14 de enero 2014 - 00:00

Merecido reconocimiento al “Andy Warhol argentino”

El retrato realizado por Marcos López que ilustra la tapa de “Fundación Federico Jorge Klemm. Colección de arte moderno y contemporáneo”, pinta de cuerpo entero al personaje homenajeado. Como no podía ser de otra manera, no faltan obras de Andy Warhol en la colección de Klemm, un artista, coleccionista, galerista, barítono amateur, excéntrico personaje del jet set y, a su modo, pedagogo del arte.
El retrato realizado por Marcos López que ilustra la tapa de “Fundación Federico Jorge Klemm. Colección de arte moderno y contemporáneo”, pinta de cuerpo entero al personaje homenajeado. Como no podía ser de otra manera, no faltan obras de Andy Warhol en la colección de Klemm, un artista, coleccionista, galerista, barítono amateur, excéntrico personaje del jet set y, a su modo, pedagogo del arte.
Ha pasado más de una década de indolencia y olvido, pero finalmente, la Academia Nacional de Bellas Artes decidió dedicarle un libro a su mayor benefactor: el artista y coleccionista Jorge Federico Klemm (1942- 2002). Con sus 490 páginas a todo color y un formato coffe table, "Fundación Federico Jorge Klemm. Colección de arte moderno y contemporáneo" es un bellísimo libro que cumplirá la función de un catálogo. Por un lado, el libro es una herramienta, permite comprender una colección rica en arte argentino y extranjero de diversas épocas y tendencias. Por otro lado, el catálogo es el merecido reconocimiento a un coleccionista generoso, que planeó el modo de compartir después de su muerte el arte que le gustaba y de brindar apoyo a los artistas. En sus más diversas encarnaciones, los coleccionistas marcan puntos de inflexión y, Klemm ayuda a tejer la trama de la consagración de los jóvenes.

Salvo la breve presentación del presidente de la Academia, Ricardo Blanco, los autores no son académicos. El crítico de arte Carlos Espartaco cumplió el papel de guía del coleccionista y, ahora, traza un significativo perfil del excéntrico personaje.

El retrato que ilustra la portada es del fotógrafo Marcos López. La cabeza de Klemm con su pelo amarillo se recorta sobre una pintura de Antonio Berni. El personaje femenino del cuadro ostenta el mismo color de pelo: el amarillo artificial y un tanto verdoso de la tintura. Vestido de negro, con una pulsera de oro y las manos cargadas de anillos, el coleccionista mira con intensidad a la cámara.

Los textos de María Torres, Adriana Lauría, Florencia Battiti, Julio Sánchez y Mercedes Casanegra, registran y a la vez analizan el patrimonio de una colección rica en obras de Magritte, Giorgio de Chirico, Warhol, Aizenberg, Lozza, Clemente, Fontana, Giménez, Minujín, Cancela, Mapplethorpe, Botero, Pablo Suárez, Rauschenberg, Kuitca, Picasso, Macció, Berni, Christo, Xul Solar, Lischenstein, Forner, Pettoruti, Torres García, De Kooning, Max Ernst, Siqueiros, Noé, Yves Klein, Penalba, Cindy Sherman, Soldi, Man Ray, Jeff Koons, Hlito, Rosenquist, Iommi y, entre otros, Klemm.

Balzac
aseguraba que los coleccionistas son "millonarios", los seres más apasionados que hay en la tierra, pero Espartaco revela que el arte se atesora por motivos muy diversos, desde el puro placer estético hasta la búsqueda del ascenso social o el rédito económico.

Klemm en este sentido era un artista genuino, amaba al público masivo y dejó su colección como legado a la sociedad argentina. Además, aseguró un fondo económico para sostener a la Fundación en el tiempo, con su premio al arte incluido, para estimular a los nuevos talentos. Con su programa, "El banquete telemático", el artista, coleccionista, galerista, barítono amateur, encumbrado personaje del jet set y, a su modo, pedagogo del arte, todo junto y a la vez, conquistó el auditorio de la TV nacional. Klemm contribuyó a cambiar el modo de apreciar el arte, de verlo, mostrarlo y coleccionarlo. "Los extranjeros no pueden creer que tenemos un Andy Warhol porteño", aseguraba la galerista Ruth Benzacar, fan genuina del programa del divo.

De la noche a la mañana, en la ostentosa década del 90, Klemm demostró sus dotes histriónicas y, se transformó en una superestrella capaz de desafiar el zapping. Tenía un método infalible para dominar a la audiencia: en medio de sus interminables monólogos, que resonaban a James Joyce por aquello del "fluir de la conciencia", solía clavar sus ojos en los espectadores, imponía así una pausa de silencio cargada de dramatismo. "El arte es arte", dijo una vez. Luego se preguntó a sí mismo: "¿Y cuando el arte no es arte?". Entonces sobrevino el silencio, la mirada significativa y finalmente, después del suspenso, aclaró: "Cuando el arte no es arte uno se da cuenta".

La pasión de Klemm no se agotaba ante las cámaras. Cada colección esconde una historia personal y Klemm, que buscaba la fama igual que Warhol, como un tiburón hambriento, se paseaba por la calle Florida con su tapado de piel, sus joyas, su maquillaje y un galgo ruso.

El arte que produjo, sus pinturas y fotomontajes, giran alrededor del mito como tema, desde el principio de la historia de la humanidad hasta los de la más rabiosa actualidad. Así retrató desde a Sansón y Dalila hasta Amalia Fortabat, Susana Giménez, Aída Schneider, Mirtha Legrand o Jorge Romero Brest. Y él mismo aparece en el libro como un Cristo, en los brazos de su madre. Klemm "encarna la posmodernidad", sostiene el teórico italiano Achille Bonito Oliva, padre de esta tendencia, en el extenso texto que le dedicó a estas obras.

Klemm nació en Checoslovaquia y heredó de su padre, un poderoso industrial, la inmensa fortuna que le permitió comprar no sólo arte sino además, memorabilia. El vestido de Evita, los sillones que María Callas usaba en su departamento del edificio Dakota, el traje de fieltro de Joseph Beuys y el que lució Nureyev para bailar "El lago de los cisnes" junto a Margot Fonteyn, abren otro capítulo de su historia. Las piezas adquiridas en los remates de Buenos Aires, Londres y Nueva York se exhiben frente a la Plaza San Martín, en Marcelo T. de Alvear y Florida, en la Fundación que en el año 1992 comenzó siendo una galería.

El traje de piel de serpiente que usaba Nureyev en la disco neoyorquina Studio 54, el saco Mao, los pantalones cigarette, las botas y la cigarrera de plata, completaban un equipo que Klemm solía usar en Buenos Aires. El coleccionista decía que Nureyev era su ídolo y lo conoció por casualidad en Buenos Aires: "Subí al ascensor del hotel Plaza e inesperadamente advertí que había otro pasajero y que era Rudolph Nureyev. Yo lo admiraba tanto que me quedé mudo por la sorpresa. No atiné a decirle nada, pero al llegar al lobby recordé que ambos teníamos una amiga en común que vivía en París, se lo dije, me presenté y lo invité a salir y conocer Buenos Aires. Así nos conocimos", agregaba feliz como quien toca el cielo con las manos.

Antes de irse, Nureyev le regaló un chaleco de seda dieciochesco que Klemm solía lucir en las galas del Colón. Ese mismo chaleco se puso en una fiesta más bizarra, cuando sus invitados top (Mariano Grondona y Amalita Fortabat, entre otros famosos) padecieron ataques de pánico. No era para menos, de repente, unos pumas de aspecto feroz se acercaban con las fauces entreabiertas a la mesas de los invitados, dispuestos a compartir el menú y devorarse todo. Los más valientes se subieron arriba de una silla, los que temblaban de miedo, arriba de la mesa. Y cuando las fieras regresaron a la jaula, Amalia Fortabat desplegó toda su gracia y zapateó americano sobre la mesa. "Las fiestas de Federico son inolvidables", sostienen aún sus admiradores. Klemm solía cantar ópera. En la última fiesta cantó un aria de "Carmen" con un traje de torero esplendoroso y esforzando al máximo su voz, mientras controlaba de reojo y control remoto en mano, el volumen del audio.

Cuestiones como el gusto, la audacia, el afán por rodearse de cosas bellas, la pasión o los conocimientos, comienzan a definir una obra que como señaló Miguel Briante, "se plantea como una escenografía dentro de otra escenografía".

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