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Masacre augura mayores horrores en Afganistán
A la mañana, cientos de musulmanes chiitas estaban reunidos junto al santuario Abu Fazl a la orilla del río Kabul. La mayoría de ellos eran de la etnia hazara, pero también gente de otros grupos celebraba en la ciudad vieja la Ashura, la principal festividad chiita que recuerda el martirio de Husein, nieto del profeta Mahoma.
De pronto una detonación sacudió la celebración en la mezquita. El atacante suicida, que se había mezclado entre la muchedumbre sin ser advertido por las fuerzas de seguridad, hizo estallar los explosivos.
Casi al mismo tiempo, en las cercanías de otra mezquita chiita en la localidad de Mazar-i-Sharif, en el norte del país, fueron asesinadas cuatro personas. Se presume una conexión entre ambos hechos, como también la mano de extremistas sunitas. Las fuerzas talibanas reclutan a musulmanes sunitas.
Sin embargo, los talibanes negaron de inmediato cualquier responsabilidad. El portavoz de los radicales islámicos, Sabiulá Muyahid, condenó los ataques en Kabul y Mazar-i-Sharif, y los calificó de «inhumanos y no islámicos».
Los insurgentes, dijo, no permitirán que la seguridad de los afganos se ponga en peligro en nombre de la religión o de la pertenencia a una etnia. Entre los 30 millones de afganos, uno de cada cinco es chiita.
Entretanto, un portavoz del grupo sunita Lashkar e-Jhangvi al-Alami asumió la responsabilidad del atentado suicida. A la organización se le atribuyeron en el pasado numerosos atentados contra la minoría chiita en Pakistán, aunque hasta el momento no había reivindicado ningún ataque en la vecina Afganistán.
El ataque a la mezquita se destaca entre los innumerables hechos de violencia en la región del Hindu Kush. A diferencia de lo que ocurre en los países vecinos Pakistán e Irak, los ataques contra la minoría chiita en Afganistán han sido muy poco frecuentes en los últimos años.
Las consecuencias para la relación entre ambos países es incierta. Lo que parece claro es que ha aparecido una nueva forma de violencia.
Al presidente Hamid Karzai le llegó la noticia de los ataques en Berlín. En una conferencia de prensa junto a la canciller alemana, Angela Merkel, dijo, visiblemente sorprendido, que era la primera vez en la historia reciente de su país que se producía un ataque durante una fiesta religiosa importante.
El lunes, la comunidad internacional se había reunido en Bonn para debatir sobre el futuro de Afganistán tras la retirada de la OTAN a finales de 2014. Se prevé una ayuda financiera por varios miles de millones de dólares y una reconciliación con los talibanes.
Kate Clarke, una experta en Afganistán, señaló que el ataque de Kabul abre una nueva dimensión del conflicto. A excepción de algunos ataques a los chiitas hazaras en el pasado, casi no se registraron conflictos étnicos durante el régimen talibán. Clark indica que este atentado podría poner en funcionamiento una nueva espiral de violencia.
Tras el atentado, un religioso afirmó que «chiitas y sunitas conviven pacíficamente en Afganistán». «No hay conflictos políticos entre ambos grupos», dijo Seyed Taqdusi, quien advirtió que los responsables del ataque en Kabul deberán buscarse fuera del país.
«Creemos que los autores fueron entrenados en Pakistán», agregó el clérigo, quien, sin embargo, dijo no tener indicios concretos.
Es innegable que Pakistán desempeña un papel decisivo en la solución al conflicto en Afganistán. Sin embargo, la delegación paquistaní estuvo ausente de la conferencia en Bonn en señal de protesta por un ataque estadounidense a puestos de control paquistaníes.
Agencia DPA


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