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Mercado alcista cumple un año (no se festeja)
José Siaba Serrate
A su manera, los mercados también sopesan los malos augurios. Su tromba se calmó. Pero, pese a los tropiezos, y a los muchos flancos vulnerables, la tendencia de fondo permanece en su sitio. Este año ha sido un mar de contratiempos, pero, aun así, no consiguió infligirle a Wall Street ni siquiera una «corrección» de manual (esto es, una caída del 10% o más). Como se sabe, Julio César desoyó la advertencia. Camino a su destino fatal, se cruzó con el vidente y le espetó con ironía: «Los idus de marzo han llegado y estoy vivo». La respuesta no se hizo esperar: «Sí, pero marzo no ha acabado».
No es difícil pensar que los mercados -como César- no se dejarán intimidar. Está en su naturaleza. Pese a todos los peligros, buscarán abrirse paso y trepar de nuevo. No se los puede culpar. Después de todo, lo que no mata fortalece. Y a diferencia del César, que llegó al Senado sin el aviso de un solo rasguño (apenas un sueño ominoso de Calpurnia, su mujer), los mercados cargan sobre sus espaldas un par de meses de castigo. Probaron, pues, el calibre de la munición que los puede acribillar. Los embates de Obama contra la banca, el fracaso de su agenda política original, la incertidumbre sobre los comicios de noviembre.
También sorbieron el acíbar de los avatares de Grecia y la evidencia de una sensibilidad creciente por la acumulación inexorable, en todos los rincones del globo, de una masiva deuda pública. Debieron acomodar las noticias del repliegue de las políticas de estímulo en China y hasta la sorpresa de una suba imprevista de la tasa de descuento disparada por la Fed. Y, como se dijo, las penurias no fueron tantas. De hecho, los percances no cesaron y, sin embargo, a partir de los mínimos fugaces del 8 de febrero, el tímido repunte de las cotizaciones es una realidad evidente.
En la columna del haber, importó la ratificación de Ben Bernanke, quien, ni lerdo ni perezoso, fijó un mensaje claro. La suba de tasas que de veras cuenta, la que supone un viraje de la política monetaria, es asunto lejano.
Fuera de horizonte. A la par, el Tesoro capitaliza sin chistar los quebrantos reiterados de las agencias hipotecarias (y nadie pierde el sueño por ello). Mientras Europa se revuelve, su actividad se estanca, y se agrietan sus emblemas (desde el euro hasta la integración); es EE.UU., una vez más, el que provee anclaje y liderazgo. La economía tracciona, y los balances corporativos que se conocerán el mes próximo prometen sacar provecho del generoso aumento de productividad. Si se sobrevive a los idus de marzo, los de abril lucirán favorables.
En el corto plazo, la mejoría se asienta en una clásica paradoja.
El sentimiento desbordante que reinaba en Año Nuevo, ante la irrupción de la adversidad, trocó en rápido y cuantioso pesimismo. De febrero a la fecha, a medida que el escepticismo de los inversores recula (en algunas mediciones, cayó a la mitad en un mes), se inflan, poco a poco, las cotizaciones. Nada más a mano para remachar la tendencia incipiente que convertir a la meneada Grecia en un ariete favorable. A juzgar por las declaraciones recientes -desde Trichet hasta Sarkozy-, la Unión Europea finalmente posa dispuesta a aflojar la tensión. A dar por bueno, y aun ponderar, el enésimo boceto griego de austeridad fiscal. Pero, en el teatro, como se sabe, valen tanto los textos como la actuación.
La subasta «exitosa» de deuda -de la semana pasada- es, en ese sentido, una soberbia ejecución. Nadie puede dar fe de cuán genuina fue la demanda que se agolpó de súbito para arrebatar los papeles en oferta. Y, sin embargo, la escena cambió. Así, se pasó del temor a un default a luchar a brazo partido por no quedarse fuera de la subasta (aceptando, en la pugna, un rendimiento del 6,40% por la deuda de Atenas a 10 años de plazo). No rige, pues, una preocupación muy seria y militante (a menos que, en la trastienda, la emisión haya sido masivamente distribuida entre compradores oficiales de los distintos países de la Unión Europea y no el escueto 7% que se informó). Como sea, esas cenizas son el alimento de las aves Fénix y, por allí, puede colarse un nuevo brote de esperanza. La situación, por cierto, era peor en marzo de 2009. Y no fue impedimento para levantar vuelo.


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