conmoción de los ataques a la Torres Gemelas. Lo público terminará por rozar y destruir esa relación. Trabajé con esos dos polos opuestos de la máxima distancia. En un momento se habla de la novela política versus las novela privada. A partir de esa oposición se me ocurrió desarrollar la «Teoría de los refinamientos dicotómicos», de las maneras en que pueden clasificarse los términos críticos para hablar de una novela. Esa teoría que invento, y que se expone a partir de los apuntes mentales para una conferencia del protagonista, es algo en lo que vengo pensando desde hace tiempo por fuera de la ficción. Y que allí encontraba un buen lugar porque el profesor de literatura en español es alguien que ha hecho estudios críticos.
P..: ¿Por qué instala ese momento de reflexión teórica?
G.M.: Jenny, la alumna con la que el profesor establece la relación sexual, dominaba todos los espacios, se la ve en todos sus matices, la novela era un poco ella y él quedaba muy en la sombra. Tenía que mostrar el mundo propio del narrador.
P.: Como en muchos de sus libros hay un clima de policial, de intriga creciente.
G.M.: Alguna vez un crítico dijo que «Acerca de Roderer» era un thriller filosófico. Esa definición creo que funciona para el resto de mis novelas, porque en ellas siempre me interesa que haya un elemento de intriga que marque la inminencia de algo por venir que se devele hacia el final. Y hay siempre algo del orden de lo teórico, ya sea de lo epistemológico como en «Crímenes imperceptibles», el mito faústico en «Roderer» o esa novela sobre Prometeo que está escribiendo Jordán en «La mujer del maestro». Hay siempre una búsqueda intelectual y algo vital que crece en el orden de lo trágico.
P.: ¿No cree que su profesor de literatura muestra un nivel intelectual no habitual?
G.M.: Creo que es típico de la Argentina. Si se quisieran hallar virtudes del ser nacional, una se destaca: en su forma de leer los argentinos suelen ser muy cosmopolitas, buscan en diferentes culturas y se apropian de diferentes teorías. Saer, retomando el ensayo de Borges «El escritor argentino y la tradición», muestra cómo todas las líneas de la literatura y el pensamiento argentino han sido permeables a las influencias extranjeras. No es extraño pensar en un profesor de literatura en español que pueda elegir un texto afín a los chicos a los que va a dar clases como «Las batallas en el desierto», una novela de iniciación de José Emilio Pacheco, y a la vez en su reflexión mezclar a Proust con Wittgenstein, Está dentro de lo verosímil de quien fue educado en una universidad argentina.
P.: ¿Su novela es porno, erótica o sexual?
G.M.: No quisiera llamarla erótica. El erotismo es algo muy personal, depende de cómo reacciona cada uno frente a un texto sexual. Tiene ver con la atmósfera, la sensibilidad propia. Lo que a unos le resulta excitante a otros los deja indiferentes. Es una novela de tema sexual en la que intenté hacer algo diferente a dos grandes tradiciones: la retórica metafórica siglo XIX, que está muy bien pero distancia, y la del fin de milenio con los clichés del cinismo, la vulgaridad, el realismo sucio, la sordidez, la clave barra brava para hablar de sexo. Me interesa cómo aborda la sexualidad Alberto Moravia en sus novelas con franqueza expresiva y sin caer en una retórica. Quería que mi narrador tuviera hacia su relación sexual la misma mirada que tiene para contar el resto de lo que ve en el campus, una mezcla de curiosidad y precisión. La novela tiene varios pasajes sexuales que juegan un papel determinado en el crecimiento dramático. Él se plantea un diario íntimo como una tabla de náufrago, dado que ella por la enfermedad que tiene lo va a olvidar todo, reproduce el plan de Proust para recobrar en el futuro algo de la relación con Jennifer. La escritura del diario íntimo trata de capturar la impresión sensorial de cada uno de sus momentos.
P.: Allí el texto se vuelve explícito del acontecer sexual.
G.M.: Para eso necesitaba el diario íntimo que, si bien es una construcción retórica, habilita a la crudeza necesaria.
P.: ¿Cómo se le dio por escribir una novela de tema sexual?
G.M.: No es algo extraño en mi obra. Mi primer libro, «Infierno grande», tiene tres relatos de estilo erótico muy notable. Tanto en «La mujer del maestro» como en «La muerte lenta de Luciana B» hay escenas eróticas bastante desarrolladas. Encararlo a pleno en «Yo también tuve una novia bisexual» me pareció un desafío interesante. Al escribir se me fueron revelando las dificultades, los problemas para eludir lo puramente anatómico, la repetición mecánica, los niveles de lenguaje.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
G.M.: Dos cuentos más para cerrar el libro «Los reinos de la posición horizontal». Lo próximo sería una novela más ambiciosa suspendida desde hace tiempo, y que me va a llevar unos años terminarla, cuyo título provisorio es «Una religión prohibida».
P.: ¿Qué pasa con el cine después de «Los crímenes de Oxford»?
G.M.: Con Marisol Alonso, mi mujer, escribimos el guión de «La muerte lenta de Luciana B.» y estamos a la espera de que se concrete un proyecto para hacerla en España. La dirigiría Gerardo Herrero, productor de Tornasol que hizo «El secreto de tus ojos», que ha hecho varias películas, la última fue «El corredor nocturno», y siempre elige novelas para adaptar.
P.: ¿Que sucede con su labor en la matemática y la ciencia?
G.M.: Hace seis años dejé la práctica académica, pero no dejé de pensar algunos temas. Estoy leyendo textos filosóficos como la «Lógica» de Hegel o «El origen de la dialéctica negativa». Tengo en proyecto escribir con más formalidad la «teoría de los razonamientos dicotómicos».
Entrevista de Máximo Soto


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