Merkel teme desastre electoral por Grecia

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Las imágenes de disturbios, enfrentamientos, fuego y muerte en las calles de Atenas no fueron ayer un buen augurio para nadie. Pero más allá de los principales involucrados en la crisis de Grecia, y de la que puede estar incubando España, hay alguien que puede emerger en pocos días como la víctima política más ilustre de la coyuntura: la canciller alemana Angela Merkel, curiosamente uno de los líderes europeos que mejor había preservado su imagen durante el tembladeral del año pasado.

Las idas y vueltas de la democristiana en torno al rescate para Grecia se explican en que este domingo enfrentará una prueba electoral vital para su futuro. Será en el land de Renania del Norte-Westfalia, que celebrará los primeros comicios posteriores a su reelección en setiembre del año pasado.

La cita regional no debe minimizarse. Por un lado, se trata del estado alemán más poblado, con 18 millones de habitantes. Además, por su estructura productiva industrial, es uno de los que más ha sufrido la crisis de 2008-2009, que la dejó con un desempleo del 9%, superior en casi un punto al promedio nacional. Se trata de un viejo bastión socialdemócrata que la Unión Demócrata Cristiana de Merkel (CDU) logró arrebatar en 2005, tras pasar 39 años en el llano. Por último, y lo más importante, si pierde esta elección, la alianza de centroderecha que sostiene a la canciller perderá su actual mayoría en el Bundesrat (Senado). Aunque falta mucho para los comicios generales de 2013, eso obligaría a Merkel a pactar con los socialdemócratas sus principales proyectos de reforma, en momentos en que Alemania busca relanzar su crecimiento económico y se habla cada vez más de la necesidad de efectuar recortes al Estado benefactor, el gran sobreviviente del orden económico de la segunda posguerra.

Las últimas encuestas en Renania del Norte-Westfalia dan un virtual empate entre la alianza CDU-FPO (liberales) y la conformada por el Partido Socialdemócrata (SPD) y los Verdes. Como bisagra, impidiendo a esos dos grandes bloques obtener la mayoría, se encuentra la formación La Izquierda, con un 6% de intención de voto y el poder para decidir el futuro.

Analistas especulan con que, de no obtener la mayoría, la CDU de esa región se deshaga de sus incómodos aliados liberales e intente una Gran Coalición (como la que sustentó el primer mandato de Merkel a nivel federal) con los socialdemócratas. Incluso, algunos entrevén un difícil matrimonio de conveniencia con los ecologistas. Todo incierto, salvo una cosa: en cualquiera de esos escenarios, la estrecha mayoría de Merkel en la Cámara alta del Parlamento será historia.

La canciller habría preferido que el paquete de ayuda para Grecia quedara para después de estos comicios, pero la crisis y las presiones internacionales corrieron más rápido que el calendario electoral. Es que, al revés de lo que pasa entre la población general, en la que una mayoría del 53% apoya ese plan de rescate, a las bases de sus aliados liberales la sola idea los indigna. Se entiende: Alemania deberá poner una cuota de 22.400 millones de euros para rescatar a un país que falseó sus estadísticas y que el año pasado acumuló un rojo fiscal del 13,6% y una deuda pública del 115% del PBI; un país en el que sus trabajadores cobran doble aguinaldo y se jubilan a los 58 años, ventajas que, de más está decirlo, no disfrutan los alemanes pese a vivir en la economía más fuerte y competitiva de Europa. Pero ya nada de eso ocurrirá: así lo exigió Merkel para hacer más digerible semejante gasto a sus electores.

Lo que acaso no quede tan claro es que el rescate, más que para la población griega, lo es para los bancos alemanes, que tienen una exposición a activos de ese país de nada menos que 34.000 millones de euros. Y ése es el principal virus de cualquier contagio.

Cualquiera que conozca Alemania sabe que la gente es allí tan celosa de los niveles de protección que le brinda el Estado como quejosa por la carga impositiva que eso supone; así de pretenciosos son los pueblos. El problema es que en tiempos en los que el país exhibe un déficit fiscal del 3,3% del PBI (muy manejable en comparación con lo que ocurre en el vecindario) y, más importante, una deuda que se acerca al 75% del Producto, la inquietud por el futuro tiende a amplificarse en ambos temas.

Está dicho, la economía alemana salió relativamente bien parada de la debacle del año pasado. Pero, con casi la mitad de su movimiento dependiente de las exportaciones, espera una recuperación más plena de la economía estadounidense y europea para ponerse definitivamente en marcha. Pero, por cómo van las cosas, la espera será larga: el Gobierno espera un crecimiento de sólo el 1,4% para este año y uno del 1,6% para el que viene. El desempleo, en tanto, seguirá sin mayor alivio.

Se viene ahora para Merkel una etapa difícil: pedirles sacrificios a sus compatriotas mientras les explica por qué ayuda a esos dispendiosos europeos del Mediterráneo. Y acaso deba hacerlo desde una debilidad política que jamás conoció.

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