18 de mayo 2015 - 00:37

Máximo-Cristina, entre el doble comando y un “mayorazgo” K

• OPERÓ PARA DESMALEZAR LAS LISTAS DE CANDIDATOS.
• LA PREOCUPACIÓN POR EL FUTURO DE LA CÁMPORA.

Cristina y Máximo Kirchner, durante la noche de la reelección. A casi cuatro años, el hijo de la Presidente comenzó a ejercer un “doble comando” y se apuró la transferencia interna del manejo político.
Cristina y Máximo Kirchner, durante la noche de la reelección. A casi cuatro años, el hijo de la Presidente comenzó a ejercer un “doble comando” y se apuró la transferencia interna del manejo político.
 En un déjà vu, el kirchnerismo retomó el doble comando: Cristina de Kirchner delegó en Máximo, heredero y cacique mayor de La Cámpora, la administración del desmalezamiento de las grillas de candidatos K. Máximo intervino en la escenificación de cada uno de los adioses: con algunos se vio en Olivos, con un par habló por teléfono y a otros, como en un régimen de castas, los hizo llamar por intermediarios.

El mayorazgo del clan presidencial reinstauró, con un inédito protagonismo del heredero, el doble comando K con reminiscencias del transitado por Cristina y Néstor Kirchner tras la salida del patagónico de la presidencia y su conversión en patriarca del PJ.

El doble comando es un estadío del progresivo traspaso de poder de Cristina a Máximo. No hubo ni habrá una fecha puntual porque es un trámite secuencial que empezó, quizá, el día del velorio de Kirchner -con Máximo parado junto a su madre, como protector- pero que tuvo dos momentos específicos antes del reciente subibaja de candidatos: el discurso del heredero en la cancha de Argentinosel 13 de septiembre de 2014 durante un acto de La Cámpora, y la jura, el 26 de febrero pasado, de Eduardo "Wado" de Pedro, como secretario general de la Presidencia.

Con "Wado", un Máximo puro llegó a la primera línea del poder K -Axel Kicillof, antes ministro de Economía, ascendió por la fascinación que le generó a Cristina de Kirchner- y se instaló en la mayordomía política que actúa junto a la Presidente en cuestiones operativas y sensibles. Como parte de un ritual, la oficina que Juan Carlos "Chueco" Mazzón habitó por años en el primer piso de la Casa Rosada es el despacho donde ahora se juntan los operadores y armadores de La Cámpora.

Dualidad

El hijo de la Presidente tiene asumido, según entienden en su cercanía, que será candidato este año. Hasta acá, las señales apuntan a que competirá por Santa Cruz, la provincia donde vivió sus 38 años, y no por Buenos Aires, donde nació el 16 de febrero de 1977. En su entorno, dan por hecho que será diputado, que no ocupará cargos en el bloque del FpV y que tendrá, como prioridad, caminar el territorio, lo que en la etapa de formación de La Cámpora hizo, más que ningún otro, Andrés "Cuervo" Larroque.

Émulo


La hipótesis, con un dejo romántico, del Máximo caminador -émulo de lo que hizo su padre en los 80 en Santa Cruz y luego como candidato presidencial silvestre desde el 2000, prebendición de Eduardo Duhalde- pone en evidencia una urgencia: el neocamporismo asume que sobre todo en el peronismo esperan el momento en que estén desempoderados para cobrarse desprecios y desplantes con los modos poco sutiles que suele resolver esos asuntos los formados en el partido del General.

La supervivencia de La Cámpora, agrupación que construyó al amparo de sus padres y bajo la operatividad del Estado, aparece como un factor primordial para Máximo. En Argentinos, el año pasado, habló sintomática de volver a la resistencia, lenguaje de los 70 que habilita otra metáfora cruel: siempre es más dura la orfandad de los militantes territoriales que están en la primera línea de castigo.

Hablan, en Gobierno, de unos 300 militantes de La Cámpora insertados en sitios de media y alta relevancia de la burocracia nacional, y de entre 60 y 80 mil militantes distribuidos en el territorio. Sostener ese sistema político, a partir del 11 de diciembre, es un factor determinante en el montaje electoral que debe terminar de diseñar Olivos.

El jugar a ganar que Cristina de Kirchner le juró a los gobernadores hace dos semanas tiene, en parte, que ver con eso. Ensayos sobre el día después son la sciolización de "Wado" de Pedro y el acercamiento de José Ottavis con Aníbal Fernández. Ottavis, el más conurbánico del buró neocamporista, fue el enlace silencioso con Scioli en el último lustro, y operó para la bajada del quilmeño a la pelea por la gobernación bonaerense. De allí brota la idea de que el segundo de Fernández será un militante puesto por La Cámpora. Aliados de Ottavis fueron los únicos de la agrupación juvenil que asistieron al acto de lanzamiento de Aníbal F. en el NH Tango.

Derrapes

A la vez, Ottavis, que adora la invisibilidad, acercó posiciones con Florencio Randazzo, que quedó parado en el ring presidencial para el mano a mano contra Scioli. Al margen de su dualidad sistémica, la maniobra de Ottavis debe leerse como un atisbo de algo por venir. Y sintoniza, a pesar de sus históricas porfías, con que plantea Larroque que advierte que la variable de continuidad de La Cámpora es una "candidatura militante" de Máximo.

Larroque exagera su sacrificio y se asume como "mal diputado" que preferiría no reelegir y convertirse en el escolta territorial de Máximo en la era pospresidencia de Cristina de Kirchner cuando, tarde o temprano, el manejo de la estructura oficial cambiará de ordenador.

Cuando el buró neocamporista pensó 2015 se imaginó con un despliegue electoral que hasta acá sólo sumó derrapes. La mala elección de Mariano Recalde en la Capital, entre el error estratégico y el temor a perder la interna, es el emblema de esos tropiezos que tienen otros ribetes.

Por un lado, instaló la idea de poder en fuga, expresado en la negativa de Roberto Feletti a ser el vice de Recalde. El martes previo a la presentación de las fórmulas, el economista le aceptó el cargo a Carlos Tomada, pero al día siguiente avisó que desistía: el espacio político que se asume entre los más poderosos del momento, no logró siquiera convencer al futuro exdiputado Feletti. De ahí el plan B Leandro Santoro con el condimento de su pasado tuitero que no mandó a borrar ni cuando integró una comitiva al Vaticano con Cristina de Kirchner ni cuando fue designado en un cargo que alguna vez ocupó Larroque. En esos momentos no le revisaron el time line de Twitter.

El debut electoral en cargos ejecutivos de La Cámpora será casi testimonial: no peleará donde no perfiló candidatos -allí armará alianzas con gobernadores e intendentes- y sólo montó sistemas competitivos, no necesariamente ganadores, en algunos municipios como por ejemplo La Plata o Moreno. El recurso de los cargos legislativos, a nivel nacional, provincial y municipal, tiene la lógica de perdurar aunque no es un antídoto contra el aislamiento o el castigo.

"Cristina quiere pasar a la historia, Máximo lograr que su creación política, La Cámpora, sobreviva", sintetiza un kirchnerista que los frecuenta. En ese círculo, algunos K hablan de Máximo como el "príncipe" y juegan con la metáfora que tiene que designar un gerente que administre el "proyecto nacional" hasta que madure su figura política y su candidatura imaginaria.

Se montan a la característica de la continuidad biológica que no tuvo ningún otro jefe peronista -ni Juan Perón ni Carlos Menem- para agitar la versión mágica del regreso. Pero Cristina es presente continuo y contra reloj; y Máximo, futuro imperfecto.

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