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Masacre y pogromos, el horror de Kirguistán
Soldados kirguisos ordenan a familias uzbekas que abandonen la ciudad de Osh, en la que hubo masacres. Ambos grupos étnicos se disputan el fértil valle de Fergana, en un país que, pese a la caída del bloque soviético, sigue bajo el influjo de Moscú.
Por el momento, no hay pruebas de estas acusaciones. Pero observadores independientes kirguisos creen que el Gobierno maquilla las cifras oficiales de muertos en los enfrentamientos étnicos. El motivo: el Gobierno de transición debería entonces admitir su fracaso definitivo, apenas dos meses después del derrocamiento del autoritario presidente Kurmanbek Bakiyev.
El ministro de Defensa, Ismail Isakov, y otros funcionarios del Gobierno interino que encabeza Rosa Otunbayeva apuestan todas sus fichas a que los disturbios no desbordarán hacia otras regiones. Pero los expertos consideran que toda Asia central es un barril de pólvora con suficientes extremistas para hacerla explotar.
Los habitantes del pacífico norte del país deben ahora temer la venganza de los islamistas radicales. «Hay riesgo de absoluta anarquía», según el experto en Asia central Dosym Satpayev.
Para poner paños fríos, la dirigencia kirguisa busca con desesperación la ayuda de soldados de paz rusos. Hace ya 20 años, en el verano boreal de 1990, se produjeron en la fronteriza ciudad de Osh violentos choques entre uzbekos, que conforman el 15% de la población local, contra los kirguisos. En aquel entonces, las tropas -aún soviéticas- permanecieron estacionadas en la zona durante meses, hasta que los ánimos nacionalistas se calmaron.
El conflicto entre uzbekos y kirguisos se debe principalmente al acceso a la tierra y el poder en el extremadamente fértil valle de Fergana.
Aunque al principio el presidente ruso, Dmitri Medvédev, se negaba a inmiscuirse en el «conflicto interno» de Kirguistán, los ruegos de la impotente Otunbayeva hicieron que finalmente se muestre dispuesto a ayudar. Según Satpayev, Rusia tiene ahora la posibilidad de demostrar que la alianza militar OVKS, una criatura de su invención, sirve para algo. De lo contrario, la organización debería disolverse, dijo el ministro kirguís. Pero Rusia podría ser disuadida por el temor a un segundo Afganistán con tráfico de drogas, estructuras mafiosas y atentados terroristas.
Las organizaciones de derechos humanos describen la situación como desesperante. Falta de todo: alimentos, medicinas, vendajes y reservas de sangre. «La gente intenta huir de la violencia, pero no es posible sin ayuda internacional. Cada minuto hay más víctimas», según Andrea Berg, de Human Rights Watch.
Violaciones
Por el relato de testigos, sabe de casos de uzbekos violados y quemados en sus casas cuando intentaban huir. Muchos fueron ejecutados por la espalda, según los testimonios.
El Gobierno de transición kirguís reportó los primeros éxitos en la detención de francotiradores y saqueadores. Sin embargo, los habitantes de Osh y sus alrededores afirman que todavía pueden escucharse disparos y el riesgo de incendio es grande. Un importante representante de la comunidad uzbeka señaló a la agencia Interfax que las mezquitas de Yalal Abad guardan cientos de cadáveres. Nadie se atreve a enterrar a los muertos por temor a nuevas matanzas.
Dos meses después del levantamiento popular en el norte de Kirguistán que terminó con el régimen autoritario del presidente Kurmanbek, el futuro de esta ex república soviética está lejos de ser claro.
Otunbayeva planeaba celebrar el 27 de junio un referéndum para aprobar una nueva Constitución democrática. Pero ahora los observadores no saben si esta mujer podrá imponerse en una sociedad caracterizada por la presencia de clanes mafiosos.
Desde su exilio en Bielorrusia, Bakiyev la acusa de fracasar en su obligación de proteger a la población. El Gobierno de Otunbayeva respondió que la ola de violencia no habría sido posible sin dinero ni armas, y que sus impulsores son familiares de Bakiyev.
Agencia DPA


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